A estas alturas, después del anatematismo a que esta vieja lengua romance -que no dialecto- ha sido condenada, nadie, o sólo unos pocos ancianos de algún pueblín perdido y casi deshabitado, la habla habitualmente.
Quiero adelantarme a los intelectuales de pro que, muy metidos en su papel, no aceptarán el posible resurgimiento de esta lengua, que algunos de los que han echado los dientes en esta tierra nuestra han aprendido, mal que les pese, de sus abuelos.
Cuando León perdió su poder político, el castellano fue arrinconando al leonés hasta casi hacerlo desaparecer, llegando a la burla o a la compasión hacia aquellos que lo hablaban, considerando que eran formas de expresión de ignorantes.
Siempre me han seducido algunos de sus vocablos, expresivos y cálidos. Me traen recuerdos de infancia y eso siempre es tranquilizador. Quiero recoger esas palabras olvidadas, con el mismo interés que algunos de esos intelectuales que denigran la lengua recopilan costumbres, construcciones u oficios del pasado.
Nuestra tierra es rica en recuerdos que ahora, por la desidia de muchos, se están perdiendo, como se está perdiendo la población, como se vacían sus pueblos y se resecan sus pastos, que hace pocos años alimentaron a decenas de familias en cada lugar habitado y que, ahora, se pierden sin que nadie los aproveche.
No es mi intención dar oídos a políticos inoperantes. Antes bien, deseo dar voz a todas esas gentes que se avergonzaban de hablar la lengua de sus antepasados porque, desde fuera de sus lindes, les aseguraban que eran incultos; a los mismos que ahora ven la escuela vacía, la iglesia derruida y los campos yermos. No está en mis manos evitar la desaparición de la provincia leonesa. Ése es, o debería ser, asunto de los políticos, pero sí puedo recopilar algunas palabras en espera de que algún lingüista amante de su tierra, que estoy segura los habrá, decida normalizar el desorden y el despropósito que ha tenido que vivir el leonés, fiel reflejo de lo acaecido con la tierra a la que da nombre.
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