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La caída de los imperios

 

En los estudios que realicé sobre el decadente Imperio Romano, para mi libro Espaldas con alas, me llamaron poderosamente la atención las similitudes entre las formas de vida de aquel momento y del nuestro. Son, a mi modo de ver, demasiadas y preocupantes. Parecen indicar que los finales de los imperios vienen marcados por los mismos o parecidos síntomas. Por esa razón he titulado este trabajo de la forma que lo he hecho y no como debería haber sido: La caída del Imperio Romano.

No voy a entrar hoy en los movimientos de los grandes representantes de la historia, ni en los cambios de las fronteras o en las decisivas batallas. Sea esta una visión de las gentes de la calle, más comparsas que artífices del momento histórico que les toca vivir.

Todos los grandes imperios se hunden en la comodidad y en la molicie.

Tal era la situación de Roma en tiempos del emperador Honorio Flavio, segundo hijo de Teodosio el Grande. Durante su minoría de edad, el general bárbaro Estilicón rechazó a los vándalos, hecho que el nuevo emperador, al tomar el poder, se apresuró a agradecerle ordenando su asesinato –año 410.

En tanto persas, germanos y hunos, penetran constantemente por sus fronteras y Alarico toma la decisión de hacerse con Roma, los romanos, ahítos de orgullo e incuria, entretienen su holganza -como nos cuenta el historiador Amiano Marcelo- discutiendo entre ellos por llegar a tener el título más rimbombante, rara vez buscado a través de la gloria militar, de la que reniegan, así como de las virtudes de sus mayores. El ejército, tan necesario en este momento, ha de nutrirse con inmigrantes que, en la mayoría de los casos, son sus enemigos naturales. Desprecian el comercio y a los artesanos, único motor, además de los impuestos, que mantiene el imperio. No sienten en cambio empacho en enriquecerse con la usura.

Miden su importancia por el tamaño de su carruaje, por el peso de sus joyas y por las varas de seda empleada en sus vestidos, de los que muestran, a veces con movimientos exagerados e innecesarios, la ropa interior bordada. También es enormemente significativo el tamaño de las aves que sirven en sus banquetes y para dar fe de ello, hacen que un notario esté presente en el momento de pesarlas.

Su mayor esfuerzo es desplazarse a alguno de sus palacios, bien sea para cazar o simplemente para cambiar de aires. Realizan el traslado en carruajes o, si es necesario navegar, en elegantes galeras. Se quejan durante todo el viaje de los tremendos inconvenientes que han de sufrir hasta llegar a su villa, en la que ya está todo dispuesto para recibirlos, gracias a la legión de esclavos que han ido por delante.

Tienen muy alta su estima personal, evitando en lo posible el contacto con el pueblo. Apenas se dignan escuchar a la corte de aduladores –clientes- que los rodean, esperando sus favores. Si un esclavo se demora en cumplir una orden de su señor, es castigado con trescientos latigazos. Y si alguna vez condescienden a visitar las termas, exigen que sean vaciadas para su uso exclusivo, permitiendo, mientras miran hacia otra parte, que los infelices que se van les besen la mano o la rodilla.  Se olvidan de sus amigos más íntimos en cuanto caen en desgracia o enferman, negándose a visitarlos por temor al contagio.

La vida intelectual, sobre todo la de los paganos, declina, ya que no tienen ningún interés por el conocimiento. Las grandes bibliotecas, heredadas de sus mayores, no son visitadas jamás y, aunque la música suena constantemente en sus palacios, es exclusivamente como ambientación de sus interminables fiestas.

Tienen sus adivinos particulares, a los que consultan hasta la hora del baño. Esos personajes y los tahúres son los más buscados, y los juegos de dados los que más se desea dominar. Pero todo su orgullo desaparece a la hora de conseguir una herencia o un préstamo. Para lograrlo pueden llegar a suplicar sin ningún sonrojo. Aspiran, eso sí, a pasar a la posteridad; no por sus obras, tarea demasiado pesada para sus ideas muelles, sino por el tamaño y calidad de sus estatuas, que llegan a recubrir de oro.

No son mejores los integrantes de las clases bajas, sosias siempre de los pudientes. Se limitan a acudir, cada día, a recibir sus tres libras de pan. Algunos hasta tienen derecho, durante cinco meses al año, a un pedazo de tocino. Valentiniano sabía que necesitaba tres millones seiscientas veintiocho libras para mantener a sus ociosos ciudadanos. El aceite para lámparas y baños era el impuesto que África debía pagar. Y de allí llegaban tres millones de libras. También el vino se repartía con generosidad. Casi toda la cosecha de Campania se la bebían los romanos.

Distraían su inactividad en el circo, al que, dependiendo del espectáculo ofrecido, acudían a veces la noche anterior para conseguir mejores puestos. Alternaban estas diversiones, casi siempre groseras y pensadas para alimentar instintos básicos, con el ambiente enrarecido de tabernas y burdeles. Y cuando querían disfrutar del agua en espléndidos palacios, por una moneda de cobre podían pisar mosaicos y mármoles y refrescarse con los chorros que brotaban por conducciones de plata maciza. La elección de las termas era uno de sus grandes problemas. Las de Caracalla les ofrecían mil seiscientos asientos y las de Diocleciano tres mil. Así que, dependiendo de que estuvieran en un día más o menos social, se bañaban en una u otra.

A pesar de que la población bajaba constantemente en número, en Roma, en tiempos de Teodosio, la ciudad, llena de palacios, jardines y monumentos, tenía más de cuarenta y ocho mil trescientas ochenta y dos viviendas, repartidas en las catorce regiones en que estaba dividida la urbe. La especulación del suelo obligó a construir casas de varios pisos, tan altas e inseguras que ya Augusto y Nerón legislaron prohibiendo que su altura sobrepasara los veintiún metros. En estos pisos, pequeños y carísimos, se hacinaban las familias, a veces más de una por vivienda, degradándose cada vez más sus relaciones. La mujer, soporte real de la casa, víctima de un feminismo mal entendido, quiere igualarse al hombre, imitando y compartiendo sus vicios y negándose a tener hijos.

La ciudad va creando grandes bolsas de pobreza fuera de sus límites; algo que Vitruvio, arquitecto contemporáneo de Augusto, ya señala. Juvenal aconseja a los romanos que se vayan de la urbe, buscando en otros lugares mejores aires y precios.

El populacho se abandona a la molicie y a la tranquilidad de las necesidades básicas cubiertas, dejándose llevar por la desidia, olvidando e incluso haciendo mofa de las virtudes y el espíritu de sacrificio de sus mayores, que levantaron el imperio. Roma se convirtió en el imán que atraía toda clase de vicios, amparados en una total permisividad, nacida de libertades mal entendidas.

Así las cosas, Alarico pone cerco a la ciudad y a sus más de un millón doscientos mil habitantes. Honorio, a falta de valor para enfrentar al bárbaro, refleja la indolencia y la mermada hombría de los romanos, volviendo su ira contra una mujer a la que el senado acusa de mantener correspondencia con el invasor. Serena, sobrina de Teodosio y viuda de Estilicón, compensa con su injusta muerte la inoperancia de un pueblo enfermo de abundancia. El senado, sin molestarse en pedir pruebas, la condena a morir estrangulada.

Mientras, Alarico actúa. Las entradas y salidas de Roma están bloqueadas. Los treinta y cuatro Kilómetros de muralla -medidos por el matemático Amonio- vigilados, y el río controlado. Nada puede alimentar desde fuera a los cómodos habitantes. Las raciones de pan se van reduciendo hasta desaparecer y entonces nadie se acuerda de su orgullo y mendigan. Lita, la viuda del emperador Graciano pone sus rentas a disposición de los necesitados, pero ni su buena voluntad ni la de otros nobles basta. Se come cualquier cosa que pueda digerirse, incluso cadáveres, que no tienen un lugar de enterramiento, ya que las necrópolis están en poder de Alarico. Los muertos se hacinan en las calles, enrareciendo el ambiente, llenando de miasmas el aire e infectando a los vivos, que enferman.

El miedo y el asombro ante la audacia de Alarico, quien se ha atrevido a enfrentarse al todopoderoso imperio, se instala en la ciudad que, acostumbrada a ver resueltas sus necesidades y problemas sin ningún esfuerzo, presta oídos a toda clase de oportunistas que aseguran poder salvarla. Hasta el Papa Inocencio llega el caso de unos adivinos que, después de convencer a Pompeyano, prefecto de la ciudad, pretendían lograr la aquiescencia del propio senado, ya que aseguraban que, por medio de sacrificios y encantamientos, dominarían las nubes y conseguirían dirigir los rayos, haciéndolos descargar sobre el ejército enemigo. Afortunadamente, a pesar de la corrupta administración, algunos de los senadores se negaron a participar en semejante mascarada, ahorrando así a sus conciudadanos, una degradación mayor.

Agotados los recursos fáciles, no optaron por otros que supusieran esfuerzo de cualquier tipo. Pensaron en impetrar la clemencia de Alarico, convencidos, tal vez, de que su sola presencia conmocionaría de tal manera al bárbaro que se echaría a sus pies. Su asombro no hizo más que aumentar cuando conocieron sus exigencias. Bajaron entonces el tono y el orgullo y babearon, como solían, al solicitar un préstamo. Juan, el tribuno, y Basilio, senador procedente de Hispania, embajadores del emperador, suplicantes, preguntaron: “¡Oh rey! Si esas son tus peticiones, ¿qué piensas dejarnos?” A lo que Alarico, indiferente y frío, contestó para su renovado pasmo: “La vida”.

Para ver partir al bárbaro hacia sus cuarteles de invierno en la Toscana, los conquistadores del mundo conocido tuvieron que pagar. Estaban acabados y no eran capaces de verlo.

“Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a los padres y todo el mundo escribe libros”. (Cicerón)