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Urraca, Infanta de León

 

Aquí reposa Urraca, reina de Zamora, hija del rey Fernando el magno. Ella amplificó esta iglesia y la enriqueció con multitud de donaciones. Y porque amaba a San Isidoro sobre todas las cosas en este mundo, se consagró a su servicio. Murió en la era de MCXXXVIIII (1101). Yace oculta en este túmulo la noble Urraca. ¡Ay! Guarda este sepulcro la gloria de España. Tuvo por padre al gran rey Fernando y por madre a la reina Sancha. Mil ciento una vueltas había dado el sol a contar desde la encarnación del verbo.

En el primer año de este milenio se cumplió el aniversario de la muerte de esta mujer que, a pesar de haber vivido en un mundo de hombres, marcó una época y el futuro de toda una nación. Urraca, hija mayor de Fernando I y Sancha, murió en el 1101, a los sesenta y ocho años de edad, dedicando toda su vida al reino que debió corresponderle por derechos de primogenitura y que le fue negado por su condición femenina.

Vermudo III, un niño de nueve años, sucede a su padre Alfonso V, quien, a su vez, había sido declarado rey con poco menos de cinco. No fue fácil el reinado del joven monarca. Sus propios señores, enfrentados entre ellos y con la corona, le creaban constantes conflictos y, fuera de sus fronteras, una poderosa personalidad se cernía sobre todos los reinos cristianos. Sancho III el Mayor de Navarra, extendía poco a poco sus redes sobre las tierras próximas, bien a través de matrimonios, como el suyo propio con la hija de Sancho de Castilla, o en oscuras maquinaciones que, aunque no han sido probadas, como es el caso de la muerte del heredero castellano, hacen que sospechas bastante fundadas se centren en su persona, ya que a él solamente correspondieron los beneficios derivados de dicha muerte.

Esta parte de la historia está tan envuelta en la leyenda que es difícil saber dónde comienza una y termina la otra. Sancho de Castilla deseaba afianzar sus fronteras con alianzas conseguidas por matrimonios. Así, había casado a su hija Munia con Sancho de Navarra y ya tenía concertado el matrimonio de García, su heredero, con Sancha, infanta de León. Las Crónicas nos hacen ver a un gallardo muchacho marchar ilusionado al encuentro de su prometida. Va contento con su suerte. Le han asegurado que la infanta es hermosa y prudente y, sobre todo, ella es la llave que le va a permitir entrar en la ciudad regia, que guarda para todos los reinos cristianos el aroma de los añorados godos. Desde los altos del monte sacro de los antiguos, divisa el brillo de las torres de monasterios y palacios. Es la hora de la puesta del sol y sus últimos rayos doran las piedras, haciéndoles parecer joyas. Se adelantan los condes y obispos a recibirlo. El rey está en las Asturias, pero ya ha dejado dicho que, hasta su vuelta, el huésped sea tratado como si ya perteneciese a la familia real. Los elegantes leoneses lo conducen hasta la llanura de Trobajo. Allí debe plantar sus tiendas, pues no estaría bien visto que, hasta que el compromiso esté firmado, la pareja se cobije bajo el mismo techo. Esa noche habrá cena de bienvenida y mañana, al amanecer, misa en San Juan y después justas, celebraciones, banquetes...

Hubo amor aquella velada en las pestañas de Sancha y en los movimientos toscos de García. Se separaron con trabajo. Sancho de Navarra, quien se había ofrecido a acompañar a su cuñado, casi tuvo que empujarlo hacia la puerta para llevárselo...

Después de una larga noche, la cabalgada impaciente hasta las puertas de San Juan, atravesando las callejas, que a uno y otro lado muestran edificios nuevos o en construcción, pues los leoneses quieren devolver a su ciudad el brillo que las frecuentes algaradas moriscas le habían arrebatado. Ante la iglesia, la placita, brillante de sol de mayo, los recibe alegre. Ya llega la infanta. García desmonta y saluda. Ella hace lo propio y, antes de que sus manos se toquen, cabalgadas furiosas irrumpen en la plaza. El ruido de espadas sustituye a los rumores galantes y la sorpresa de los Velas se impone y García cae herido de muerte en los brazos de Sancha. No le queda a la infantina más consuelo que hacer labrar la imagen de su prometido en el cementerio real, escribiendo en piedra su historia para que el futuro no lo olvide: “H.R. Infans Domns Garzia, qui venit in legionen, ut acciperet Regnun et interfectus est a filiis Velae Comitis”

Era el 13 de mayo de 1029. Ya está servida la leyenda, pero a Sancho de Navarra eso no le interesa. Inmediatamente pide para sí el condado de Castilla, que, como heredera, corresponde a su esposa Munia; y la mano de la infanta leonesa para su hijo segundón, Fernando. Ahora sí que comienzan a hacerse realidad sus sueños. Ahora ya está un poco más cerca de la ciudad imperial.

Pronto busca una disculpa para enfrentarse a Vermudo, y el joven rey ha de huir a Galicia, dejando León en manos del navarro. “Regnum Imperium rex Sancius in Legione”, reza un documento del año 1034. No obstante, poco pudo disfrutar Sancho del imperio, ya que su muerte, acaecida al año siguiente, vuelve a colocar a Vermudo en el trono leonés. Y ahora sí, ahora es el joven rey quien no está de acuerdo en que las tierras del Cea, que, junto a las castellanas, su padre había dejado a Fernando, pertenezcan a su cuñado, y la guerra vuelve a estallar entre ellos. El 4 de septiembre de 1037, en el encuentro de Tamarón, los castellanos acaban con el futuro de la dinastía asturleonesa, y el jovencísimo Vermudo muere en la batalla, a causa de terribles lanzazos recibidos en la cabeza, en la zona ilíaca y en las piernas. Sus huesos, conservados en el Panteón de Reyes de San Isidoro de León, nos hablan de su coraje en el combate y de sus dolores en la muerte.

Comienzan los trabajos de Fernando para tomar posesión de la herencia de su esposa. Parece ser que el conde Fernán Laínez se hizo fuerte en la ciudad, negándose a aceptar como rey a un navarro, conde castellano, para mayor infamia. El rey no perdió el tiempo y, con la ciudad cercada, tomó el antiguo Camino de Santiago y marchó sobre Galicia para dominar las tierras del noroeste. A continuación, la pareja es aceptada en Asturias, lo que debió de ocurrir antes del 10 de mayo de 1038, ya que hay un diploma con esa fecha, en el que el conde sigue figurando como único gobernante en León: “Imperante comité Fredinando Flaíniz in Legione”. Entre ese día y el 22 de junio de 1038, bien fuera por pactos, o por enfrentamientos bélicos, León se somete a Fernando y Sancha, que, como reyes, firman ya un documento el día 21 en el que se declara que “...todos los varones de Castilla y León se reunieron aquí, unidos como si fueran uno solo y roboraron y confirmaron...”

Se enfrenta Fernando con una etapa de más de dieciséis años, en que su principal preocupación será la pacificación del reino y su aceptación por toda la nobleza. Es un momento de grandes cambios, no solo a nivel político, sino demográfico y de formas de vida, tanto laicas como religiosas.

La agricultura, fundamentalmente de secano, tratada primitivamente, comienza a diversificarse gracias a los conocimientos que los mozárabes traen consigo, tal es el caso de la noria y la rueda hidráulica dentada. Los cultivos se amplían y aumenta el trigo, centeno, hortalizas, viñas y también el ganado vacuno y ovino y con él, la leche, el queso y la mantequilla. Los bosques son también centros de riqueza y las gentes aprovechan la caza, la leña, la miel, la cera y las bellotas, que engordan sanos y sabrosos cerdos. Aparejado al aumento de los alimentos, crece la población, que a su vez reclama tierras donde asentarse.

En este momento, conflictivo pero lleno de buenas perspectivas, nace Urraca, aproximadamente en el año 1033. Hubo de sufrir, por tanto, a pesar de su corta edad, los conflictos de sus padres para instalarse en el trono. En los años siguientes vienen al mundo sus cuatro hermanos, quienes, por expreso deseo de sus padres, participan, dentro de lo posible, según sus edades y aptitudes, en el gobierno del reino y, a pesar de ser niños, aparecen firmando documentos, como integrantes que son de la familia real. Es de suponer que los varones fueran educados en las armas y las mujeres en las labores que el mantenimiento de un hogar, sea choza o palacio, llevan consigo, aunque queremos imaginar, y así parece ser por sus inteligentes formas de pensar y actuar, que ambas jóvenes fueron partícipes de las enseñanzas de maestros, clérigos probablemente, que les trasmitirían la cultura propia de la época.

Cuando el Magno parece estar estabilizado en su reino y su mirada comienza a volverse hacia tierras de moros para cumplir con su obligación de jefe conquistador, García, su hermano mayor, a quien había correspondido el gobierno de Navarra, no ve con buenos ojos la suerte del segundón y, al igual que su padre Sancho, empieza a codiciar la ciudad regia.

Tanto la Crónica Najerense, como la Silense, nos hablan de un intrigante García y de un paciente Fernando. Es muy posible que ni uno fuera tan feroz y soberbio, ni el otro tan benigno y humilde, y que las hostilidades estuvieran causadas por asuntos de fronteras y, qué duda cabe, por enfrentamientos de poder. El caso que sí parece cierto es que Fernando, en el último momento, hizo un intento para evitar la batalla y envió a dos embajadores de la talla de Domingo, abad de Silos, e Íñigo, abad de Oña. Nada pudieron conseguir los emisarios y el encuentro se concertó para el día primero de septiembre de 1054.  Los leoneses aún recordaban la participación de García en la muerte de su querido rey Vermudo y, además, parece ser que los magnates del navarro estaban más que hartos de su arrogancia y malos modos. Tal vez la suma de estos factores, o simplemente la superioridad, o la suerte, dieron la victoria a Fernando y la muerte a García. El leonés se ocupó personalmente del traslado de los restos de su hermano a la iglesia de Santa María de Nájera, que él había levantado y enriquecido y, en el mismo campo de batalla, proclamó rey a su sobrino Sancho Garcés a quien tan desgraciado destino esperaba en el despeñadero de Peñalén.

Ahora sí. Ahora puede Fernando ocuparse de tierras de moros y en el año de 1057 conquista Lamego y al siguiente Viseo, donde los leoneses pueden sacarse la espina de la muerte de su rey Alfonso, “el de los buenos fueros”, padre de Sancha y abuelo de Urraca, quien había fallecido frente a sus murallas, el 10 de agosto de 1028.

No detiene el Magno en ningún momento sus correrías y conquistas, pero su mayor logro para la historia es sin duda el inspirado por su esposa Sancha, quien, deseosa de conseguir un panteón real, decide levantar un templo en piedra en el mismo lugar que ocupa la iglesita de San Juan, de barro y paja, que ha estado dando cobijo a sus rezos durante años. El reino crecía en importancia. Las parias, que comenzaban a llegar de las taifas, lo enriquecían y qué mejor empleo para los dineros de los musulmanes que la construcción de un templo cristiano.

En el año 1063, con motivo de la consagración de la nueva iglesia se hicieron en León grandes festejos. Agrandado el acontecimiento, si cabe, porque el propio obispo de Sevilla, Isidoro, al no aparecer los restos de Santa Justa, se había molestado en mostrarse al obispo Alvito, para asegurarle que no le importaría cambiar sus cálidas tierras del sur por las gélidas leonesas. Se enriqueció la iglesia con tesoros sin cuento y, a su sombra, artesanos, canteros y evorarios, trabajaron sin descanso para engrandecer la joya del Camino.

Es este momento de celebraciones y alegrías que el rey aprovecha para, delante de todos los obispos y magnates del reino y de muchos de los vecinos, dar a conocer su testamento.

Para Sancho, su primogénito, serían Castilla, las Asturias de Santillana hasta la cuenca del Arlanza, y por el oeste hasta el Pisuerga, más las parias de Zaragoza y el vasallaje del rey de Navarra. Alfonso, el segundo de los varones, y al decir de muchos el favorito, León, Oviedo, el Bierzo con parte de Galicia y el curso superior del Duero y las parias de Toledo. Al pequeño, García, le correspondería Galicia con parte de Portugal, desde Coimbra al golfo de Vizcaya y las parias de Badajoz y, por último, en palabras del Tudense: “...Y dio también a sus fijas Orraca y Geloria todo el Infantazgo, con los monasterios que auia hedificado...”

Todavía tuvo tiempo Fernando de tomar Coimbra, el 25 de Julio de 1064, después de seis meses de asedio. Un año más tarde, el 27 de diciembre, moría cristianamente el gran rey, dejando pendiente la repoblación de la Extremadura del Duero, sueño que su hijo Alfonso retomaría y casi vería cumplido por completo.

Con nuestra mentalidad actual cuesta trabajo entender el empeño de los reyes en dividir el reino entre sus hijos, cuando las viejas crónicas y su propia experiencia les enseñaban que el paso inmediato era el de tratar de reunir de nuevo las tierras. Y así fue en este caso. Aunque Sancho parece ser que no aceptó el reparto desde el primer momento, se mantuvo en tensa espera durante el tiempo de vida de sus padres, orientando su agresividad hacia Zaragoza en 1066, para reclamar las parias que, a la muerte de Fernando, la ciudad se había negado a pagar, y en 1067 en un enfrentamiento con sus primos de Navarra y Aragón, en la llamada “Guerra de los tres Sanchos”. Pero una vez desaparecida Sancha en 1067, comienzan las hostilidades, que es muy posible partieran de este príncipe, el cual, como todos sus antecesores, había puesto sus objetivos en la ciudad imperial. Su hermano García parecía tener muchos problemas para pacificar su reino. Esta baza era barajada por Sancho, quien daba tiempo a que la situación se hiciera insostenible. Pero Alfonso le ofreció pronto una buena disculpa para justificar sus iras. Bien fuera por debilidad o porque los problemas internos se lo impedían, García había dejado de percibir las parias de Badajoz sin hacer nada al respecto. El leonés no estaba dispuesto a permitir que los reyes de taifas vieran una debilidad en los cristianos y en el 1068 atacó por su cuenta a al-Mutawakkil, adjudicándose las taifas pendientes.

Al año siguiente el desorden en las tierras gallegas es tan grande que el obispo de Santiago es asesinado impunemente.

Alfonso, acompañado de su querida hermana y consejera Urraca, se desplaza a Tuy para asistir a la restauración de la catedral, con la presencia de magnates, obispos y abades leoneses. Es muy probable que este viaje, realizado el 13 de enero de 1071, fuera aprovechado para pacificar a los gallegos, evaluando al propio tiempo la situación y las posibilidades de García.

Conciertan luego una entrevista con Sancho, su esposa Alberta, y los condes castellanos, acompañados esta vez por Elvira, quien sin dejar de lado por completo la política, que, como ya dijimos en otro lugar, es un asunto familiar, asemeja preferir el retiro y el gobierno de sus monasterios, como así lo acreditan multitud de diplomas conservados.

Aunque las relaciones entre los dos reyes no debían de ser muy cordiales, pues ya habían tenido un enfrentamiento armado en Llantada, parece ser que, en este momento, llegan a una especie de acuerdo y Alfonso permite el paso de las tropas de Sancho, quien, impetuoso como siempre, decide atacar a García y repartir sus tierras, en la primavera de 1071.

Pero las ambiciones del primogénito iban mucho más allá de conseguir una parte de un reino que ni siquiera lindaba con el suyo y, en enero de 1072, en Golpejera, ataca y hace preso a Alfonso. Coronándose a sí mismo rey de León, porque el obispo se niega a hacerlo.

Y ahora sí que el papel de Urraca deja de estar en la sombra y su figura toma un absoluto protagonismo. En primer lugar, calma las iras de los magnates y clérigos leoneses que se niegan a aceptar a Sancho, hasta el extremo de ignorarlo al redactar documentos oficiales, o llegar a citar a Alfonso, aunque en las fechas de la redacción estuviera ya en el destierro. La infanta contiene a sus caballeros, pues no quiere poner en peligro la vida de su hermano. Busca la ayuda de Hugo de Cluny y ambos son capaces de convencer al rey de que permitir al preso irse a Toledo será interpretado por los nobles leoneses como un gesto de buena voluntad, aparte de conseguir alejar de la corte a algunas de las más poderosas familias, entre ellas la de los Ansúrez, quienes, sin duda, acompañarán a su rey al destierro, mermando así el número de opositores.

Consigue Urraca su propósito y Sancho autoriza a Alfonso a viajar hasta las tierras de al-Mamún. Este es el momento esperado por la infanta. A la cabeza de los obispos, abades y magnates leoneses, como los Ansúrez, los Alfonso y los Flaínez, se hace fuerte en Zamora, negándose a acatar a Sancho. Elige esta plaza porque su situación estratégica le permite estar en contacto con Toledo, León y Galicia.

De nada valieron las ofertas o las promesas del primogénito, quien intenta por todos los medios contentarla. Urraca se mantuvo firme en su negativa. Quizás no solo por amor a su hermano favorito, sino por conocimiento profundo de los dos hombres, que le hizo ver con claridad cuál sería el más conveniente para los intereses del reino, que, al fin y al cabo, eran sus propios intereses.

La ira de Sancho no tarda en hacerse voluntad y cerca la ciudad, buscando su rendición en el agotamiento y el hambre. El asedio se prolonga por varios meses, llevando a los sitiados al límite de su resistencia.

Es entonces cuando la leyenda vuelve a tomar para sí el protagonismo de la historia. Surge una figura, de cuya existencia se duda, quien, por un supuesto amor a la princesa, decide acabar con su suplicio y da muerte a Sancho de forma alevosa, después de haberse introducido en sus filas. Según la Crónica General: “...Et Vellid Adolfo allegose alla con el, et quandol vio estar daqeulla guisa, laçol aquel venablo...”  Eran los primeros días del mes de octubre de 1072.
La responsabilidad del asesinato recae inmediatamente sobre la protagonista de la resistencia, la infanta Urraca, la cual, en este asunto como en algunos otros, no pudo contar con el apoyo de Elvira, a quien no se menciona para nada en esos difíciles momentos. La enérgica princesa suscita amores y odios. Así, el Cronicon Compostellanum dice que fue “Urraca, mujer de gran prudencia”, y la 1ª Crónica General asegura “...y la infanta Urraca como dicen las historias era muy entendida dueña”, en contraposición al epitafio que, un monje de Oña grabó en el sepulcro de Sancho: “Su hermana, mujer de ánimo cruel, le despojó de la vida...”

A la infanta no parecen afectarle ni insultos ni halagos y centra su acción en hacer venir inmediatamente a Alfonso desde Toledo, al tiempo que se preocupa de convocar a los magnates, obispos y abades del reino, de forma que el 17 de noviembre recibe al rey “...y tomó su consejo con ella como hacer allí su hacienda”, rodeada de los nobles y el episcopado leonés, gallego y buena parte del castellano. Todos los presentes aceptan al monarca como: “Adefonsus serenissimus rex”

No está claro si la Curia Regia se celebró en León o Zamora. La Crónica General se inclina por la segunda opción:
“...Et el rey don Alffonso, auido su consejo con ella (Urraca) enuio sus cartas por toda la tierra que uiniessen alli a fazerle uassallage...” Probablemente en agradecimiento a la fidelidad de la ciudad.

El mismo día 17 de noviembre ya otorga un diploma en favor de los peregrinos, eximiéndolos del peaje del castillo de Antares. Lo firman, junto con Urraca, los obispos de León, Astorga, Palencia, Oviedo, Braga, Dumio, Lugo, Orense e Iria. Lo confirman también los condes Vermudo Ordóñez, Pedro Ansúrez, Pedro Peláez, Martín Alfonso, Munio González y González Salvadórez. Igualmente el armiger regis Gonzalo Díaz y el maiordomius Tello Gutierrez. También algún clérigo, pero ningún otro magnate que no alcanzara el título de conde.

La celebración es iniciada por Alfonso con un solemne acto de acción de gracias, porque Dios le había restituido su reino: “Laudo y glorifico nomen eius qui ausert et mutat regna et honores, qui umiliat potentes et erigit a terra inopes...”

Está claro que la mayoría de los obispos, abades y magnates aceptan a Alfonso como rey inmediatamente. En cuanto a Castilla, y aquí vuelve a tomar su lugar la leyenda, en la realidad, aunque algunos sospecharan que los dos hermanos habían participado en la muerte de Sancho y que, además, por otra parte, el juramento exculpatorio era una práctica habitual en el S XI, es muy poco probable que los nobles castellanos, en su mayoría de poca entidad, junto con una serie de pequeños infanzones, fueran capaces, no solo de atreverse a enfrentar al rey, sino a las poderosas familias que lo respaldaban. La prueba de que Alfonso no tuvo mayores problemas con Castilla es que el día 8 de diciembre de 1072, el monarca, junto con Urraca, se encuentra en San Pedro de Cardeña, centro de gran poder económico, jurisdiccional y político, haciendo una concesión.

El 18 de diciembre, en una permuta realizada entre los monasterios de Cardeña y de San Millán de la Cogolla, los escribas plasman la fórmula: (¡¡¡) “Regnante rex Alfonsus in Castella et in Legione et in Gallecia.
Pocos meses más tarde, en abril, esta vez en León, vuelve a aparecer (¡¡¡) “regnante rex Adefonso in Legione, et in Castella uel Gallecie...”

Es más, cuando, aconsejado de nuevo por Urraca, recibe a García, quien, enterado de la muerte de Sancho, se llega desde Sevilla para reclamar su reino, Alfonso lo encarcela en Luna, por expreso deseo de la infanta, que no quiere nuevos derramamientos de sangre. Ninguno de los magnates gallegos, o de cualquiera de las otras tierras, dice una palabra en su defensa.

No olvida Alfonso a quien debe su trono y su querida hermana Urraca lo acompaña constantemente, sufriendo interminables e incómodos viajes para intervenir en los asuntos de la corte, ayudando con su consejo a la toma de las difíciles decisiones que el gobierno de tan extensos territorios, sin duda, traería consigo. Así, vemos su firma el 16 de junio de 1074, junto a la de la reina Inés y la infanta Elvira, algunos obispos y condes y ocho “seniores” entre los que figura Rodrico Didaz.

Más tarde, el 8 de Julio de 1074, las dos infantas, junto con su hermano, donan al obispo Simeón la Iglesia de Santa María de Gamonal. Lo confirman tres obispos, ocho abades, dos condes castellanos y una serie de señores, entre los que vuelve a incluirse el Cid. Aparecen también las dos hermanas en el documento de arras de Rodrigo que se firma el 9 de julio de 1074. De nuevo el 26 y 27 de marzo de 1075... Y así una larguísima lista, hasta casi el final de sus días, como el diploma que tenemos del 25 de enero de 1100, en Castrifruela. Acababa de morir la reina Berta, y Urraca, junto con las hijas del monarca, sigue acompañándolo en el dolor. Y muy pronto, porque la edad de Alfonso apremia, volveremos a encontrar a la infanta en un nuevo viaje. Su elegante y firme rúbrica aparece el 3 de mayo de ese mismo año, haciendo donación del monasterio de Santa María de Cavia a la catedral de Pamplona. Firman con ella los obispos de Braga, Burgos, León y Palencia, y el mayordomo real. Es muy posible que este desplazamiento tuviera por motivo traerse una nueva esposa para Alfonso. Así, hasta los últimos momentos de su vida, estuvo junto a los grandes problemas del reino. Los éxitos del monarca, que fueron muchos, correspondieron sin duda a los propios objetivos de Urraca. En algunos casos, el rey se limita a seguir el camino iniciado ya por su padre, como en el asunto de las complicadas repoblaciones de la Extremadura del Duero, o en la explotación de las parias. Pero las metas de Fernando se superaron con creces. El Camino se vio convertido, gracias a las obras de infraestructuras, donaciones y control de bandidos, en la vía de entrada de nuevos conocimientos, artesanos y gentes de todas clases, que se afincaron en nuestro suelo, ayudando a su recuperación y engrandecimiento. Consiguió la plena independencia del reino de León de las necias pretensiones del papado y la conquista de Toledo marcó una nueva frontera, que los almorávides no fueron capaces de cambiar.

Las últimas derrotas de Alfonso, la muerte de su heredero Sancho y la propia muerte del rey y los dolores que llevaron consigo, fueron ahorrados a la infanta. Me pregunto a veces si la historia se habría escrito de igual modo si ella hubiera vivido.

Mi deseo, y con él, estoy segura, el de todos, de un eterno descanso para esta mujer, que tanto amó a su tierra, que ahora es la nuestra.