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Consejos y despropósitos

Ocurrió en un pueblo de Málaga. A un anciano de 83 años lo habían asaltado seis veces en dos meses y el pobre hombre ni siquiera lo había denunciado, intimidado por los “valientes” que consiguieron llevarse cien euros —probablemente, la comida de un mes del anciano— y unas litronas.

Días más tarde, uno de ellos volvió a robar, en este caso a una mujer de 71 años, doscientos euros y un móvil. Menos mal que la Secretaría de Estado de Seguridad “previene y mejora la seguridad de las personas de avanzada edad, a las que imparte CONSEJOS, para que adopten medidas de precaución para evitar delitos”. ¿Qué medidas serán estas, cuando los ancianos se pliegan a su suerte y no se molestan en denunciar los atropellos de los que son víctimas? ¿Dejar a los delincuentes unas horas en comisaría, tal vez? ¿Vestir a los agentes con una sábana y unas cadenas, para que cuando se encuentren con los ladrones griten con voz de ultratumba Huuuuuu?

Y a los detenidos —menores de edad— por violar a una joven en San Sebastián ¿les regalarán unas gafas de sol o les premiarán con un viaje a Ibiza, como al guardia civil de “La manada”?

No hay nada que hacer. Somos buenos y no lo podemos evitar. Todo delincuente —y delincuenta— tiene derecho a reinserción. ¡Pues claro! ¡No faltaría más! Pero, digo yo: ¿Están rehabilitados a las pocas horas de detenerlos o necesitarían meses de tratamientos, aprendizajes y un poquito de cultura? No mucha, pues ya se sabe que la gente muy culta es conflictiva por naturaleza.

Ahora tenemos mucho diálogo y eso es bueno, si no fueran como aquellos del TBO, que algunos de esos machacados ancianos recordarán: “Diálogos para besugos”. Entonces los besugos eran unos necios que conversaban, hablando cada uno de su tema, sin escuchar ni compartir el de su oponente. Y después de tantos años, aquellas historietas se han vuelto a poner de moda. Todos hablamos y nadie escucha, más que nada porque no es necesario; ya conocemos el tema: “Que si somos los más buenos del mundo mundial.” “Que tenemos que ser aún más buenos que los más buenos de Europa, América, África y el resto del planeta…”

Tiene razón Yolanda García cuando asegura que “Lo de sorprender por sorprender es una moda. Lo auténtico nunca pasa. Lo exótico no está tanto en lo lejano, como en lo que no conocemos, aunque esté cerca.” Brillante la señora, quien, aunque parezca una escritora criticando un bestseller, es una de las pocas mujeres que regenta un restaurante. Porque ahora que el asunto da dinero, son los hombres —¡Cómo no! — los que marcan tendencias culinarias.

Y, retomando lo de “sorprender”, ya no queremos asombrarnos porque sería tan chocante ver a los delincuentes entre rejas, que preferimos someter a nuestros ancianos a un constante expolio, si es que algún día, como ya ha pasado, no les da a esos machitos por apalearlos, solo por jugar, hasta matarlos. Y mientras, los pobres policías y guardias civiles, en lugar de ejercer su autoridad, que es para lo que los prepararon, son obligados a dar consejos.

¿Qué nos ocurre? ¿Acaso no entendemos que las palmaditas en los hombros son para saludar a amigos y no para detener ladrones? ¿Dónde está la ley que protege al débil? ¿Dónde la que debería ayudar a vivir a los honrados?

Por todas partes ocurren hechos similares y a nadie parece importar porque nadie hace nada que no sea sonreír y mostrar a las cámaras su lado más fotogénico.

También procuran controlar los espacios televisivos, que podrían ser un medio de divulgación, que no de adoctrinamiento, para llevar a esas acémilas un poco de cultura, disfrazada de cuentos, juegos o historietas, como si de niños se tratara. Pero eso estaría mal visto porque nosotros no somos “paternalistas” y la libertad de emisión ha de ser total. Da igual que se llenen horas y cerebros con la vida y los gritos de cuatro listillos, a los que no importa exponer su sucia ropa interior por una limosna, para disfrute de las mentes, vacías y morbosas, de españolitos que los siguen con pasión, olvidando sus propias miserias, de las que nadie intenta sacarlos porque así, mientras estén entretenidos, no exigirán sus derechos.

Tenemos leyes

Otra más, ahora en Guadix. Da igual. Podría haber sido en cualquier parte de España, a cualquier edad, con mujeres o niños. Da igual. Estos poderosos machotes no se privan de llevar su santa voluntad a las más altas cotas, por encima incluso de la vida, que es, o debería ser, lo más sagrado e intocable en nuestra desquiciada y tambaleante sociedad.

Pero, ¿cómo es posible? —nos preguntamos algunos— ¿Cómo es posible que estos depredadores hayan llegado a la conclusión de que hasta pueden manipular la muerte, que es lo más inalterable de esta insegura realidad en la que creemos asentar los pies? Nos paramos a pensar un momento y enseguida aparecen múltiples razones que nos responden.

Tenemos leyes de violencia de género, que no sabemos muy bien por qué se llaman así, puesto que, mayoritariamente, los que matan o queman son varones. ¿No debería llamarse a las cosas por su nombre? Hay violencia, sí, pero machista. Y ¿para qué sirven? Pues para proteger a las mujeres. ¿Cómo? Pues con leyes de alejamiento, por ejemplo. Ya. Y cuando el fulano de turno, a pesar de esa ley, persigue cada día, con su coche, a la mujer cuando esta va al trabajo, si es que tiene la suerte de tenerlo, o le revienta las ruedas de su vehículo y le raya la pintura y hace pedacitos los retrovisores, ¿qué pasa entonces? Nada porque nuestras leyes son democráticas y justas y está bien ir a denunciar que se ha saltado la sentencia, pero, claro, necesitamos pruebas. Y, digo yo, ¿entonces quién le impide, en lugar de tomarla con el coche, emprenderla a golpes con la desprotegida fémina, en un callejón oscuro o en cualquier calle poco transitada? Pues, si no hay pruebas o testigos, nada ni nadie.

Y van cayendo mujeres y niños inocentes, a manos de sus parejas, padres o, simplemente, del psicópata de turno, quien, a pesar de saberse ejecutor de algunas agresiones o ataques, fallidos o callados, está libre y sin que nadie haga nada efectivo.

Sí. Ya sé. Todos esos programas, para ser exhaustivos, cuestan mucho dinero y no lo tenemos. Tendríamos que dejar de pagar sueldos astronómicos, compatibles con otras actividades, a políticos, no subvencionar sus vacaciones en el extranjero en villas de lujo o, simplemente, llevar la contraria a algunos, que son tan buenazos que sufren por si estas bestias sin alma —con perdón— pasan más o menos tiempo en la cárcel.

Pero, tenemos leyes. Nadie nos puede acusar de lo contrario y no buscamos venganza cuando un animal de esta calaña añusga, viola, trocea, quema o tortura, de cualquier forma o manera, a un inocente. Tenemos leyes y eso nos permite poder dedicar nuestro tiempo a cubrir las últimas andanzas del embaucador de turno, que nos distrae de los verdaderos problemas del país, que, para bien o para mal, marcha por sí mismo, mientras sus políticos y gerifaltes se entretienen buscando palabras para incrementar su escaso vocabulario y diferenciarse del resto, fingiendo ser mejores, más trabajadores, más listos, más guapos, con más flequillo… Sin comparación, en fin, con el resto de los patanes, que nos mantenemos, con trabajo, en los bordes de una tierra que, por derecho de majeza, le pertenece solo a ellos.

Pero tenemos leyes. Por ellas, las mujeres pueden entrar solas en una cafetería, trabajar como mulas en faenas mal remuneradas y luego regresar a casa corriendo, para atender a hijos rebeldes, maridos caprichosos y personas dependientes. También —no faltaría más— pueden vestirse como quieran —casi todas— y poco más porque lo normal y conveniente es que no griten sus derechos, se mantengan a la sombra del varón y no se empeñen en hacer lo que les dé la gana porque eso podría desestabilizar la sociedad con la que cargan e igual forzaban un cambio, que obligara a salir de su zona de confort a los hombres, políticos o no, machistas o hipócritas, patronos o asalariados, equilibrados o psicópatas, religiosos o ateos… Da igual. Hay algo en lo que todos están de acuerdo, lo admitan o no: Se encuentran muy a gusto dentro del papel, grabado a fuego en sus genes, después de siglos de dominación y utilización de las féminas.

No me contéis que todo ha cambiado, que ya nada es igual que en el pasado porque ahora “tenemos leyes”. Mientras haya una sola mujer sufriendo, por el hecho de serlo, nada hemos conseguido. Ni las mujeres que protestan y por eso las matan, ni las que callan y siguen llorando su carga, ni los pocos hombres que de verdad comprenden y, tímidamente, alzan la mano pidiendo la palabra.

Todo sigue igual, pero gracias a nuestros nuevos dioses, los políticos, tenemos leyes.

Ochenta y cuatro años de indefensión

Una manada —¡Qué casualidad!— de animales sueltos ataca a unas personas desvalidas que duermen en la calle, entre ellas una de ochenta y cuatro años.

Hasta ahí, la noticia. ¿Animales? —nos asombramos—. Bueno… tal vez perros salvajes o gatos cruzados con pumas o lobos; en invierno, ya se sabe… No —nos aclara el amigo informante—. Eran jóvenes que andaban de juerga nocturna. ¿Jóvenes? —repetimos, asombrados—. Pues sí. Niñitos, que, a fuerza de poseer juguetes y libertades, se aburren. Y ¿qué se les ocurre? Pues como la juventud es bella, fuerte, sana, poderosa… atacan a aquellos que, por la edad o las dolorosas circunstancias de su vida, son viejos, feos, sucios, mendicantes... No es la primera vez. Hasta se les puede prender fuego en una cabina de teléfonos. La creatividad de estas “joyitas” no tiene horizonte ni fronteras.

Sí. Es intolerable. La justicia debería actuar con toda su fuerza contra estos bárbaros. Seguro que a muchos se nos ocurren métodos muy efectivos, pero, claro, no se deben escribir, ni decir, ni pensar siquiera porque no son políticamente correctos. No obstante, no puedo por menos que sugerir unos casi inocentes, y desde luego nada agresivos, que podrían ser muy efectivos, tales como multas millonarias, que los sujetos habrían de abonar, si no con el blandengue corazón de sus papaítos, con trabajos para la comunidad a la que se han permitido atacar; o cocinar y servir cenas, todos los fines de semana, durante lo que les quede de vida, a esos desgraciados a los que patean mientras duermen helándose de frío en las calles; o compartir su cuarto y su baño, atestados de video juegos y otras mandangas, con uno, dos o tres —dependiendo del espacio— de estas pobres gentes, que no tienen un techo que los defienda de las terribles noches de invierno. Podría aportar otras ideas, pero creo que con estas es suficiente.

¿Cómo decís, don Luis? ¿Que es un atentado a la intimidad y al futuro de los chicos? Podéis tener razón, señor. Pero ¿creéis que el consentirles formar en su cerebro enfermo la imagen de que todo les está permitido no es atacar su existencia futura y la de su entorno?

¡Pobres! ¡Son tan jóvenes! ¡Castigarlos de por vida..! No os conozco, don Juan. Vos, el mayor indeseable que han afamado los siglos.

Ya. Es cierto, don Luis. Pero, os aseguro que una eternidad de infierno da para pensar y mucho.

¿No comprendo qué decís? Doña Inés logró…

¡Qué va, don Luis! Ya no pudo. O, mejor, no la dejaron. Ella, como todas, quiso, pero hubo quien cortó sus deseos y heme aquí, purgando para los restos. Por eso mejor aprecio lo que se puede o se debe. No obstante, tenéis razón, mi asesinadito amigo. Como a mí mismo ocurrió, nadie les ha concienciado de que la existencia es el único bien que cada ser tiene y que ha de ser respetado e intocable. Es más, en sus jueguecitos y películas se mata y se revienta a diestro y siniestro, y es normal. Y, lo que es peor, en la realidad, otros machitos, estos ya adultos, matan a sus mujeres y a sus propios hijos porque no satisfacen sus caprichos y les besan los pies. Esta es la sociedad y la educación que les ofrecen. Una sociedad en la que sus dirigentes, al igual que ellos, juegan, no a las maquinitas, al Monopoly, y se compra, o pretenden comprarse o simplemente invadir, tierras, al grito de “Me lo pido”. Y no pasa nada; o casi nada. Mientras, otros exigen dineros, que son de todos, para subvencionar vete a saber qué oscuros trapicheos, porque si no “no te ajunto” o no te apoyo o no entro en tu grupo para hacer número. También emplean su tiempo, el de todos, por supuesto, ya que se lo pagamos, y muy bien, en lloriquear porque no han sido incluidos en no sé qué cuestión de elección de un alto cargo. Todo, menos ocuparse de la formación y educación de sus niños y jóvenes o del bienestar de sus ciudadanos, que, con ochenta y cuatro años, han de dormir en la calle, expuestos al frío o a que una manada de perros asilvestrados decida divertirse con ellos a mordiscos aburridos.

Ignoro, don Luis, si estas reflexiones verán la luz, pero tampoco importa. La escritura ya ha cumplido su función: echar fuera la impotencia. Ahí os lo dejo, señor, y “aquí está don Juan Tenorio, para quien quiera algo de él”.

La culpa es de las procesiones

Leo en un prestigioso diario la opinión de un no menos prestigioso representante de la cultura, que tacha de “visceralidad” a la expresión simbólica de una religión, considerando el amor a las tradiciones y a los símbolos como el origen de todos los males de una sociedad en quiebra. Asegura que la palabra “tradición” tenía —y tiene, añado yo, siguiendo su lógica— un sentido negativo. Según él, significaba “lo peor de nuestra reciente historia”. Es el freno para el avance de la sociedad.

Muchos de los que se dan a sí mismos el nombre de progresistas quieren romper con todo lo que signifique pasado, costumbres, tradiciones… Y una, en su supina ignorancia, se pregunta: ¿Qué tiene que ver el respeto al pasado y al pensamiento de una mayoría con el avance social? Al contrario que mi respetadísimo personaje, pienso que nada o casi nada. Las gentes pueden seguir rezando a sus dioses y, simultáneamente, trabajar por sus tierras y convecinos.

Me viene ahora a la mente la opinión de C. G. Jung -nada sospechoso de ignorante o retrógrado- quien aseguraba que “el concepto de Dios es una función psicológica, absolutamente necesaria, de naturaleza irracional, que nada tiene que ver con la cuestión de la existencia de Dios”. El hombre, en su absoluto desamparo, convive constantemente con hechos que le desbordan por su irracionalidad y precisa hallar algo que dé sentido a su vida. No todos somos tan autosuficientes e ilustrados, además de independientes y ricos, para poder permitirnos el lujo de no carecer de nada. Hay gentes, hundidas en la miseria, a las que les falta todo y que, ante el desvalimiento absoluto al que las someten aquellos “ilustrados o poderosos” que las gobiernan, para evitar que la mente escape a su control, necesitan refugiarse en algo inamovible y eterno —verdadero o no— que mantenga su esperanza en una vida mejor. La tan traída y llevada Ilustración, que tantos datos científicos —que hoy ya empiezan a cuestionarse— nos aportó, eliminó de nuestra vida a los dioses. Pero —vuelvo a Jung—, ese simbolismo, esa energía ahogada y reprimida, pasó al inconsciente colectivo, envenenando la mente de los hombres, que antes la encauzaban a través de los actos simbólicos que vivían. Esa fuerza debe salir por algún sitio porque lo irracional está más presente en nuestra naturaleza de lo que nos gustaría o estamos dispuestos a admitir. Y esa todopoderosa Ilustración —¿Quién iba a imaginarlo?— degeneró en guerras y atrocidades, en las que el lado oscuro de los mal llamados humanos tomó el mando y los hechos más execrables se extendieron por doquier, sin que a nadie extrañaran; es más, la mayoría aplaudía, creyendo que esas barbaridades eran las oportunas y necesarias en aquel momento.

Actualmente comienza a admitirse, a todos los niveles, la influencia que los sentimientos y emociones tienen, no solo sobre la psique del individuo, también sobre su cuerpo físico. Creo que no deberíamos jugar con la “visceralidad” del hombre porque es la expresión de su lado oculto, controlado por una educación, más o menos acertada, más o menos profunda, gracias a la cual se puede vertebrar la sociedad. Si nos empeñamos en destruir las pequeñas y “controladas” manifestaciones de ese inconsciente, que salen a la luz en forma de arcaicas tradiciones y costumbres, la parte oscura puede rebelarse y estallarnos en la cara, por muy cultos y progresistas que seamos. Pues, aunque nos empeñemos en lo contrario, somos un todo, físico y psíquico, cuerpo y mente, o alma, o espíritu, o el nombre que le queramos dar, y este “todo” nuestro es a la vez integrante de un Todo superior, y ambos son interdependientes, y “lo que hagáis a uno de mis pequeños a mí me lo hacéis”. Quitad a esta frase toda la religión que queráis y colocad en su lugar Universo, Materia, Energía… lo que os dé la gana, dependiendo de vuestras ideas, que, por mucho que deseéis verlas como nuevas, no son más que creencias, iguales a las de nuestros antepasados, aunque de signo contrario. Y, aunque os cueste creerlo, ellos también quisieron cambiar su mundo, haciéndolo a imagen y semejanza del entorno y del tiempo que les tocó vivir y que fue el que marcó sus intenciones, por encima de sus propios deseos.

Alguien dijo una vez que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desgraciadamente, creo que tiene razón y que está muy bien que las jóvenes generaciones crean que es su momento y que van a conseguir darle la vuelta a todo porque, seguramente, de esos deseos, llenos de buena voluntad, algún avance positivo se conseguirá, como así ha sido casi siempre. Pero, lo que no entiendo es que haya quien siga pensando que para crear hay que destruir.

Y no, no tienen la culpa las tradiciones y las costumbres; ni siquiera el pasado. Si queremos buscar culpables no lo hagamos en “la nube” porque están aquí, alrededor y en nosotros mismos; aquí está la culpa.

¡Basta ya!

Seguro que todos hemos visto las imágenes de un “macho” golpeando y pateando a una frágil adolescente de diecisiete años; y no es el único. Este caso ha salido a la luz recientemente pero, por desgracia, con la delicadeza que estamos tratando el problema, no será el último. El canalla arrastra y patea a una delgadísima muchacha, que se deja hacer sin defenderse y que, para más vergüenza, cuando él se aleja, lo sigue.

¿Delgadísima? Y ¿qué tiene que ver eso con el asunto del maltrato? Pienso que mucho. Esta sociedad, cada vez más machista y violenta que nos ha tocado vivir, ha impuesto como ideal la imagen de la mujer flaca y desnutrida. Si alguna fémina quiere encontrar trabajo, representar algo o simplemente mostrarse en público por la razón que sea, ha de comenzar por matarse de hambre para entrar en la preceptiva talla 36. Nos adoctrinan constantemente con esa idea. Hasta han conseguido comenzar los telediarios con las presentadoras de pie, llevando vestidos ajustados, para que quede claro que es así, y no de otra forma, como hay que ser. Sin duda, el sueño de un varón henchido de testosterona, que ve en esas muñecas sin fuerza ni resistencia un juguete al que sujetar en un puño.

Efectivamente, el hombre ha sido pensado originalmente para la defensa del clan. Sus niveles de agresividad son altos porque su rol en el pasado así lo requería. Pero no estamos ya en las cavernas, ni siquiera entre los legionarios romanos, los cruzados o los conquistadores. No. Eso parece que ha quedado atrás. ¡Dios lo quiera! Pero nuestra hipócrita sociedad cree que, ignorándolos, esos niveles bajan por sí mismos. Mas no es así. Es preciso una rígida educación, que haga entender a los chicos que sus potencialidades pueden orientarse a otros objetivos: deportes, desafíos a un mismo en la consecución de metas o ayuda a los débiles, léase ancianos, niños, enfermos y sí, también a mujeres porque no todas somos autosuficientes, ni podemos levantar grandes pesos o cortar leña para la chimenea.

Pero es mejor callar; incluso mucho mejor hablar con palabrería hueca, que parece querer decir algo. “¡Qué denuncien!” Ya. ¿Y...? La denuncia está en curso. Orden de alejamiento y tal. ¿Y...? Pues nada. Si el hombrecito es obediente, igual sólo les raya el coche, les rompe los retrovisores o las persigue de lejos cuando van al trabajo, si es que lo tienen, porque si no, nadie se ocupa de si pueden o no mantener a sus hijos. Eso, si es obediente; de lo contrario, el día menos pensado la alcanzará en la calle, en la escalera, en el portal o donde le dé la gana, y la pateará, y entonces la justicia lo castigará con ocho meses de cárcel y 600 euros de multa. Como al salvaje del vídeo. ¿Nadie se ha percatado de su agresividad descontrolada, que pudo llevarlo a reventarle la cabeza de una patada? Ya, pero no lo hizo —esta vez—. Decidido: ocho meses y 600 euros. ¿Y por esa nimiedad va a privarse del placer de mostrar lo macho que es? Y puede que otros decidan ir más allá, matándolas, y nadie llegará a tiempo para defenderlas, aunque luego los políticos de turno se exhiban para la foto, haciendo un minuto o tres horas de silencio.

Ese no es el camino. El primer paso es la educación sin paliativos, orientando a la acción positiva a todos esos chavales que se enfangan en el tedio de su falta de responsabilidades y sobra de libertinajes, a los que nadie se atreve a poner coto porque “luego igual no votan”. Y si eso no es suficiente, los castigos han de ser ejemplares y además donde más duela: en el bolsillo; y si este está vacío, en servicios a la comunidad. Pero claro, ya sé. Otra vez soy políticamente incorrecta. La libertad y los derechos del maltratador ¿dónde los he dejado? Eso no puede hacerse en una sociedad... Iba a escribir democrática, pero creo que voy a decidirme por estúpida e hipócrita, a la que interesa más la imagen y la palabrería que la realidad.

Estos cuentos terminan llevando a la desesperación a las víctimas, que, ante su abandono, acaban matando, ellas también, hundiendo su vida o lo que quedara de ella, al acabar con el animal al que han visto torturar a su madre durante toda su vida. No es bonito, ni siquiera conveniente, ya lo sé, ponerlo en palabras, pero quisiera saber cuántas lágrimas se han vertido por ese acto que acabó definitivamente con la constante humillación de una familia, a la que ahora se va a castigar por decir “¡Basta ya!”

¡Qué libres, comprensivos y felices somos! Ni siquiera se nos pasa por la cabeza ahondar en los motivos de un cura gracioso que, en el colmo de la zafiedad, se disfraza en Carnaval de jefe de “conejitas”, porque “fue una broma y nada más”. ¿Seguro que fue una broma? ¡Seguro, seguro! Aunque nada o poco tenga que ver con el tema, puede servir de ejemplo. ¿A nadie se le ocurre preguntarse por qué eligió ese disfraz y no el de la bruja de Blancanieves? ¿Qué hay detrás de ese acto? Permisividad extrema, que lleva a los caprichosos a hacer lo que les viene en gana.

A estas líneas, mientras se escribían, ya las alcanzó otra barbaridad. Una mujer, embarazada de siete meses, se desangra en una escalera. De momento, su bebé ha muerto. Y sigue la cuenta.

En palabras de Jung, “Lo que las naciones hacen, eso hace también el particular, y en tanto lo hace el particular, hácelo también la nación.”

La Plaza del Grano

La Plaza del Grano de León, como todos los cascos antiguos de las ciudades, no es solo un espacio más o menos adornado, poblado con edificios o vacíos, es un testigo silencioso, pero presente, de las generaciones que a lo largo de los siglos la habitaron o cruzaron simplemente por ella. En sus piedras están contenidas las emociones de cada hombre o mujer que la pisó. Ellos le dieron su poder evocador, que puede trasladarnos en el tiempo y hacernos experimentar, o simplemente imaginar, cómo fueron aquellos años, de los que solo tenemos noticia por los escritos, si es que los hubiera. Podemos buscar en su estructura la época o el personaje que nos interese, pues todos han dejado su impronta, al adecuarla a su manera, en capas sucesivas sobre ella. No es solo una plaza, es la suma de las emociones del pasado e incluso de las del presente, las que nosotros mismos experimentamos al vivirla y contemplarla. Este lugar sin los hombres no es nada, pero los hombres tampoco lo somos sin él. El pasado nos ha conformado. Ninguno podemos librarnos de él, como no podemos cambiar el color de los ojos o los gestos que hemos heredado, no solo de nuestros padres, de los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos... Y así hasta las generaciones que se pierden en la memoria del tiempo. Todos están presentes en los individuos actuales y, entre todos, sin ser conscientes, creamos el entorno que sirve de apoyo para imaginar la realidad que nos sustenta. Esas gentes le fueron dando forma y nombre según la iban viviendo. Así, la llamaron del Mercado, de la Cruz, de Santa María del Camino Francés...

Hubo tiempos en que presenció cómo la dura y casi siempre necesaria mano de la justicia caía, con más o menos rigor, sobre acusados de producir daños a aquella desprotegida sociedad. Más tarde, una alegoría de nuestros dos ríos intentó lavar el sufrimiento, alimentando la sed de los caminantes o de los sufridos tratantes que soportaban los calores inmisericordes del verano leonés, pero no consiguió borrar el recuerdo porque los leoneses no quisieron olvidarlo, pues habría sido como cortar un trozo de sí mismos y arrojarlo a cualquiera de sus dos corrientes de agua.

Hasta la doliente Madre de su maltratada capilla a lo largo del paso de los siglos fue Morenica en un lejano tiempo. Luego se la conoció como la Antigua y hasta la Melonera, por una romería que albergaban unos prados no muy alejados de la iglesita. Se convirtió más tarde en la Virgen del Camino, cuando se reactivó la marcha de los desorientados peregrinos en busca de sí mismos, por tierras solitarias, hasta poder abrazar al Apóstol; meta que daba sentido a sus vidas durante un tiempo y que quizá las cambió para siempre.

En la placita entraban los carros con las mercancías de los pueblos, que se llegaban a este otro pueblón más grande, que era León no hace tanto tiempo, a vender sus excedentes y a comprar aquello de lo que carecían. Y así quedó su nombre porque allí se traficaba preferentemente con el grano, base de la alimentación de aquellas gentes y de muchos de nosotros durante siglos.

Es hermosa, como todo lo auténtico, sin adornos, con su rústica ingenuidad de siglos, nacida para servir. Cuando se contempla, si se consigue hacer abstracción de las nuevas construcciones, en las que ya no se pensó en amparar a los mercaderes del sol o de la lluvia y se prescindió de los protectores soportales, privando a las gentes y al lugar de su mayor encanto, uno se puede trasladar a un pasado, no tan lejano, cuando León era el centro de reunión de sus ricas villas y aldeas y el Mercado se convertía en lugar, no solo de negocio, también de relación y fiesta. En él se siguen conservando las carencias y abundancias, las risas y los dolores de aquellas personas, los juegos de sus críos y la sabiduría de sus ancianos. Ese pasado nos pertenece a todos. Es el espejo que nos refleja porque nos ha hecho lo que somos, igual que nuestras manos son las del padre o los andares de la madre.

La urbe, ahora pequeña y en declive —nunca fue grande, eso es verdad—, tuvo tiempos que parecieron más prometedores, cuando la montaña daba la mejor carne y leche, las minas el carbón más resistente y las llanuras el mejor pan y vino. Esa ciudad guardaba, y guarda aún, tesoros de un pasado glorioso. Sí, ya sé, hay muchos que opinan que no se debe mirar al pasado. Siento no estar de acuerdo. Creo que es esa la solitaria realidad que nos queda y que puede servirnos de motor para poder seguir comiendo.

Esta Plaza del Grano, junto con su adulterada, pero aún bella, iglesita del Mercado, que tampoco se llama así, pero que el pueblo, en su pragmática sabiduría bautizó de este modo, es una parte importante de ese pasado, lo único que hasta ahora, por muchos intentos que se han hecho, nadie nos ha podido quitar.

Hemos perdido la montaña; apenas hay ganaderos. Algunos asturianos, igual que se llevaron nuestro nombre de astures, o habitantes de las orillas del Astura, vienen a comprar la jugosa hierba de nuestras laderas y valles, y eso si hay algún hombre que pueda segar y empacar, sino el verde crece y se agosta y se pierde y la montaña se muere.

Nuestro carbón “es muy caro y contamina”, dicen, y las minas, como bocas de difunto asombrado, quedan vacías y silenciosas. Las tierras del pan y el vino ven sus inmensas extensiones, pardas y anchas, sin cantos ni risas, sin trabajadores... yermas.

No soy arquitecto ni ingeniero —ni siquiera arquitecta o ingeniera—, será por tanto mi juicio el del ignorante bocazas. Solo soy una defensora de una tierra a la que amo, que fue grande y que estoy viendo morir día a día. No queda nada; solo pasado. Respetémoslo. Es hermoso y es nuestro. Quizá aquí vinieran bien las palabras del poeta: “No le toques ya más, que así es la rosa”.

El sueño de Arcos

Hace ya dos años que dejé mis frías tierras del norte para acogerme a la hospitalidad y la calidez del sur.

Aprovechando el escaso tiempo del que dispongo, voy poco a poco conociendo y gozando del embrujo, los olores, la alegría y la belleza de sus pueblos, sus costumbres y sus gentes. Quiero palparlo todo, gustarlo todo, verlo todo y, si posible fuera, ser acogida como una más por su tierra, su cielo y su deslumbrante luz. Tengo hambre de ver y experimentar cualquier rincón y construir luego una historia, un cuento, una leyenda, que fueron o no, eso no importa; solo la ilusión tiene interés.

Hay una excepción a este deambular, que voy dejando siempre para otro día: la visita a Arcos de la Frontera. Pero, sin pisar su suelo, sé ya de su castillo, sus casonas, su inexpugnable cerro y el río que lo abraza. Un querido amigo, con su brillante palabra, casi tan poética como su pluma, me lo hizo conocer, un día de otoño, en una sobremesa frente a un café, a cientos de kilómetros.

Vimos brillar el Guadalete al pie del cerro que sustenta el pueblo y lo imaginamos dando vida a sus habitantes prehistóricos. Caminamos luego por sus estrechas y empinadas calles, disfrutando los olores, los sonidos y el lenguaje árabe, que no entendimos; o sí. Eso no lo recuerdo. Los africanos que la construyeron, poblaron y nombraron de nuevo, llamándola entonces Arkos, le dieron su mayor lustre, hasta convertirla en reino, en el que no faltaron murallas, molinos y alcázar.

Un sol mañanero, en el deslumbrante azul, reverberaba en el blanco de las construcciones, haciéndonos anhelar el frescor de sus patios, sombreados por limoneros y arrayanes. Siguiendo la palabra de mi amigo, el sol avanzó, nosotros nos cansamos y hasta sentimos hambre y, colgada del brazo de mi caballero, entré y salí de bares y mesones, donde picoteamos delicias de solomillo a la brasa, chacinas, pescados adobados, guiso mediterráneo y la cocina de la huerta, con toda clase de combinaciones de verduras y legumbres. También —¿Cómo no?— el plato llamado “berza”, que lleva ese nombre para disimular su contundencia, conseguida con carnes de cerdo.

Satisfechos, descansamos, sentados en una terraza que, situada al pie de una cortadura, nos permitía hermosas vistas. Y luego, tanto nos detuvimos y disfrutamos de la Plaza del Cabildo y sus magníficas construcciones, que nos llegó la anochecida y, una luna, ladrona de luces, tan ancha y brillante que, más que noche, atardecer parecía. Faltaba el recuerdo romano, la Arx Arcis (fortaleza elevada) que parieron los grandes arquitectos y conquistadores.

—No importa. No es tarde. Aún hay luz. ¡Vayamos a la Villa El Santiscal!

Y allí nos presentamos y de unas pocas piedras y mosaicos construimos un teatro, un foro, un circo, varias domus, hermosas y amplias, e insulae, abigarradas y ruinosas, donde los ciudadanos corrientes se hacinaban por un módico alquiler. Todo eso vimos a la luz de la luna. O no; no podría asegurarlo, pero, si lo siento dentro es que alguna vez fue, o solamente lo soñamos, que tanto da. Sí. Vivimos también Roma y, con la luna detenida, decidimos buscar cena junto al lago.

Conozco muy bien Arcos. Mi imaginación, guiada por la cálida voz de mi amigo, se hizo con ella, la levantó piedra a piedra, ladrillo a ladrillo. Conozco muy bien sus bellezas y sus dolores, como aquella nefasta fiebre amarilla que diezmó su población... Y tengo miedo. Temo viajar hasta allí porque estoy segura de que la rotunda belleza de su realidad difuminará ese sueño que, una tarde de otoño, mi amigo y yo construimos juntos.

Hemos venido a disfrutar

Una niña de doce años se bebe una botella de ron en un botellón nocturno y muere (3 de Noviembre del 2016).

¿Que por qué menciono esta noticia después de tanto tiempo? Porque me la recordó el suicidio de otra niña de trece años por sentirse acosada; porque los excesos etílicos y la agresividad siguen aumentando y todo parece parte del mismo problema y, además, hay muchas preguntas sin responder.

En el caso de la pequeña que murió en el botellón, ¿qué hacía una niña de tan corta edad fuera de su casa a altas horas de la noche? ¿Por qué tienen a su alcance tal cantidad de alcohol? ¿Por qué si el botellón está envenenando y matando a nuestros jóvenes, además de volver locos a los sufridos vecinos que lo soportan, se sigue consintiendo? ¿Qué ocurre con los padres? Quiero pensar que su actitud no significaba dejadez o abandono. Pudo tratarse de simple impotencia ante el probable desafío de su hija, quien seguramente tendría muy claros sus derechos y que si sus papás se ponían farrucos podía denunciarlos, conseguir una orden de alejamiento o incluso mandarlos a la cárcel. ¿Deberes? Y eso ¿qué es? ¿Y el alcohol? No hay problema. Cualquier amiguete generoso, al que hemos concedido la mayoría de edad fiándonos exclusivamente de la cronología, puede comprarlo y proporcionárselo.

¿Cómo es posible que nuestra insaciable hambre de libertades haya llegado hasta empujar a unas niñas a la muerte, ya sea por permisividad con el alcohol o por tolerancia ante el acoso escolar, al que calificamos de “cosas de niños”? Pues muy sencillo. Nadie se atreve a cortar con la degradación, por temor a ser tildado de reaccionario, que debe de ser algo tan negativo y negro como encontrarse en proceso de putrefacción. Todos hemos venido a esta era del bienestar a disfrutar, a hacer nuestra santa voluntad, sin tener en cuenta que para que una sociedad funcione, además de normas —con perdón—, se han de tener obligaciones, que ninguno parecemos dispuestos a asumir.

Resulta muy difícil ponerse en la cabeza de estos niños consentidos que estamos haciendo que educamos. Nadie les pone reglas; nadie les niega nada; nadie les ha enseñado a manejar sus emociones y caprichos… “Hemos venido a disfrutar” y si para eso debemos mofarnos o maltratar al más débil de la clase, o reventar con un veneno de los muchos que se nos ofertan, pues hagámoslo, que hay que pasarlo bien.

En el caso del botellón, quizá la niña quiso buscar la atención de la única manera que estaba a su alcance: con una botella. Todos sus amigos sabían que eso era demasiado. Acudirían a ayudarla, le quitarían el vaso, impidiendo que se lo bebiera, y volvería a sentirse arropada y segura… Pero no fue así. El recipiente se acabó, ella se sintió morir y nadie acudió a su lado para auxiliarla, para hacerle una pequeña caricia, para averiguar por qué no se podía levantar… Se estaban divirtiendo. Habían salido, como ella, a “disfrutar” y no tenían tiempo que perder en atender a alguien que se encontrara triste, solo o enfermo. Siguieron con su juerga de alcohol y drogas y si alguno la vio en el suelo, se rió como un estúpido, pensando en el monumental “pedo” que había cogido la cría. Hubo de pasar casi una hora para que alguien —tal vez menos borracho que los demás— pensara que aquello no era una pose y que a la niña le ocurría algo que iba más allá de sus excesos habituales.

En el caso del suicidio, de nuevo la falta de apoyos o comprensión. Se encontró en un callejón, en el que su mente no veía salida. Nadie la escuchó, a pesar de las denuncias. Vio la impotencia de sus padres y su inmadura personalidad de trece años, al no tener referente ni amparo, no soportó la tensión.

Esta sociedad nuestra está tocando, sin advertirlo siquiera, las puertas del infierno, que, gracias a nuestros libertinajes, han vuelto a hacerse presentes sin necesidad de vivir una guerra, pasar hambre o ser fusilados al amanecer por atreverse a pensar. Ninguno de estos horrores son necesarios aquí. Nos hemos sacado de la manga el pase para el inframundo, con la palabrería hueca y los “buenismos” que pretenden anular normas y leyes y que se exigen preferentemente al vecino. ¿Cómo va a poder organizarse una sociedad en la que falten las más elementales normas de convivencia, respeto y ayuda mutua?

Durante unos días nos echamos las manos a la cabeza porque han muerto unas niñas, pero cuando lean estas líneas, la mayoría lo habremos olvidado. Nosotros, todos y cada uno de nosotros, permitimos que continúe el desatino. Nosotros pisoteamos en una noche esas flores llenas de promesas de futuro y seguiremos matando cada fin de semana a muchachos que participan en esa antesala del Averno que es el botellón —que a muchos conviene que siga existiendo—, y seguiremos mirando para otro lado ante el acoso al más débil. Y, al amanecer, nos levantaremos sin ningún remordimiento, retomando nuestro trabajo, y hasta, dependiendo de nuestras ambiciones, vociferaremos reivindicaciones sociales y libertades por las esquinas.

Sin duda, la libertad —relativa pues todo en el Universo está reglado, aunque no conozcamos sus secuencias— es lo que nos hace humanos, es lo más grande a lo que podemos aspirar. Pero para llegar a alcanzarla hemos de aprender antes a usarla, y un niño, por muy adulto que se crea, aún no es capaz de hacerlo.

Padres, profesores y autoridades somos responsables de enseñarles, de llevarlos de la mano hasta que puedan volar por sí mismos. Entonces sí. Entonces podrán disfrutar de verdad, sin hacer daño a otros o incluso a sí mismos. Pero, ¿cómo vamos a enseñar aquello en lo que no creemos?

Un largo solsticio de invierno

Llevábamos casi un año sin gobierno, mientras nuestros inoperantes políticos hacían como que trabajaban, proyectando y destruyendo ilusorios pactos. Pasó el tiempo y, cuando ya no había forma de alargar la comedia, se aliaron de la única manera posible, que todos sabíamos y que solo ellos parecían ignorar.

¡Albricias! —gritamos los que nos creíamos el cuento de los pactos y los que no—. ¡Al fin tendremos gobierno! Pensaron, los que se lo creían y los que no, que ahora iban a dedicarse a resolver, o a tratar de resolver al menos, los infinitos problemas que nos ahogan. Verbigracia: la deficiente sanidad, la insuficiente educación, la lentitud de la justicia, la escasez de puestos de trabajo, los desahucios, las estafas de aquellos a los que entregamos las llaves de nuestras casas y nuestro futuro... Para qué seguir, si esa interminable lista es de dominio público; la conocen hasta nuestros políticos, que ya es decir. La conocen pero no tienen ideas, tiempo ni voluntad de arreglarla. Se han inventado ahora un asunto parecido a aquel de investidura sí o no: Constitución sí o no.

Y digo yo, desde la ignorancia y la desorientación, ¿a usted le importa mucho cambiar inmediatamente un par de artículos de la susodicha Constitución? Seguramente si es un pobre españolito empeñado en sacar a sus hijos adelante, un jubilado al que por quitar le han quitado hasta la única diversión que podía tener sin pagar, aquella de acodarse sobre una valla a criticar los métodos de trabajo de los albañiles de turno; si a usted no le llega el jornal ni para la primera semana de mes y ha de acercarse con los niños a casa de sus padres a compartir los garbanzos, ¿le importa mucho que, en vez de autonomías, que han demostrado de sobra su inutilidad y su dispendio, podamos convertirnos en habitantes de estados federales? Creo que no. Es más; estoy segura. Sobre todo si le explican que un estado federal no depende de nadie para subvencionarse, es decir, que las raquíticas pensiones, las interminables listas de los hospitales, el libertinaje de las aulas por falta de apoyo al profesorado. etc. deberán ser gestionados por esos mini-estados, como les salga a sus avispados políticos de la zona erógena. Pueden consentir, sin despeinarse, que las grandes ciudades, sede social y fiscal de las más importantes empresas, que venden y producen fuera de ellas, sigan computando los beneficios como generados en esas ciudades, recibiendo por tanto mayores devoluciones del Estado, en detrimento de otras comunidades más pequeñas, según el criterio de la llamada “balanza fiscal”. O quizá, de repente, tomen conciencia de la injusticia y se las obligue a tener sedes en cada estado, para tratar de compensar. Demasiado problemático. Los grandes serán más grandes y los pequeños más esclavos, y además no podremos quejarnos porque la ley quedará establecida.

Valga lo anterior como ejemplo de los muchos problemas y dificultades que habrán de encararse, por citar uno de los artículos —el número 2— más ansiados de revisión por los “regeneradores de la política”, a los que nada importan nuestros problemas y que, como los indios de las películas de “gichos”, se entretienen haciendo fuegos, en los que dibujan cortinas de humo, para dejar pasar el tiempo sin hacer nada por mejorar su vida —la de usted; la de ellos ya la han mejorado— y la mía.

Carecen de ideas y, lo que es peor, de experiencia vital porque sus sueldos son astronómicos comparados con los nuestros y no son capaces de ponerse en nuestro lugar. Su único interés es mantener el mayor tiempo posible su situación privilegiada. Cada uno emplea su método. Estudiados silencios o palabrería, que llegan a las emociones pero nunca a los estómagos. Pero todos a lo mismo: tenernos entretenidos con majaderías, que hasta pueden llegar a calentar la cabeza a unos pocos exaltados pero que ni a mí ni a usted nos resuelven nada.

“Pan y circo”, decía el imperio que dominó el mundo. Ya sabían que era sencillo controlar a las masas. Pero ahora, en este nuevo Imperio de Occidente y concretamente en este desmembrado y diminuto pedazo de tierra que es la nueva Hispania, sus patricios han entendido que ni siquiera hace falta pan; con circo es más que suficiente.

Feliz Navidad, o Solsticio de Invierno. Como usted prefiera porque dependiendo de la elección se llenará o no su despensa.

¿Mujeres al poder?

Hillary ha perdido... otra vez. Ha sido una luchadora, capaz y ambiciosa, pero mujer, y eso ni se olvida ni se perdona.

No es simpática. No atrae a la gente y no lo hace porque no se ha mantenido dentro de sus límites. Dejó de lado la misión que todos esperan de las mujeres. Sí, es esposa y madre, pero no ha representado a la perfección su papel. Probablemente a su hija la han sacado adelante los múltiples criados que se mueven por su mansión. En cuanto a su rol de esposa, todos sabemos que apartó, como a una mosca molesta, los infantiles escarceos amorosos de su marido y ni se la vio llorar ni quejarse ni alzar la voz. Aquellos jugueteos de niño caprichoso ni siquiera la tocaron; los pasó por alto y continuó con su camino de ambición.

Muy mal hecho. El mundo, incluidas las propias mujeres, esperaba sus lágrimas, su desesperación y una digna soledad, trabajando quizá, porque de algo tendrían que vivir ella y su hija y ya que había terminado una carrera, tal vez en un bufete de abogados, que hasta podría haber sido importante, bajo la dirección de un hombre capaz, inclemente y ambicioso. Pero no lo hizo. Siguió adelante con su inteligencia porque conocía sus capacidades. Dejó tras ella cargas incómodas que podían haberle impedido crecer y quiso ser la persona brillante y preparada que soñó el futuro más alto al que pudiera llegar.

Se olvidó por dos veces de su sexo, y su país eligió, dejando atrás raíces racistas la primera vez, y su deseo de tranquilidad la segunda. Cualquier cosa antes de aupar a una fémina. Porque el sexo femenino está muy bien para algunas cosas, que todos sabemos y compartimos. Nosotras también y por eso, sobre todo en EE UU, ellas, las más listas, se convierten en muñequitas porque “es justo hablarle en necio, para darle gusto”. Recordemos las palabras de una dirigente del Condado de Clay. “Será refrescante tener en la Casa Blanca a una primera dama con estilo, belleza y dignidad…”

Se ha analizado la victoria de Trump desde todos los puntos de vista y desde luego algunos son brillantes desmenuzando estrategias, economía o futuribles. Además de saber acercarse a la vulgaridad imperante en el mundo, poniéndose a la altura de la mayoría zafia e ignorante que interesa mantener para mandarlos a votar y facilitar los diferentes gobiernos, ha copiado a otros dictadores, pasados y presentes, tocando las más íntimas emociones de su pueblo. Les ha recordado que han sido los más grandes y que su derecho es seguir siéndolo y que él va a conducirlos a ese fin, apartando de su elevado camino obstáculos despreciables. Ellos y todos comprendemos muy bien a qué se refiere. Si América no está por encima de cualquier nación del mundo no es por culpa de los propios americanos, es por otros —no vamos a señalar; de eso ya se ha encargado él—, y se lo han creído porque, no solo los americanos, cualquier pueblo, o incluso individuo, son esos cuentos los que quiere oír. Solo deberemos sentarnos y ese líder brillante apartará los guijarros del sendero y simplemente tendremos que caminar hacia las cumbres del mundo, nevadas o no —¿nos suena?—, que nos esperan a nosotros, americanos en este caso, pero a cualquier otro también, para llenarnos las manos de pan y los ojos de luz.

Y hay mujeres, que porque podemos salir solas a la calle, o incluso votar, nos creemos libres Pero no lo somos. Vivimos en una sociedad machista, que además nos engaña. Su hipocresía lleva a que muchas esclavas cuidadoras de hogares, esposos, niños y ancianos, y que además trabajan fuera y aportan un sueldo a la economía familiar, se lo crea. Si tienen suerte, su marido, o compañero —¿qué moderna, ¿verdad?—, traerá también un salario. Ya son dos; así él no deberá esforzarse demasiado buscando una segunda ocupación, trabajar más horas o alterar su humor haciendo cuentas para cubrir los gastos más elementales.

Y decimos que somos libres y que la mujer de hoy no tiene nada que ver con la del pasado. Y es verdad. Nuestras abuelas eran las señoras de su casa, llevaban la administración y a sus hijos y ancianos con tranquilidad, porque todo el día era suyo y repartían su tiempo como querían. Desde luego no todas vivían así, pero ahora también hay animales que nos golpean y nos matan.

Queda mucho camino para que las féminas estemos a la altura de los varones, y con esto no me refiero a que tengamos la libertad de copiar sus malos hábitos y hacer ostentación de ello. No; no es eso. Es igualdad de salarios, de obligaciones y de oportunidades. Es una mujer al frente de la Casa Blanca.

Futuro imperfecto

Recientemente se ha concedido el premio Nobel de Física por estudios teóricos sobre la materia a nivel cuántico, lo que permitirá desarrollar nuevos estados de la misma, con aplicaciones insospechadas hasta ahora. Este descubrimiento, como muchos otros que tienen relación con la Física Cuántica, demuestran, en primer lugar, la diferencia, aún sin medida, entre el mundo que conocemos por los sentidos y el que pudiera existir, y en segundo lugar, con el principio de que lo observado varía según la intención del observador, quizá no ande tan descaminada la idea de que todo aquello que el ser humano es capaz de imaginar pueda llegar a ser realidad, puesto que si nuestra mente logra hacer cambiar el comportamiento de una partícula, ¿por qué no el de muchas? ¿Y también de objetos, de situaciones, de tiempo, de espacio, de cualquiera de las capas del Universo o de los Universos? ¡Dios! –con perdón de físicos, materialistas y racionalistas-. La cabeza, junto con nuestra pobre realidad diaria, podría saltar por los aires, si es que los hay.

Esta idea de posibilidad abierta es la base de algunos libros que se han hecho famosos, y que a muchos nos sonaban a guasa o a desfachatez, pero que han hecho multimillonarios a sus autores. A ver si resulta que algo de cierto tenían. En ellos se defiende -a veces de forma pueril- que si imaginamos con la suficiente concentración la realización de algo que deseamos o necesitamos, el Universo nos lo dará. Y yo me preguntaba -inocentemente, por supuesto-, ¿porque es generoso o porque está sujeto a los caprichos de cada ser de los millones que lo pueblan?

En Estados Unidos, tierra donde no tiene demasiada cabida el estudio de las humanidades y que por tanto la mayoría de los ciudadanos carecen de datos para cuestionar -algo de importancia capital para la gobernabilidad de un país, pues se les ha enseñado a pensar preferentemente en el estrecho campo en el que desempeñan su trabajo-, esta filosofía de vida ha llegado hasta el extremo de que muchas empresas, cuando reducen personal, antes de ponerlos en la calle, les dan un breve curso de orientación para la búsqueda de un nuevo empleo.

Seguramente hay mucha verdad en la necesidad de confianza en las propias posibilidades y en la focalización de lo que se desea para alcanzar el objetivo fijado, pero las consecuencias psicológicas, y posteriormente físicas, de un posible fracaso no se están valorando, sobre todo teniendo en cuenta que mantener la constancia en un mundo tan diferente a como nos gusta imaginarlo es muy difícil, por no decir imposible. El descalabro, si llega, es, según este modo de enfocar la vida, únicamente del individuo y jamás de una sociedad de clientelismo, en la que solo algunos son capaces de sobresalir.

Si ya la persona que trata de desarrollar esta metodología para cambiar su miserable estatus o mejorar su salud tenía probablemente un bajo concepto de sí mismo, cuando se le dice que no son ni el entorno ni las circunstancias adversas los responsables del fracaso, sino que lo que ocurre es que él no es capaz de mantener constantemente la focalización necesaria, cerrando los ojos a toda la negatividad que lo rodea y lo ahoga, y que el problema es que ha dejado de sonreír y bromear constantemente sobre las necesidades reales que están pasando su familia, el hundimiento puede ser total y devastador.

Con todo lo anterior, quiero llamar la atención sobre el hecho de que esto ya está ocurriendo en España. Cuando comenzó la crisis nos convencieron de que los únicos responsables éramos nosotros por estar viviendo por encima de nuestras posibilidades. Se omitió la responsabilidad de los bancos y los dirigentes, quienes eran los que realmente entendían o deberían haber entendido de economía. Pero se logró el objetivo. Todos comprendimos que no teníamos derecho a pedir mejores salarios, mejores casas o mejores coches, una carrera importante para nuestros hijos y hospitales o residencias de ancianos donde no se trate a los enfermos o residentes como trozos de carne molesta, que se deben quitar de encima cuanto antes porque no hay tiempo ni dinero para atenderlos con la mano tendida o la palabra cariñosa. Quiero aclarar que no estoy hablando del personal sanitario, que, la mayoría, hace lo que puede con los medios de que dispone.

Nos han convencido y ahora todos estamos satisfechos con un mínimo salario, con hacer horas que nadie paga, con los cinco minutos que el médico de familia nos dedica, con el colegio más próximo a nuestra casa porque, además de ser el más barato, los niños pueden hacer el camino solos y así, padre y madre, pasar el día reventándose a trabajar por una miseria… porque no tenemos derecho y porque hemos interiorizado que la culpa de la crisis es nuestra y no deseamos que dure para siempre. Y así vamos viviendo, que al fin es lo que importa.

Parece ser que España, junto con Grecia y Portugal, son los países de Europa donde más bajos son los salarios. Si tenemos en cuenta que tanto personas mayores de cincuenta años que han perdido su empleo y ya no volverán a conseguirlo, como todos aquellos que están ocupados en trabajos precarios y mal pagados, van a llegar a la jubilación con una mísera base de cotización, y que además ya nos han advertido de que no es muy seguro que sea posible pagarla y que lo más conveniente sería ahorrar unos siete mil euros al año para prevenir la vejez –no sé si esto lo han dicho en serio, porque parece más bien una broma o, lo que es peor, un insulto-, el futuro a medio plazo se presenta desolador, con una extensa capa social viviendo al borde de la miseria.

Y mientras, llevamos ya casi un año contemplando una clase política jugando a mandar. Cuando un obrero no hace bien su trabajo ¿qué hace con él su empresario? ¿No deberíamos cuestionarnos una posible solución a esta carrera por el sillón? Puesto que un político es alguien que ha sido elegido para gobernar un país, si no gobierna, ¿por qué se le sigue pagando? No sé si cuando se publique este artículo habrán llegado a algún acuerdo, pero no esperen gran cosa. Ahí está la Comunidad Económica Europea dispuesta a decirnos qué más tenemos que recortar para continuar con la huida hacia adelante, sin que nadie sepa en qué va acabar todo esto.

Pero siempre nos quedará… ni siquiera París. Pero quizá sí la esperanza de que los avances que se consigan con los descubrimientos del reciente Premio Nobel permitan crear mundos virtuales en los que sumergirnos y de los que salir solamente para comer lo poco que podamos, que sería como la función de la televisión actual, pero más sofisticado. Este es el objetivo en el que sí están focalizados los que controlan nuestras vidas.

También en la muerte.

He leído en un diario una pregunta que supongo retórica: “¿Por qué hay parejas que mueren en horas o días tras una vida juntas?”

Evidentemente también hay otras que se sienten más que aliviadas al verse libres de un yugo de años, pero no es de estas de las que estamos hablando. Hablamos de las otras, de las que no pueden vivir el uno sin el otro.

Hubo un tiempo en que los ancianos y su impagable experiencia vital eran valoradas, no solo a nivel familiar, donde, por supuesto, eran los verdaderos jueces y consejeros del clan, también en las instituciones del momento. Ellos fueron los encargados de llevar las riendas, puesto que sus contemporáneos eran muy conscientes de sus valores, conseguidos a lo largo de caminos casi siempre difíciles —como los que se repiten una y otra vez en las nuevas generaciones—, en los que habían tenido que tomar decisiones, acertadas o no, pero de las que, indudablemente, extrajeron una enseñanza que podían brindar a los más jóvenes, para evitar en lo posible la repetición de los mismos errores.

Los ancianos eran respetados y el cumplir años no significaba su marginación de la sociedad, una sociedad que, actualmente, no solo no los ve, es que no puede ni quiere ocuparse de ellos. Hoy, muy al contrario de lo ocurrido en el pasado, los que realmente saben son los jóvenes. Desprecian abiertamente los viejos conocimientos y se dirigen a sus padres o abuelos —si es que lo hacen— con una arrogancia prepotente, no solo en el gesto, también en las palabras, que de forma clara y concisa hacen comprender al anciano que ignora todo del presente, porque estos son otros tiempos, mucho más interesantes y mejor llevados que los vividos por él. Puede que tengan razón en algunas cosas. Indudablemente la gente tiene —o tenía— más comodidades, vive —o vivía— mejor que en el pasado. Pero, ¿las preguntas o los problemas básicos de la vida han cambiado? ¿Los problemas que se nos presentan cotidianamente nada tienen que ver con los de los primeros hombres? ¿Acaso no hemos de parir, criar y educar a nuestros hijos? ¿No salimos cada día fuera del hogar (la cueva) a buscar el sustento? ¿No enfermamos, nos deprimimos o nos ilusionamos con un proyecto y vivimos esperanzados por él? ¿No vemos pasar con asombro nuestro tiempo y llegar el día, que sabemos cierto, de nuestra muerte?

No deberíamos engañarnos; lo realmente importante en la vida es idéntico a lo ya vivido por los que nos precedieron. Tal vez no andaríamos muy descaminados si, al menos, nos paráramos a escucharlos. Luego, después de oír con respeto su opinión, la decisión sería nuestra, por supuesto, pero esa vieja experiencia podría ayudar y añadir algún dato a los que poseemos y abrir posibilidades inexploradas hasta entonces.

Pero no. Hoy valoramos lo nuevo, lo sorprendente, lo joven, lo estético, lo diferente sobre todo lo demás. Hemos llegado a obligar a nuestros mayores a estirarse la cara, aspirarse las grasas, cortarse pieles sobrantes, hacerse implantes de cabello… Los hemos convertido en momias andantes y famélicas, por el miedo a que se noten sus años y se vuelvan trasparentes, cuando no los apartemos sin miramientos para seguir avanzando, evitando obstáculos indeseables que, aunque nos miren mudos, nos ofenden, porque ya sabemos que no están de acuerdo con nuestras decisiones, tomadas casi siempre desde el egoísmo y la inmediatez—porque hemos venido aquí a disfrutar, decimos—, sin importarnos un bledo el futuro ni las gentes que están por llegar, aunque sean nuestros propios descendientes.

¿Qué pinta un anciano en una sociedad de la que se sabe excluido? Nada. Nota dentro su espíritu atemporal, que por ello no es consciente de sus muchos años y que aún siente deseos y esperanzas y que es capaz de crear y proyectarse. Pero ahí está su cuerpo decadente, cegato y medio tullido, muy lejos del modelo imperante de físicos prefabricados y casi perfectos y, aunque tiene una verdad que contar o transmitir, se calla y se aísla. Se aferra a la única persona que lo entiende porque comparte su desorientación y sus dolores. Juntos han cumplido mejor o peor su misión. Han criado a sus hijos, han desempeñado un trabajo, han contribuido a la marcha del mundo… Pero eso no vale nada, ni para los extraños ni para los de casa. Se apartan entonces y se apoyan uno en el otro para seguir marchando, no entienden muy bien por qué. No se les ocurre otra cosa porque realmente no lo hacen por disfrutar de una vida que no cuenta con ellos —y a la que, dentro de lo posible, intentan no molestar—, lo hacen para seguir juntos, para amarse y apoyarse como han hecho siempre. Discutieron. ¡Vaya que sí! Incluso llegaron a pensar que no estaban de acuerdo en casi nada… Pero siguieron unidos, aguantando con la fuerza de un amor que estaba por encima de caprichos, “disfrutes”, pequeñeces o defectos físicos. Ellos resistieron los embates de la existencia y, reclinados uno en el otro, seguirán resistiendo.

Pero un día comprenden que ha llegado su hora, que uno de los dos ha de partir. El que queda mira alrededor. Nada; como mucho un estorbo. ¿Qué voy a hacer sin ti? Nada. Aquí ya no soy nadie ni tengo nada. Toma mi mano y, como siempre, espérame. Te sigo.

¿Era, o no, una pregunta retórica? Todos conocíamos la respuesta.

Detrás del cordel.

Y, hablando de cultura, resulta que la Filosofía, madre de todos los saberes, hoy se ha convertido en “un obstáculo para la empleabilidad”. Un paso más en el empeño por degradar la Universidad, haciéndonos olvidar que no solo es un centro de enseñanza, también, y sobre todo, de investigación y formación de cerebros —¿Aquí debería decir también cerebras?—, suministrándoles el mayor número de datos, para poder procesar la información externa y tomar sus propias decisiones. Pero no es el pensamiento lo que ahora interesa; muy al contrario. Ahora son los números y la especialización, que no están mal ni son inapropiadas, pero ¿no serían más productivas dentro de una mente que conociera la filosofía con la que intentaron comprender el mundo los que nos precedieron, sus conclusiones casi iluminadas, las religiones que encauzaron su espiritualidad, las obras de arte que hablan de sus emociones y las nuestras...?

Ideas nuevas nos piden en las empresas, en manifestaciones artísticas e incluso en formas de gobernar. ¿De dónde van a salir si no se fomentan la creatividad ni las formas de pensar, estudiando a aquellos que dedicaron su vida a desentrañar misterios, a dar explicaciones —acertadas o no; eso es lo de menos— del Universo, de sus criaturas y del hombre, con sus creencias, trabajos, tradiciones, normas, enfrentamientos y, en muchos casos, solidaridad y apoyo.

Lo poco que sabemos proviene de la observación e investigación del entorno. Sin eso, nuestros universitarios serán los más expertos en sumas y restas, pero una parte importante de su ser permanecerá estéril, en el agujero negro del que nada puede salir porque nada ha entrado en él. Sabrán, sin duda, calcular muy bien con sus máquinas, pero ¿serán capaces de decir “no” cuando algo propuesto no sea lo adecuado? ¿Podrán unirse a un proyecto o a una causa que ofrezca soluciones a sus problemas o a los de la sociedad a la que pertenecen, sabiendo claramente lo que van a hacer o se dejarán arrastrar por palabrería florida a favor o en contra?

La inquietud espiritual del hombre, nacida exclusivamente, según algunos, de su miedo a la muerte, dejará de molestarle porque estará ocupado generando beneficios. Pero llegará un día en que ya no sea necesario como pieza del engranaje social y se enfrente a la soledad. ¿Qué pensará entonces? ¿En los compañeros con los que hubo de competir constantemente? ¿En los superiores que sonreían cuando aumentaba las cuentas? ¿En los fajos de billetes que pasaron por sus manos para engrosar arcas ajenas? No. Entonces de nada valdrá su especialización. Entonces se dará cuenta de que algo dentro de sí está ahogándose y si tiene suerte y aún no han conseguido hacerlo desaparecer, tirará de ello y lo alimentará. Le darán a elegir; la sociedad ya ha pensado en ello y en su control. Podrá entretenerse subiendo sus intimidades a la nube, aceptar todas las cookies para dejar constancia de sus preferencias, perseguir un muñequito, mostrando constantemente su ubicación, o simplemente encender la televisión y sus sentimientos, emociones, e incluso instintos más primarios, sin datos, sin salida, se aferrarán a lo más fácil y llorará, reirá y hasta gritará improperios a los fantoches de turno, que alguien, que sí conoce y aplica los saberes que a él le hurtaron, ha puesto ante sus ojos, para que enfoque sus abortadas posibilidades y vuelva a alejarse de sí mismo, sin crear problemas a sus semejantes, que bastante hacen con pasarle una exigua pensión para que pueda pagarse tres piezas de fruta al día.

Pero no todos se sentarán ante el televisor ni vivirán pendientes del teléfono. Quizá alguno repare por primera vez en aquellos libros que compró un día para adornar sus estanterías y, por olvidar el desprecio de esa mañana, cuando acudió a tomar café con sus antiguos compañeros de trabajo y nadie pareció verlo, elegirá un tomo y comenzará a ojearlo y sus frases, llenas de profunda sabiduría, lo engancharán y seguirá y seguirá. Buscará entonces interlocutores y no los hallará. Los jóvenes seguirán generando beneficios; los mayores en el camino hacia la idiocia absoluta frente al televisor. No le importará porque su interior habrá crecido; no necesita a nadie, solamente a aquellos que le precedieron y pensaron y que ahora lo hacen de nuevo con él y en él. Tal vez ponga por escrito sus nuevas experiencias y conclusiones vitales, pensando en ayudar a otros. A nadie le interesará. Ninguna editorial leerá siquiera sus apuntes; no es conocido, no se vendería fácilmente. Los números, los beneficios vuelven de nuevo a su vida, pero ahora ya no le importan porque tiene otras cosas en que pensar. Ahora puede decidir por sí mismo.

Cultura. Definición de la RAE: “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”.

El diálogo de Gila.

No hace mucho, a la vista de una masacre que todos contemplamos con asombro e incluso con ira contenida, oí decir a uno de nuestros políticos, con semblante contrito: “Me pregunto en qué hemos fallado para que esos jóvenes se vean empujados a estos desmanes”. Seguramente estas no fueron sus palabras exactas, pero sí pueden considerarse un resumen de su intención al decirlas. Más tarde, leyendo un titular de prensa, volvieron a mi mente con mayor carga de estúpido “buenismo” -si eso fuera posible- que en el momento en que se pronunciaron. Dicho titular rezaba: “Un grupo de adolescentes da una paliza a un joven que estaba de luna de miel en Málaga”. Todos sabemos que estas “machadas” de algunos degenerados no son exclusivas de una de nuestras ciudades y ni siquiera de un país. Solo hay que ver los altercados entre aficionados de distintos equipos de fútbol durante la Eurocopa, o los habidos en “partidos de alto riesgo” en la liga española, que ya han costado la vida a más de uno.

Vuelvo la vista atrás, a los años de unas ya lejanas adolescencia y juventud y pienso en que lo que ahora parece casi habitual apenas se daba. Siempre había alguien que se saltaba las normas y alteraba la convivencia, pero no sólo era castigado o abroncado por los mayores, también nosotros poníamos distancia entre ellos y los demás, la mayoría, que se adaptaba y respetaba aunque de todo careciera, aparte de una calle para pasear o un maltrecho local en el que alguien más favorecido que los demás ponía unos discos y se bailaba la tarde del domingo.

¿Por qué unas generaciones actúan de una forma más o menos civilizada y otras, las que mejor han vivido, a las que nunca ha faltado casi nada, con colegios gratuitos, comidas diarias y pagas que no se han ganado, se convierten en lobos, solitarios o no, que se divierten agrediendo, maltratando, humillando, matando incluso, sin ningún remordimiento?

Si miro con detenimiento veo una fundamental diferencia, o varias si profundizo más, pero la principal es la ausencia del “diálogo” de Gila. Toda la sociedad, no solo los padres, se unía para corregir a aquel que se salía de los cauces normales, a veces con métodos no demasiado aconsejables y que hoy denostamos en general. Pero, sin llegar a extremos, todos sabíamos que si hacíamos algo mal el hecho traería consecuencias y jamás serían agradables para el infractor.

Esa es la gran diferencia. Nuestros hijos y nietos fueron y son criados con la idea de que tienen derechos y no deberes y que sus deseos son órdenes, que padres asustados se apresuran a hacer realidad, aunque para ello, en algunos casos y cada vez en más, hayan de recortar de un exiguo presupuesto y amontonar facturas y deudas para que al niñito -o niñita, por supuesto- no le falte el capricho porque si no se le concede puede hasta ponerse violento y destrozar los pocos muebles que quedan en la casa o amenazar, y en ocasiones golpear, a sus padres, que no han sido capaces de privarse de comer por comprarle lo que desea o entregarle el dinero pedido. En algunas ocasiones hasta los matan mientras son menores de edad y la sociedad, estúpida a más no poder, no protesta cuando al cabo de cuatro años de vigilancia los ponen en la calle y les permiten disfrutar de la herencia de sus padres, siendo esta una de las pocas causas que permiten desheredar a un hijo -como al llamado “asesino de la catana”, que ya se cuidó de quitar de en medio también a su hermana para convertirse en único heredero-. El mensaje está claro para todos los menores que quieran seguir haciendo su santa voluntad.

Falta disciplina y autoridad. Sí, lo siento, ya sé que estos valores están trasnochados, es más, son políticamente incorrectos. Lo normal sería culpabilizarnos. Y, bien mirado, deberíamos hacerlo, pero en el sentido opuesto al que ahora se espera. Somos culpables de permitir, de conceder, de entregar y, en algunos casos, de hacer dejación de nuestros deberes como padres, por multitud de motivos que no viene al caso tratar.

Esta panda de niñatos que asusta a niños, a padres pusilánimes, a ancianos decrépitos o a inocentes turistas, sabe muy bien lo que hace; simplemente no temen las consecuencias de sus actos porque están seguros de que no va a haberlas. Conocen muy bien la sociedad del “buenismo” en la que se mueven. Saben que algunos están valorando bajar la edad de votar a los dieciséis años, pero no dicen nada de la edad en la que se les pueda juzgar como adultos, saben que hasta un presidente de una poderosa nación alaba sus salvajes actos justificados por el fútbol. Saben... Y si se les llega a buscar por su delito, que en ocasiones ni siquiera se considera tal, alguien muy preparado y comprensivo, les contará que eso no está nada bien y que para otra vez deben descargar su violencia jugando al balón o, como mucho, asistiendo a clases de boxeo.

Y a la calle. A seguir derrochando su valioso caudal de energía que nadie se molesta en encauzar, permitiendo la salida de sus instintos más básicos, incentivados por videojuegos que no se prohíben; por la cutrería de algunos programas de televisión o la de políticos, profesores o padres, los cuales, por ineficacia, vaguería o dejadez, aplauden y justifican sus salidas de tono, pensando que así van a atraérselos y, al menos, no les darán bofetadas ni les rallarán el coche ni les reventarán las puertas. Y no es así; es todo lo contrario. Lo he experimentado como hija, madre y profesora. La comprensión no significa permisividad ni autoridad menoscabada. Es cierto que el amor no necesita “hacer llorar”, pero sí manifestarse en todo momento para colocar las cosas en su sitio, encauzando las mentes, aún sin formar, por el camino que permita la convivencia y el uso de libertades, que terminan donde comienzan las de los demás, sean estos de otro color, ancianos, padres, profesores, políticos, rivales o turistas.

Y del empeño en recortar la cultura hablaré en otro momento, si ha lugar.

"...y hai que dicir que chove".

Es curioso observar hasta qué punto, cuando les conviene, el Estado, las autonomías e incluso las alcaldías cargan sobre las espaldas del sufrido ciudadano no solo impuestos y recortes, también la solución a conflictos que ellos, a los que hemos elegido porque nos prometieron resolver problemas tales como dictar leyes que regulen la convivencia, que protejan a los más desfavorecidos, que preserven el legado histórico y tradicional que nos da raíces y asiento en el tiempo y el espacio, etc, etc. son incapaces de afrontar. Ya, claro. Las situaciones heredadas. Todos se sacuden el polvo de los hombros y el barro de las manos echando la culpa a aquellos que los precedieron en el cargo y que, sin importar el color, lo hicieron fatal. Ellos, inocentes y llenos de buenas intenciones, podrían hacerlo mucho mejor, pero es imposible porque las arcas están vacías, las deudas son innumerables, los parados parecen multiplicarse, los jubilados, sin obras que supervisar, sestean en los bancos públicos, haciendo tiempo para la comida, sin saber si su mujer, impedida por sus múltiples dolores y la escasez de la insultante pensión, habrá sido capaz de cocinarla. Pero mientras, nuestros ínclitos dirigentes sonríen, prometen, saludan y se descalifican mutuamente, tratando de convencernos para que vayamos a votar, que es lo único que parece importar en este desnortado país.

También hay casos en los que se toman en serio sus obligaciones, y entonces, como en Ronda -cito este lugar porque hace poco que ocurrió, pero podría ser cualquier otro, incluido León- la edil de Patrimonio Histórico y Cultural, ante la plétora de yacimientos -más de trescientos-, desbordada y apabullada por la desproporcionada riqueza, “con el propósito de conservarlos y facilitar a los dueños de estos espacios la gestión de sus terrenos (...) informará sobre su ubicación concreta (...) dará una serie de recomendaciones.” “El objetivo es lograr la protección, conservación y mantenimiento de los restos (...) garantizando la conciliación de los intereses económicos con la conservación.”

¡Ah! Pues muy bien. No nos hemos enterado claramente si se advierte al dueño: “Cuidadín, que como estropees al sembrar o permitas que alguien penetre en tus tierras con el fin de hacerse con una punta de flecha te la vas a cargar”. O, por el contrario: “No te preocupes, que a partir de ahora nosotros protegeremos el enclave pagándote “de forma justa”, cuando se pueda, la tierra que lo alberga y que tu no vas a poder roturar después de esta advertencia, so pena de sufrir multas o azotes hasta la muerte”.

¿Deberían también los vecinos de León, o Mérida, o Santander, o... dedicarse a sujetar las piedras de murallas y otros monumentos, evitando así su caída?

Podría ser esta una iniciativa a imitar, no solo en todo el patrimonio histórico que se esparce por nuestro solar, también podría aplicarse a la enseñanza, que los padres impartirían en casa y así pondrían los deberes en función de su tiempo libre y sus conocimientos, o concentrar los niños en un cercado, controlados por un pastor, tipo comuna, y soltarlos cuando llegaran a la mayoría de edad; a la salud y que los familiares, vecinos y amigos se encargaran de vigilar y cuidar a los enfermos; a la organización de comedores y literas para jubilados a los que su mísera paga no permita una vida digna, o para parados de larga duración, o viudas que tienen que decidir entre comerse al menos una pieza de fruta al día o pagar el teléfono y la luz, lo que sería grave porque no podríamos mantenerlas entretenidas con las desgracias de los cuatro “mataos” que se forran engañándolas para que crean que “los ricos también lloran”.

No hay duda. A nuestros representantes les sobra creatividad. Sólo hay que oírles repetir como loros las palabras de moda, como “mimbres”, “sorpasso” y otras más trilladas, pero no por ello menos vacías de contenido, como “democracia”, “crecimiento”, “empleo”, “progreso”, o el socorrido “y tú más”, “No, tú”, y en voz baja “Bueno, los dos, así que a callar”. Y eso que ahora andan metidos en sus asuntos, tratando de mandar al precio que sea, olvidados del gobierno del país. No quiero ni pensar lo que se van a inventar si algún día consiguen organizarse para repartirse el pastel. Podemos vernos barriendo las calles -no es tan disparatado, pues a alguien ya se le ocurrió que las madres, que no los padres, limpiaran los colegios de sus hijos-, o plantando tomates en los huecos de los árboles, o acudiendo como zombis a desbrozar los bosques y filtrar los ríos contaminados, o a recoger en baldes la lluvia para regar jardines, entre otras muchas ocupaciones, que descargarían los agobiados hombros de nuestros dirigentes, que se han metido en política por su espíritu de servicio, dejándoles tiempo y dinero para vivir la verdadera vida. Total, eso no está a nuestro alcance...

La Era de los Orcos.

Quisiera saber si hay hombres -y mujeres, claro está- que no sientan en su interior la necesidad de crecer y mejorar. En realidad esta es una pregunta retórica porque con mirar alrededor es fácil hallar la respuesta.

Sí, ya sé que la televisión se puede apagar e incluso llegar al desafío extremo de leer un libro, pero ¿todos estamos lo suficientemente formados para hacerlo? ¿Podemos tirar de las enseñanzas recibidas, si no en colegios e institutos, en el testimonio de nuestros padres? La mayoría de mi generación no porque el único “libro” que vimos en casa era la revista Pronto o el morbo de un periódico de sucesos llamado El Caso.

A lo mejor -y solo a lo mejor-, si las televisiones dejaran de esconderse tras la palabra maldita de “paternalismo”, cuando en realidad hablan de ganancias a costa de lo que sea, y ofrecieran programas culturales y formativos, las gentes tampoco apagaríamos el aparato e iríamos aprendiendo que en el mundo, aparte de morbo sucio, hay otras cosas que -¡Oh, milagro!- también hacen disfrutar. Me vienen a la memoria programas emitidos en la “época maldita”, que eran verdaderas joyas, como por ejemplo La clave, Estudio 1, Si las piedras hablaran, El hombre y la tierra, representaciones de zarzuelas, y otros muchos ya olvidados, pero que, sin enfangarnos en la ignorancia, nos mostraban algo de cultura a los pobres niños y adolescentes que no teníamos un papá con biblioteca privada. Pero eso fue en una mala época y para borrarla qué mejor cosa que hacer todo lo contrario. No mejorándola, no, que sería lo deseable para reafirmar que la democracia vela más por el bienestar del pueblo que una dictadura, sino buscando y fomentando los instintos más bajos que están dentro de todos nosotros esperando su oportunidad de mostrarse. Y claro, si es algo que se nos presenta como natural y hasta deseable, ¿por qué vamos a intentar tenerlos controlados y situarnos por encima?

“Hay que ser honestos”, decía un político importante, allá en los albores de nuestra enclenque democracia, para justificar que pagara con becas y dinero público los estudios de la “churri” de turno en el extranjero. Digo yo que sería para eso, porque si no no entiendo qué tenía que ver la honestidad con meter mano en la caja o poner los cuernos a su mujer. Y nada, así estamos, viviendo honestamente, o sea, mostrando en público todas nuestras mierdas y consiguiendo que todos, o casi todos, se identifiquen con ellas y hasta se sientan bien y descargados de culpas porque si los que salen en la tele lo hacen y además les pagan sumas astronómicas por ello, será que no está tan mal; es más, debe de estar muy bien porque tarados de cabeza vacía viven como marqueses, con perdón, que ya sé que ahora las diferencias sociales no están de moda. No lo están al menos en apariencia y los muertos de hambre nos creemos más importantes y hasta sentimos que aumentan nuestros exiguos salarios cuando tutean al rey y nadie los amonesta por ello.

¿Por qué la sociedad presume de sus miserias? Porque le están enseñando a ser “honesta”. Nuestros padres y abuelos no tendrían nada, pero no carecían, como muchos de nosotros carecemos, de dignidad y honradez, y no sacaban sus trapos sucios a secar al sol: “Que se queme la casa, pero que no se vea el humo”, decían, utilizando uno de los muchos refranes que resumían su sabiduría de siglos y que ahora, junto con la honorabilidad y la nobleza de miras, están también demonizados por los mismos, muy cultos ellos, que nos hacen comer grasientas bazofias, imitar a las pobres gentes de barrios marginales, sobrevivir -desnudos, eso sí- en algún lugar del mundo, atomizar la familia para mejor gobernar a los solitarios, o disfrutar con los dolores y cotilleos -la mayoría inventados para ofrecernos pasto- de los “famosetes” de turno.

No quiero caer en lo fácil pensado que el pasado fue un tiempo mejor al actual porque en la mayoría de los casos no lo fue, pero sí que tiene mucho que enseñarnos, tanto en sus equivocaciones como en sus aciertos; y en lo tocante a dignidad, nos hemos quedado muy por detrás.

Sí, ya sé que a lo largo de la historia ha habido épocas mejores y peores, que del mayor refinamiento se ha pasado a la barbarie más absoluta y viceversa, y que nosotros y este tiempo pasarán y apenas será recordado porque poco o nada habremos aportado, pero creo que es triste que una sociedad que presume de avanzada no pueda mostrar ningún progreso en pensamiento, que es lo más barato y cercano que podemos tener. Porque, no nos engañemos, todas las buenas palabras que oímos en estos tiempos de campaña no son sino cantos de sirena, que persiguen quitar a unos para ponerse otros. ¡No me digan que el espectáculo por el poder que estamos contemplando no es patético!

Estamos atravesando una Edad Oscura o, como oí decir a alguien una vez, esta es la Era de los Orcos.

Dura lex, sed lex.

Eso era antes.

Quizá sea la falta de información, pero en los tan estudiados y cacareados programas de pactos políticos para lograr gobierno, no se ha filtrado, tal vez porque no se haya tocado, el candente asunto de la creciente delincuencia y la obsolescencia de la legislación para atajarla, excepción hecha de la corrupción política. Comprendo que no es un tema atractivo, sobre todo cuando hay “buenismos” que lo deforman, hasta conseguir que el inocente que jamás ha creado un problema no pueda siquiera defenderse o defender lo suyo, porque puede acabar siendo el castigado.

Un individuo, cuando aún no contaba dieciocho años, mata a su padre y a una anciana al más puro estilo del Paleolítico: con una piedra. Más tarde, y aquí ya más modernizado, viola a una sobrina drogándola previamente, conduce borracho, trafica con drogas, tiene decenas de denuncias por allanamiento de morada, interviene constantemente en peleas, insulta, injuria y agrede a cualquiera que se le enfrente o que, simplemente, no le agrade. Eso cuenta la noticia y además nos dice que los vecinos de su pueblo están aterrorizados y que cuando se enteraron de que con diez años había saldado sus cuentas con la Justicia, apoyados incluso por su familia, pidieron que no volviera a su tierra.

Pero volvió. Y su madre -¡Qué no haremos las madres por nuestros hijos!- lo acogió en casa y él se lo pagó enseguida utilizando los medios a los que está acostumbrado y que nadie ha conseguido -o quizá ni siquiera intentado- borrar de su conflictiva, o tal vez enfermiza, personalidad. Penetró en la noche en el cuarto de la anciana y la utilizó para dar salida a sus instintos descontrolados. Cuando la dejó, la pobre mujer no osó siquiera moverse y, aterrada, esperó al amanecer, en que no pudo por menos -y digo esto porque después le costó admitirlo- que contárselo a una hija, que lo denunció ante la Guardia Civil.

Todo eso nos cuenta el diario y está bien porque así los pobres infelices que tengan la desgracia de vivir en su radio de influencia podrán estar preparados si lo ven llegar. Y eso ocurrirá pronto porque el individuo “ha aceptado” -grotesco ¿no?- la pena de dos años más la prohibición de aproximarse a su madre durante tres años y cuatro meses -¿cuatro meses?-, más cuarenta meses de libertad vigilada.

Y ¿eso es todo? ¿Con unos antecedentes semejantes se le despacha con una reprimenda de niño desobediente? ¿Y el sufrimiento de años de esa madre? ¿Y su pisoteada dignidad? ¿Y su absoluta indefensión física e incluso mental, ya que el agresor es su hijo? Quien la ha vejado es aquel bebé regordete y risueño que alimentó a sus pechos, por el que pasó noches en blanco, por el que trabajó y luchó hasta verlo mantenerse en pie. Sí, el mismo al que amó y ama por encima de todo.

Todos sus familiares y convecinos pueden estar tranquilos, pues él, obediente y disciplinado como ha demostrado ser, respetará la sentencia y, de repente, tomará conciencia de sus desmanes y se volverá bueno.

Pero ¿qué demonios le pasa a esta sociedad que no es capaz de ver el peligro aunque lo tenga encima? Esta persona no es un ser sociable. Hay que estudiar las causas que lo convierten en un peligro y ponerle remedio. Tal vez necesite un tratamiento psiquiátrico o puede que un internamiento de por vida -¡Anatema! ¡Anatema!-, pero lo que está claro es que, al menos de momento, como acaba de demostrar, no está en condiciones de convivir, ni siquiera con su desgraciada madre.

Me vienen a la mente los cientos de niños a los que se medica por ser inquietos y molestar a padres y profesores. Seguramente habrá casos en los que esa medicación sea necesaria; en otros, muchos si nos comparamos con Francia, el problema no es del pequeño, sino de su circunstancias, pero los “tranquilizamos” aun a sabiendas de los riesgos que esos productos químicos pueden causar. Y resulta que a este individuo se le permite campar a sus anchas, atacando a su entorno sin ningún freno. ¿Por qué?

Eso no se lo pregunta el periódico, pero yo sí. Y aún más. ¿Para qué sirven las cárceles? ¿Para “almacenar” problemas durante un tiempo y luego soltarlos para que sigan su andadura y perversos instintos? ¿No deberían ser espacios para el estudio, la reflexión, la curación, si ese fuera el caso, y la rehabilitación de unas personas que por una u otra causa, son incompatibles con la vida en sociedad? Si no es así -y desde luego no lo parece- no entiendo los millones que se emplean en el funcionamiento judicial y carcelario.

De cualquier modo, se impone buscar una solución para proteger a los inocentes porque estos también tienen derechos y deben poder hacer uso de su libertad y de su modo de vida, que en ningún caso tendría que verse alterada por los que, como este hombre, han demostrado una y otra vez ser antisociales y peligrosos.

!Ah! ¡Ya! No hay dinero para eso ¿Qué tal si recuperamos unos pocos millones de los agujeros negros que se los tragan de forma insultante, para casos como este u otros parecidos que llenan nuestras cárceles? Otro servicio social más abandonado por unos gobernantes ocupados exclusivamente en sus intereses particulares, que son los únicos que van bien en el país.

Pero también nosotros deberíamos cooperar. Tal vez esos gritos constantes en casa del vecino indican maltrato machista -y lo llamo así porque las otras denominaciones son paños calientes para avestruces-. Es posible que en vez de subir el volumen de la televisión debamos llamar a la policía, aunque tengamos motivos suficientes para callarnos, ya que somos los más indefensos ante la ley o los posibles agresores, que nos conocerán y podrán hacernos pagar nuestra rebelión impunemente. Pero aun así hemos de corregir nuestra parte de culpa. Es posible -solo posible- que si nuestra actitud cambia lo haga también esa parte conflictiva de la sociedad, perdida en el laberinto de sus erróneas creencias, nacidas de sus limitaciones, abandonos y dolores. Y, por mucho que no esté de moda, solo tenemos que mirar alrededor para ver que no se pueden tener un cuerpo y una mente sanos con un espíritu enfermo.

Cuidado con la puerta.

El acoso escolar, como otras lindezas de una sociedad demasiado permisiva, que confunde libertad con libertinaje, se ha puesto de moda. No vamos a decir que los niños -y niñas, por supuesto, pero mucho menos- no se pegaran o se insultaran en los colegios del pasado; desde luego que lo hacían porque, contrariamente al pensamiento del “buen salvaje” que defendía Rousseau, los hombres, no por maldad, simplemente por supervivencia, llevan consigo el gusto por la violencia, que en algunos casos puede defender su vida y en otros, por degeneración de la ley del más fuerte, puede llevar a ataques por el mero placer de machacar al débil. Y cuando aparece ese ser depravado, una corte de estúpidos lo siguen, ya sea por miedo o por el gusto de pertenecer al grupo de los fornidos y desafiantes fantoches, que cubren sus carencias con estallidos de furor siempre dirigidos al más enclenque y frágil, buscando su diversión en actos de sadismo que amargan la vida de sus víctimas.

Quizá los sabios y estudiosos que aún dudan de la existencia de guerras anteriores al Neolítico, deberían echar un vistazo a su entorno y llegar a la conclusión, recogida del pasado y popularizada por Thomas Hobbes, de que “el hombre es un lobo para el hombre”. Hace días leía en la prensa un artículo en el que algunos de estos eruditos se asombraban de haber hallado la evidencia de una gran matanza en Kenia, cerca del lago Turkama, que podría datar de hace diez mil años. Al parecer, según comentaba dicho artículo, personajes de la categoría de John Keegan, contemporáneo nuestro, pues falleció en 2012, aún dudaban. Afirman que “sin estado constituido no puede haber guerra”. ¿Cuántos individuos han de participar en una contienda para llamarla guerra? ¿Es que hay un número establecido y si no se alcanza deberíamos llamarla refriega, escaramuza, o tal vez acoso escolar?

¿Ese “estado constituido” también habría de contar con una cantidad determinada de individuos o quizá bastase la unión de unos pocos cazadores-recolectores, anteriores por supuesto al Neolítico, para organizar una guerra contra alguno de su vecinos, quienes, poco considerados ellos, entraban en sus territorios de caza porque ahí se encontraban las mejores piezas, o en un descuido de algunas de sus mujeres se las llevaban, porque parir es peligroso y temían quedarse sin sacos reproductores, lo que conduciría al descenso de su población y al aumento del peligro de que algún otro clan los hicieran desaparecer con una pequeña guerra?

Seguramente esos especialistas contarán con muchos más datos que el simple sentido común de los ignorantes que nos atrevemos a poner en cuestión sus tesis, pero nosotros, los que no sabemos, miramos alrededor y vemos a algunos jóvenes organizarse en bandas, para luchar encarnizadamente entre ellos por alguna tontería que se ha inventado, ya que hoy en día, gracias sean dadas a la evolución normal de Occidente, que no a sus avispados políticos, no es necesario luchar por las mejores piezas de caza o por poseer un numero determinado de hembras que aseguren la pervivencia del clan.

Sí, los hombres somos así. Y no es maldad, es, como ya dije, supervivencia. Y esas guerras pueden hacerse involucrando cientos de miles de hombres, como en nuestras sonadas contiendas mundiales, o a un pequeño grupúsculo compuesto por un descerebrado al que siguen media docena de idiotas. Y no podremos llamarlo guerra, pero sus víctimas sufren y mueren igual y si esta época nuestra presume de “no violencia” -cosa que a todas luces es falso- deberían tomarse muy en serio esas “peleas de adolescentes” o ese acoso al más débil, que ya se anuncia en las guarderías, porque no estamos ante una “chorrada”, como dijo alguien hace poco, estamos ante la manifestación de ese otro YO que todos llevamos dentro y al que hay que controlar para que la sociedad pueda salir adelante.

Ninguna forma de agresión debe pasarse por alto, por pequeña y sin consecuencias que pueda parecer. Nuestros jóvenes, criados en la complacencia y la permisividad, han de entender que hay normas -o “rayas rojas, como estamos hartos de oír ahora- que nunca deben cruzarse porque una vez abierta la puerta de la furia, los desmanes pueden volverse incontrolables y pasar de ordenar a una chica que se vista “decentemente”, a propinarle una paliza porque saludó en la calle a un vecino, o a matarla, simplemente, porque no se pliega a nuestros caprichos. Todas, digan lo que digan los expertos, son formas de guerra y están en nuestros genes y solo esperan la puerta que las permita salir. No existe el “buen salvaje”, solo hombres que han aprendido a controlar ese impulso y a los que solemos llamar “buenos”, y esos otros que no solamente no lo controlan sino que se enfangan en él porque los instintos son poderosos y placenteros.

¿Qué ocurre en los casos en los que se desata una guerra? Volvemos la vista al pasado o la dirigimos a algunos puntos del planeta en que eso esté ocurriendo y podemos ver a hombres -suelen ser los varones los más involucrados en las contiendas- que hasta que empuñaron el fusil fueron hijos o padres cariñosos; luego, el peso del arma en su mano abre la puerta y el placer del mal los arrastra y el dolor ajeno los estimula y olvidan que fueron hombres y se convierten en bestias.

La puerta. Nunca olvidemos mantener cerrada la puerta.

El desamparo del Negrillón.

Al fin se ha caído el Negrillón! Ya estábamos hartos de ver su cadáver en pie, recordándonos a todos la poca ayuda que le prestamos cuando enfermó. Además, hay que fluir con los nuevos tiempos. El Negrillón era un recuerdo del pasado y eso no nos interesa, como tampoco nos interesó salvar el arroyo que atravesaba la villa y lo cubrimos con cemento. Respetamos su discurrir por algunas fincas particulares pero hicimos desaparecer el suave canto del agua por la calle principal. Ahora hemos permitido la caída de otra seña de identidad de un pueblo que, aunque sus dirigentes no quieran verlo porque “a mí me va bien”, se muere.

Hubo un tiempo en que viendo brotar su fuente termal, como una bendición antigua, inagotable y única, algunos pensamos en la posibilidad de volver a poner en marcha uno de los balnearios más famosos, por sus aguas curativas, de la provincia. Cuando, llevados por ese espíritu de emprender y crear, lo sugerimos sucesivamente a dos de sus alcaldes, interrumpieron sus actividades para mirarnos con ojos perdidos. ¿De qué demonios habla esa visionaria? El balneario dejó de funcionar hace mucho; ahora hay antibióticos. ¡Qué atraso! Eso no es el futuro. Y tenían razón, eso no era su futuro. Cuando en todas partes se volvían a poner de moda esos lugares de descanso y relación, hasta el punto de llenar sus piscinas y baños con agua corriente porque carecían de la inmensa fortuna del burbujeo que mana de la roca, ellos no veían el negocio, o quizá eso hiciera peligrar sus tabernas y mesones, porque esas cosas nuevas nunca se sabe lo que traerán y lo de la sinergia, no sé yo... Además, vendrán gentes extrañas, no nacidas en el terruño, desconocidos que llegarán para “decirnos lo que tenemos que hacer con lo nuestro”. Y en la montaña, si la fiesta del patrón cae en martes, se celebra en martes, y si los que han tenido que emigrar no pueden venir porque están trabajando, pues que no vengan.

No hay más que ver la evolución de Boñar en estos últimos años para constatar que lo estáis consiguiendo. Quedaros solos, digo. Borráis vuestras señas de identidad para confundiros con la masa. Así nadie se acercará. Total ¿para qué? Los extraños que se queden en su casa y en sus lugares de origen, que vosotros con cuatro vacas y un par de cerdos, o con unos pocos clientes jubilados que entran a tomar un café, tenéis para vivir todo el año y no necesitáis sus cuartos. La globalización y la uniformidad os alcanza y os dejáis abrazar por ellas sin saberlo.

Alguien se preguntaba si se podría haber hecho algo por el Negrillón. ¡Pues claro que sí! Pero, ¿para qué? Solamente es el cadáver del árbol que albergó la historia de un pueblo y ahora ya no es nada porque ese pueblo no ha tenido ningún interés en seguir siendo historia. Van sobreviviendo, en tanto miran de reojo y con desconfianza lo nuevo, lo extraño, aquello que les puede salvar de la muerte, porque, aunque ellos no lo sepan, empiezan a morir como ese magnífico Negrillón que han dejado caer.

Pero no sufráis, no vaya a ser que estas modestas consideraciones os hagan meditar. No sufráis porque no sois los únicos y “mal de muchos...” ya se sabe. La provincia entera se muere y a nadie parece importarle. Y a aquellos que hablan y dicen e intentan, tampoco, porque en lugar de aunar sus fuerzas en el empeño común de salvar León, desgastan sus energías afirmando que su corpúsculo es mejor que aquel otro y que ellos sí saben y los demás no y que su objetivo es más limpio, más sabio, más conveniente y que las piedras de la Catedral y de San Isidoro se mantienen en pie gracias a sus esfuerzos. Parecen olvidar que esas piedras son la expresión de un reino que fue y que entre todos hemos conseguido que el mundo lo olvide y, lo que es peor, que lo hayamos olvidado nosotros mismos.

El Negrillón, con su caída, ha vuelto a morir, en silencio, sin amparo, como mueren las personas, como mueren los pueblos.

Sed realistas: pedid lo imposible.

Así rezaba uno de los mensajes de aquella generación olvidada que creía en el amor y en las flores y que luego evolucionó hasta convertirse en los tiburones que ahora devoran el planeta. Surgió el escepticismo y el dinero se hizo presente.

Cuando hay un escéptico y sucede lo imposible, reaccionará en contra, negando la evidencia, sin pararse a analizar y a pensar. Entre otras cosas porque está ocupadísimo buscando medios o frases para burlarse, no ya de los creyentes, también, y sobre todo, de los que dudan, que suelen ser la mayoría silenciosa, carente de opinión propia y que ante lo desconocido o inesperado se limita a asombrarse y aguardar a que le digan lo que debe pensar. Y los incrédulos -o realistas, que tanto da- sonríen con suficiencia y mantienen que dos y dos son cuatro y la masa asiente convencida y nada se mueve. Todo queda como suspendido y ese realismo excesivo que nos dirige y controla frena la acción y la creatividad porque, aunque no lo parezca, entre esa masa amorfa también hay excéntricos que desearían mostrarse, individualizarse, opinar o incluso crear, pero son incapaces porque el flujo social los arrastra, cuando no los pisotea para acallarlos, y ellos, que tienen obligaciones que cumplir, familia a la que atender e hipotecas que pagar, enmudecen y vuelven la cara, con ojos tristes e impotentes; no se atreven a gritar que dos más dos a veces no son cuatro y que los que presumen de saber, porque tiene un título o ejercen de científicos, ignoran casi todo y por ello su postura debería ser la de una absoluta humildad ante el Cosmos, el grande y el otro, el pequeño, el de cada día, de cada esquina, de cada hogar, barrio, ciudad o nación. Nadie, o casi nadie, sabe nada, pero juzgan sin datos, pues su “prestigio” o su descaro los respaldan. Y así, con prepotencia ignorante, gobiernan un mundo que ya no sabe girar sin consultarlos.

Mientras ellos deciden, el avance se frena, o incluso se anula, y todo sigue igual, que en el fondo es de lo que se trata, de que nadie se mueva sin el consentimiento de “los que saben”. Y entonces, sí entonces, cuando ellos deciden, puede caer el Muro de Berlín de un día para otro, se detiene una guerra en la que se jugaban las “libertades” o se comienza otra porque el avance de los terroristas ya cumplió su objetivo. Después, enterramos a los muertos y a seguir... A seguir empantanados, ignorando posibilidades, imposibles o sueños.

Deberíamos ser tan fuertes, independientes y libres que las apariencias no fueran capaces de ponernos barreras o de hacer que nos las pongamos nosotros mismos en función de lo que nos cuentan. Dentro de cada cual hay un ser que nada tiene que ver con la masa mangoneada e idiota que babea ante los problemas del “famosete” de turno. Pero, curiosamente, hasta dentro de esos anulados individuos esta ese ser, que si saliera al exterior nos deslumbraría con su luz, poder y creatividad. Todos somos así. Todos somos grandes y hermosos si llegamos a contactar con nuestro interior, ese que hemos ido ahogando a lo largo de la vida por no molestar a “los que saben” y mandan. Esa parte silenciosa y a veces oscura es la que conoce, la que no se deja gobernar, la que crea, la que ve los pasos a dar, la que intuye que, a veces, dos más dos no son cuatro, sino cinco o siete o veinte, y explora y busca y aprende y halla. Y un día, en un sueño o en una larga vigilia, entiende el problema y encuentra la solución y surge el invento, el medicamento, la sinfonía, el poema...

Podría ser así si nos lo creyéramos, si fuéramos a por ella, si la sacáramos a la luz y la dejáramos brillar. Pero ya se encargarán “los que saben” de decirnos que eso son cuentos de viejas y que la única realidad es el dinero, el poder y la “ciencia”.

Y ¡desengañaos, pobrecitos! Lo importante es ir a votar; da igual a quién; al que más os convenza. Je, je, je.

Las noches tristes.

Hace días leía con asombro en un diario nada sospechoso -supongo- de afinidad con el maldecido y denostado imperialismo, que en las excavaciones de Zultépec-Tecoaque se puede seguir la narración de la masacre realizada por los acolhuas, aliados de los aztecas, sobre una caravana de enfermos, mujeres y niños, que Hernán Cortés había organizado para que lo siguieran hasta Tenochtitlán, cuando se vio precisado a acudir en ayuda de Pedro de Alvarado y los pocos hombres que lo acompañaban y que había dejado como guarnición en la urbe azteca, mientras él guerreaba contra Pánfilo de Narváez, enviado a apresarlo por orden del gobernador de Cuba, a causa de la sempiterna envidia, omnipresente mácula hispana.

En Tenochtitlán, según algunas crónicas, desde mi punto de vista un tanto infantiles y sin una base real, Pedro de Alvarado, que comandaba apenas un centenar de hombres, se enfrentó a miles de aztecas y los provocó con faltas de respeto y desmanes, que hicieron que los altivos y aguerridos nativos se rebelarán contra él. No creo que haya que estar muy cargado de conocimientos y diplomas para deducir que don Pedro, un capitán avezado en múltiples batallas y enfrentamientos, no iba a ser tan estúpido y arrogante como para no saber cuáles eran sus efectivos.

El hecho es que Cortés, después de vencer a Pánfilo, se vio en la necesidad de acudir a Tenochtitlán a marchas forzadas, dejando tras de sí la caravana que, por las limitaciones de sus integrantes, no podía seguir su marcha. Quinientas cincuenta personas fueron ofrecidas, durante un periodo de nueve meses, a los terribles dioses que controlaban la vida de los inocentes salvajes, y su carne consumida por un pueblo que disfrazaba su escasez de proteínas animales con la exigencia de un panteón sangriento.

Cuando, meses después de su huida de Tenochtitlán, en la terrible Noche Triste del 30 de junio al 1 de julio de 1520, en la que muchos de sus hombres fueron despellejados en los templos, mientras sus aterrados compañeros huían oyendo sus gritos de dolor, Cortés envió a uno de sus capitanes en busca de la caravana, este se encontró con el horror de sus cabezas cortadas, formando un estético montón, para disfrute de los dioses y, sobre todo, de los estómagos deficientemente alimentados de los acolhuas.

Y alguien dirá: "Bien. Otra historia más de la época de la Conquista". Sí, ese fue otro de los muchos sucedidos de un tiempo de guerras y matanzas como cualquier otro, en cualquier lugar y también con otras gentes que no fueron los españoles, los cuales, a día de hoy, parecen ser los únicos conquistadores y matarifes.

Todos los pueblos han cometido desmanes en épocas en las que el poder llegaba a través de la sangre, pero ninguno -léase ingleses y franceses- admite la crítica, y mucho menos la propia, ni se flagela para, con una mueca culpable, conseguir el perdón de lo que fue una verdadera epopeya, teñida de sangre, sí, pero también de nuestra sangre, incluida la de cincuenta mujeres y diez niños a los que tampoco se perdonó. Y, efectivamente, hubo venganza y uno de los capitanes de Cortés redujo el poblado a cenizas. Pero ¿qué habrían hecho esos "buenísimos" que lo critican, si una de esas mujeres o de esos niños hubieran sido los suyos?

Ninguna pérdida de vida humana, sea del color o del bando que sea tiene justificación, pero en ese artículo se exponen los hechos como sucedieron, con los dolores de ambos bandos y no solo de los pobrecitos indios, a los que, por cierto, jamás se encerró en reservas y que, por orden expresa de Isabel, se consideró ciudadanos de España.

La Fiesta de la Hispanidad -con perdón- debería ser un definitivo entendimiento entre dos culturas y un apoyo y reconocimiento mutuo como seres iguales que, dejando atrás el pasado, buscan la paz, la concordia y la cooperación. Habrá gentes que, como yo misma, hayan agradecido ese artículo, en un momento en que lo más "progre" es atacar todo lo que signifique España o que tenga algo que ver con lo español. No es fácil construir un país haciendo tambalear sus cimientos. Aunque, a lo mejor no todos hemos entendido que se trata precisamente de eso, de desestabilizar, de atomizar, de disgregar, de restar poder volviendo a los Reinos de Taifas o, como les ocurrió a los pueblos prerromanos por su feroz independentismo, de caer en manos de Roma.

¿En qué manos vamos a caer ahora?

Los héroes y los otros.

Es una mañana perfecta en algún lugar de la costa. La temperatura es tan agradable que invita a olvidarse de la hora de regreso a casa o al trabajo. Las gentes, influenciadas quizá por los macizos de flores, por los hermosos árboles, por la luz y el resplandor del mar que estalla en diminutas estrellas reflejando los rayos de sol, ríen a menudo, gastan bromas y se demoran indolentes en las terrazas, donde los cafés o las cervezas desaparecen poco a poco.

De pronto, algo altera el perfecto instante. Un hombre de pelo blanco y dedos nudosos empuja una silla de ruedas. En ella, en una imposible postura, reposa una mujer, su mujer, que, por el estado en que se encuentra, lleva años sufriendo la enfermedad. El tiempo se detiene y con él las bromas y las risas, el olor de las flores y el balbuceo de los bebés. Pero es solo un instante; enseguida el anciano se para -la calle es una cuesta empinada-, respira profundamente y se inclina sobre el rostro vencido de su esposa, acariciándolo y susurrándole cariñosamente. Ella sonríe y con su sonrisa la vida brilla de nuevo en la calle.

Este es solo un caso. Cientos, quizá miles de personas luchan en solitario por sus seres queridos de una u otra manera y hasta logran arrancarles una sonrisa, que comparten como si su inmenso sacrificio no fuera nada y no estuviera por encima de las obligaciones y de la propia vida.

Mientras, el mundo sigue girando y los otros, los que no aman, permiten que el dolor se instale; es más, lo fomentan e incluso lo crean en su propio beneficio, en el de un partido político o en el de su amiguete o pariente. Para lograrlo, no sienten empacho en engañar, disfrazando la verdad o mintiendo descaradamente, atentos solo a su presente. El futuro no les importa porque ellos ya no estarán y podrían dejar hundir una aldea o un país entero.

¿Alguien les ha explicado honradamente a los fervientes independentistas las consecuencias en pro o en contra de su entusiasmo secesionista? ¿Les han hecho ver que cualquiera que sea el resultado será un fracaso social, pues un cincuenta por ciento de ellos habrá perdido? O, yendo más allá, a estas alturas de nuestra mascarada democrática, ¿podrían creer lo que les cuenten?

¿Alguien se ha puesto a pensar en la frustración y posterior enfado de los cientos de miles de refugiados a los que no vamos a tener nada que ofrecer, salvo promesas imposibles de cumplir? O tal vez sí. Eso lo ignoramos los de a pie. Juzgamos simplemente por los cuatro millones de parados, compatriotas nuestros a los que al parecer no podemos ayudar y que pierden sus casas y alimentan a sus hijos estirando la exigua pensión de sus padres o acudiendo avergonzados a comedores en los que se les ofrece alimento sin preguntarles nada. Todos vemos esto, y llenos de asombro, nos preguntamos qué podemos brindar a esas pobres gentes que acuden a nosotros empujados por una guerra, que no entendemos porque nos faltan datos macroeconómicos y estratégicos, que seguramente la justificarán, pero que, tercos e ignorantes, con los ojos redondos y el labio caído, nos empecinamos en preguntarnos unos a otros si no sería mejor detener esos enfrentamientos y dejar que estas personas, que ahora se ven obligadas a huir, vivan y disfruten de la tierra en la que nacieron. Porque, no nos engañemos, la euforia por ambas partes pasará, el dinero para socorrerlos se acabará -ya estamos asombrados de que haya aparecido- y, cuando eso ocurra, esa pobre, desarraigada y golpeada multitud nos mostrará sus manos vacías y nosotros no podremos poner nada en ellas porque la pensión del abuelo ya no se puede estirar y los comedores ya no darán abasto a sacar platos cada vez con más agua y menos carne. Y ellos se sentirán abandonados.

Entre tanto, aquellos a los que hemos confiado nuestro gobierno o nuestra representación, sin pensar en el futuro, no tan lejano, ni en el dolor que van a causar y están causando, cantan himnos mirando al sol e izan o arrían banderas, llenando los oídos y la mirada de los que no piensan, de aquellos que no han visto o no han querido ver pasar ante ellos a un anciano empujando una silla de ruedas, que está acabando con las pocas fuerzas que le quedan, pero en la que va su amor de siempre, la madre de sus hijos, su compañera "en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad" y que seguirá haciéndolo sin alharacas, sin discursos, sin himnos ni banderas "hasta que la muerte los separe".

Seres "demediados".

Las creencias en las que casi todos cimentamos nuestra realidad son falsas, puesto que provienen de mentes cuyos datos, conseguidos por medio de sentidos limitados e imperfectos, son incorrectos. No sirven más que para darnos una sensación de pretendida seguridad, a la que, al utilizarla de asidero, damos valor, consiguiendo únicamente fronteras que nos autolimitan.

Nuestra especie se ha multiplicado por medio de la cooperación; hasta las células de nuestro cuerpo desarrollan estrategias cooperativas para sobrevivir. En este momento hemos olvidado este principio o simplemente necesitamos, como ha habido en épocas pasadas, grandes catástrofes para recordarlo. Estamos pisando el borde del abismo.

El todopoderoso siglo de la Ilustración pretendió eliminar de nuestras mentes la parte espiritual porque creía poder explicar la realidad desde la ciencia y la experimentación. Ahora que ya hemos visto que no ha conseguido hacerlo, comenzamos a mirar hacia otras partes. Nuestra salud mental y física, privada de su espiritualidad por científicos y descreídos, cuyas teorías y doctrinas no son más que, como decía el poeta, "esa segunda inocencia que da en no creer en nada", navega a la deriva por un universo que no entiende y que le prohíben imaginar. No se lleva nada, nada, no ya decir, ni siquiera pensar que más allá de nuestros sentidos hay principios, seres y formas de vida que ni aun perdidos en los sueños de una noche desasosegada seríamos capaces de darles apariencia.

Estos últimos siglos nos han dado una vida mejor en cuanto a lo material se refiere -no a todos, desgraciadamente-, pero nos han privado de una parte muy importante de nosotros mismos: aquella que sin duda estaría equivocada, por la referida limitación de nuestros sentidos, pero que era expresión de esa zona oscura de la que nos han conseguido aislar, pero que, rebelde e irreductible, pugna por emerger y al no conseguirlo por medios naturales se muestra en forma de enfermedades mentales e incluso físicas, que están anulando a la humanidad, convirtiéndola en robots bien amaestrados, que se ponen barreras a sí mismos, por no salirse del rebaño o por evitar que los echen, condenándolos al ostracismo maldito del verdadero arte, en cualquiera de sus expresiones, o del cooperativismo, de la generosidad, o incluso de la denostada caridad, que a falta de justicia no me parece tan detestable.

Antes de volvernos tan cultos y científicos no sabíamos casi nada -igual que ahora-, pero nuestro espíritu conectaba con la Tierra Madre y la mente interpretaba, a la medida humana, de una forma satisfactoria para todos, aquello que no entendía, porque eran sus vivencias cotidianas las que tomaba como modelo y, a fuerza de repetir un esquema, surgía el mito, y entonces todo estaba claro y el héroe, la heroína -que también las había- o el dios, se encargaban de dar apoyo a los vacilantes pasos del hombre, y este se lo transmitía a sus hijos y a los hijos de sus hijos y, sí, serían conocimientos falsos, pero les daban seguridad porque todo su ser estaba representado en ellos.

Ahora tampoco sabemos nada, o casi nada, pero ya hay listos que piensan por nosotros, que saben manipular nuestro ego para que sirvamos sus intereses, y si hay que negar lo evidente, se niega, por no ser menos que el vecino. Y si es preciso cerrar los ojos a todo lo que no sea material, se cierran aunque nos esté golpeando en la frente a cada minuto. Hay que decir que el arte moderno y las performances son "divinas de la muerte" y que la marca tal o el lugar cual no tienen igual porque ya lo dijo Álvaro Borja, también conocido como Albiborji, o Bernarda Edurne Cayetana, Bedurne para los coleguis, o lo hemos leído en el Twitter o en el Face, donde proliferan el mayor número de noticias manipuladas y sin contrastar que uno pueda imaginar, y que han conseguido que ignoremos a aquellos que se sientan a nuestro lado o que caminemos ciegos por las calles, escribiendo o compartiendo algo que ni siquiera es nuestro, con la esperanza de que amigos que no conocemos pulsen "me gusta". Y allá todos detrás de los iconos de la estupidez, sin haberse parado a pensar, a digerir los datos, a sentir el entorno que nos habla.

Una vez convertidas en verdades las majaderías del espabilado de turno, ellas se encargarán de manejarnos. Ya no hace falta nada más; tomarán el mando y controlaran nuestro cerebro y, a través de él, nuestro pensamiento y nuestro cuerpo, y con ello toda nuestra vida, que no solamente se aleja de la Tierra Madre, también de nuestro ser único, intransferible y diferente, que está en nosotros para hacernos vivir y cumplir un proceso vital en el que desempeñaríamos un papel que llenaría nuestra existencia, porque para hacer eso y no otra cosa habríamos sido creados -con perdón.

Vivimos en un entorno que nada tiene que ver con lo humano y estamos tan olvidados de nosotros mismos que seguimos como autómatas cualquier palabra altisonante que nos llega. ¿Y si no escucháramos? ¿Y si fuéramos capaces de hacer el silencio alrededor, eliminar el miedo a ser diferentes y pensar? Tal vez entonces conseguiríamos potenciar la inteligencia y la consciencia y veríamos la necesidad imperiosa que hay en el mundo de amor, de apoyo y de búsqueda de objetivos comunes que nos conduzcan a una meta y no hacia la dispersión, a la que vamos, ciegos y sordos, como muñecos a los que se les ha dado cuerda, y que acabarán estrellándose contra la eterna Torre de Babel que, como perenne esfinge, siembra sus acertijos disfrazados de esperanzas, disgregando a los miembros de la especie humana y sumiéndolos en la confusión y el desamparo.

"¡Ay de aquellos...!"

He leído con asombro, en uno de los diarios de mayor tirada, una serie de hechos, acontecidos al parecer en Mallorca, pero que vamos viendo que pueden darse, y de hecho se están dando, en otros muchos lugares de este corrupto país, que ha confundido democracia con libertinaje. Cada uno de los sucedidos podrían muy bien dar argumento a una de las novelas tan en boga sobre policías y ladrones, o a esas desquiciadas películas de Tarantino, que nos hacen reír porque sus desatinos nos parecen increíbles. Una verdadera depravación, tan generalizada al parecer, que los infelices que se quedan sin participar en ella no se sienten orgullosos de su honradez sino idiotas por no ser capaces de hacerlo.

Algunos estamos metidos hasta las orejas en la crisis. ¿Qué crisis están sufriendo todos estos aprovechados? Ninguna. Al contrario, disfrutan de la nuestra, la que nos han creado para poder elevarse sobre su situación social y permitirse derroches de emperadores romanos. Para dar gusto a sus bajos instintos o pagarse el mejor coche o la casa más grande es para lo que han creado la tan traída y llevada crisis, que ellos no solo no sufren sino que les está tapizando la vida con bolsas de basura llenas de billetes y el cuerpo lechoso y flácido, necesitado de Viagra, con las carnes jóvenes y a ser posible rubias de las pobres, o listas tal vez, prostitutas que se ganan la vida soportando sus mierdas. Claro que también la honrada mujer que limpia oficinas, hogares o centros públicos, recoge las porquerías que los incívicos, o simplemente guarros, tiran para que ellas –y ellos, no faltaba más- limpien, convirtiéndose a su vez en esclavos y, además, mal pagados.

Estas personas que se afanan en trabajos basura –y no solo porque algunos pertenezcan al sector de la limpieza- se conforman con salarios cada vez más exiguos y "recortados" -porque estamos en "crisis", nos cuentan- y nosotros, los de siempre, hasta sonreímos cuando, después de deslomarnos en la faena de turno, nos dan una limosna; porque eso es, una cochina limosna caída de sus bolsos repletos de grasa, semen, vinos y degeneración.

Yo no quiero que estos sinvergüenzas vayan a la cárcel y en un par de años salgan para disfrutar de lo robado. No quiero encarcelarlos porque encima habré de mantenerlos e incluso pagarles gimnasios y bibliotecas; lo que quiero es que devuelvan lo robado, hasta el último céntimo y con intereses, y el equivalente económico de lo que hayan disfrutado en especie. Además, no solamente se llevan nuestro dinero, se nos presentan como los modelos a imitar. Nadie se acuerda de científicos, médicos, pintores, escritores, del mundo de la cultura y la ciencia en general, o simplemente de los padres de familia que se dejan la piel cada día para conseguir los garbanzos de sus hijos. Y he dicho garbanzos literalmente porque para filetes no llega; y el vaso de leche de marca blanca, por supuesto, fijándose únicamente en el precio, porque han oído desde siempre decir que los niños la necesitan. Y cuando ni ese trabajo degradante tienen, la comida del día la consiguen los desgastados abuelos, estirando exiguas pensiones, que ni siquiera están seguros de seguir cobrando.

Y la panda de sinvergüenzas disfrutando de la crisis y viendo su ejemplo jaleado en algunos medios y disculpado en casi todos, concitando audiencia –que es lo que interesa- y tratándolos con un respeto que no merecen, porque aún no se sabe el poder que pueden llegar a alcanzar. Porque aquí no dimite nadie, o muy pocos, ya que tenemos la filosofía de que no importa la vida privada de los "honorables" y, por lo que llevamos viendo, tampoco la pública.

No solo nos hacen un incalculable daño económico, también moral -o social, si a alguien le salen ampollas por lo de moralidad, concepto tan pasado y en desuso-. Nos presentan a todos con una imagen de vagos y maleantes, que unos pocos sí deberían tener, y hacen que cada vez más jóvenes se pregunten qué hacer "cuando sean mayores" para llenarse el bolso sin marcarla. Ellos, los elegidos, los que deberían dar ejemplo, ellos son el mayor desecho, que no solamente están esquilmando el país, nos están convirtiendo a todos en sinvergüenzas, si no de hecho, sí de deseo.

Verdades virtuales

Nos pasamos la vida "inventando" una realidad que nos dé una base para movernos en el mundo. Conseguimos una batería de creencias, ilusiones y deseos que suponemos "buenos" para nosotros y tomamos esa dirección o direcciones, convencidos de que son la verdad.

Pocos, o casi ninguno, llegan a entender que esa "verdad" es nuestra creación y que los demás tienen la suya, la cual, en muchos casos, nada o muy poco tiene que ver con la visión propia, más allá de los puntos comunes que necesitamos para convivir.

La Verdad nos supera, se nos escapa, tal vez porque las capacidades humanas no estén suficientemente dotadas para aprehenderla o porque no sea conveniente su conocimiento para el desempeño de nuestras modestas misiones.

Cuando debemos tomar elecciones del tipo, estamento, objeto, tiempo o lugar que sean, intentamos buscar nuestra verdad, si es un asunto puramente personal, o se nos intenta convencer de la "verdad" del candidato, si la elección atañe a un colectivo. En este último caso, si el postulante es un verdadero político, buscará aunar sus cuentos con los de la mayoría y si es lo suficientemente inteligente y su visión va más allá de lo estrictamente material, recurrirá incluso a lo espiritual -que no religioso, aunque a veces también- lo cual es lo más recóndito pero también lo más poderoso del ser humano, y de este modo conectará con muchos. Si lo logra, las masas, como ovejas al pastor, seguirán sus cantos de sirena porque son idénticos a los que oyen dentro de sí, pero que no saben poner en palabras y mucho menos en acciones. Nacen entonces los irracionales fanatismos, y ese avispado individuo, buscando siempre símbolos o creencias del inconsciente colectivo, se hará con el poder que sus múltiples seguidores pondrán en sus manos y que no sólo le permitirán utilizar a capricho, sino que justificarán ante cualquier asombrado espectador externo que lo cuestione, y lo que es mucho más grave, ante sus propios ojos. Y puede que se vulneren los derechos humanos o que se desaten guerras o que incluso sea preciso sufrir hambres, separaciones o vejaciones de todo tipo... Nada importará porque el fin del que nos ha hablado es alto y magnífico y nosotros y los nuestros nos lo merecemos. Debemos alcanzarlo no importa a qué precio porque somos los elegidos, el omphalós del mundo, la raza más inteligente y hermosa, los descendientes de los dioses, de los extraterrestres, o cualquier otra mandanga que nos hayan contado y que nos hayamos querido creer. Y eso nos da derechos, y los otros, los que no son de los nuestros, si nos llevan la contraria es por pura inquina o envidia y porque desean nuestra caída.

Si discurrimos un poco, esta actitud recuerda la enfermedad llamada Negligencia Hemisférica, en la que el paciente sólo ve la mitad de las cosas, de manera que incluso un plato de comida, colocado ante él, contiene, para su mente, justo la mitad de alimento. Ingiere, por tanto, esa parte que ve, dejando la otra intacta. Eso, llevado al tema que nos ocupa, nos limita, impidiéndonos ver el plato lleno. Carecemos, porque no la queremos tener, de una visión global de los objetos, acontecimientos o comportamientos que deberíamos estudiar, juzgar y elegir. Vemos únicamente lo que queremos o nos hacen ver, cerrando la mente a otras interpretaciones o posibilidades. Limitamos nuestra vida y potencialidades, permitiendo que nos manipulen con facilidad, haciendo dejación de nuestro ser, que pierde su independencia y autonomía, pasando a servir los intereses de otros.

Es mucho pedir la libertad de pensamiento, que no ya la de actuación, ya que esta última puede, a veces, estar frenada o controlada. Pero las ideas, si no se expresan o se comparten, son secretas y, por tanto, completamente libres y deberían utilizarse para cuestionar lo que nos cuentan, partiendo de la base de que, por muy carismático -o carismática, no faltaría más- que sea el político, el científico o el artista de turno, no nos está ofreciendo mucho más allá de "su verdad", y si lo hace y enuncia la nuestra es porque es muy listo y desea una mayor cuota de poder.

Pensar. Pensar por uno mismo, sin permitir injerencias, con simple sentido común. No es preciso un coeficiente intelectual brillante, solamente poner en cuestión lo que vemos, nos muestran u ofrecen. Si después de hacerlo estamos de acuerdo, adelante, a marchar en seguimiento de la manada. Puede ser que el objeto sea muy bueno o el líder tenga razón o, simplemente, nos resulte cómodo que nos indiquen el sendero por el que debemos caminar. Si eso es lo que queremos, después de sopesar y comparar datos, hagámoslo; ya no tenemos otra salida. Pero antes de tomar la decisión, no olvidar nunca que la Verdad no es la mía ni la tuya, ni siquiera la del iluminado de turno que nos habla. Se encuentra muy por encima, lejos de la facilidad o la cerrazón. No puedo dejar de creer que lo más inteligente es buscar, seguir buscando, siempre.

El virus de la violencia

Leo con horror la noticia de tres perros muertos; nada llamativo si su muerte hubiera sido natural o por accidente. Uno pertenecía a la raza carea, los fieles conductores de rebaños que tan buen servicio prestan a los pastores, era adulto y puede que ya no fuera lo suficientemente eficiente; los otros dos eran cachorros y su único mal fue, como dijo el poeta, "haber nacido". Pero es superfluo buscar causas porque no puede haberlas; ni la edad, ni la enfermedad, ni posibles accidentes. No. Fue un canalla –ignoro si en singular o en plural- el que acabó con sus vidas, y lo hizo con regodeo y disfrute. Primero los apaleó brutalmente –gozando, imagino, de sus desvalidas quejas-, luego los ahorcó y, finalmente, porque las aguas se tragaran su infamia, los arrojó al río.

¿Y qué vamos a hacer al respecto? ¿Esperar, como se apunta en la noticia, a que alguien denuncie al autor o autores de la barbarie? Y, aunque así fuera, cosa que dudo, ¿qué haríamos después? ¿Ponerle una multa? Eso estaría bien, habida cuenta de la necesidad recaudatoria que padecemos. ¿Tal vez afear su conducta con unas cuantas palabras hueras y sin convicción? Siento decir esto, ya que lo mío no es dictar leyes, pero ni una cosa ni otra serían suficientes.

Ese... individuo ha atentado contra La Vida y, no sólo eso, ha disfrutado con ello. Desde mi punto de vista, da casi lo mismo que hayan sido perros, árboles o, subiendo en la escala de los que respiramos y compartimos universo, personas. Esa mente lleva dentro la violencia y el sadismo y, si se presenta la ocasión, puede llegar a ejercerlos contra cualquier ser vivo que le moleste; o ni siquiera eso, lo repetirá por el simple hecho de buscar el placer en la destrucción.

Se puede pensar que exagero, y es posible porque estoy enfadada, pero, por si acaso, yo aconsejaría a las personas que puedan conocer a tipos de esta catadura que se alejaran de ellos lo más posible. Si tenemos en las manos una caja de explosivos, pueden explotar cuando menos lo esperemos. Y, créanme, no es mi intención sacar las cosas de quicio. En el mismo periódico también se encontraba la noticia de cuatro jóvenes en la provincia de Cáceres –podría haber sido en cualquier otra- que jugaron a simular ejecuciones. Desde el año 2008 al presente ha crecido el maltrato a los padres en un 82%. Y estamos hablando de los casos conocidos porque han sido denunciados; es de temer que los reales sean muchos más y los desgraciados progenitores, bien queriendo evitar males a sus hijos, bien por pura vergüenza o simplemente por hartazgo vital, no se molesten en denunciar, limitándose a soportar su sino, hasta que la mente o el cuerpo se les nieguen y se busquen otro lugar donde la paz los funda en el olvido.

No es de extrañar que esto ocurra en un mundo donde no hay tiempo para hablar de valores o normas sociales, donde entretenemos a nuestros niños –que no se por qué nos empeñamos en tener, si nos molesta ocuparnos de ellos- con maquinitas en las que se premia el número de muertos conseguido.

El futuro se forja en el presente. Cierto es que algunos monstruos nacen -y esto requeriría otros tratamientos que tampoco estamos encarando-, pero otros se hacen con educaciones mal dirigidas o simplemente inexistentes.

Mas la esperanza siempre se abre paso, y lo hace, aunque la rodeen montañas de nieve. En Portilla de la Reina, hace unos días, unos vecinos de los que no matan perros indefensos ni simulan ejecuciones, dos jóvenes hermanos que vieron a una hembra de venado caer por la ladera de una montaña, no dudaron en abandonar sus entretenimientos en el bar donde se encontraban y caminaron, con la nieve a la cintura, para llegar hasta el animal y, con la colaboración de otras personas que, como ellos, forman parte de esa humanidad que nos sostiene a todos lo más apartados posible del Infierno, trasladarlo hasta el pueblo para tratar de salvarle la vida.

Sí, también -gracias sean dadas a los dioses- hay personas así. También hay incluso policías -¡qué cosas! ¿No? Con la mala prensa que algunos se empeñan en colgarles-, que nos dan a todos lecciones de superación y bonhomía, como el concursante de un programa televisivo, quien, después de luchar durante meses por aumentar sus conocimientos y ser el mejor de muchos, consiguió su premio, el cual agradeció en primer lugar a sus padres, por haberle enseñado a ser lo que es.

Quizá los jovencitos que simulan ejecuciones o martirizan a sus progenitores con sus desaforados caprichos, los canallas que torturan animales, y una gran parte de la sociedad deberían fijarse en estos otros modelos a imitar, para, si posible fuera, ir día a día mejorando su visión de la existencia, y por ende la de todos, ya que cada acto que realiza el más pequeño de nosotros influye positiva o negativamente en el conjunto del universo del que formamos parte.

"...esos... ¡no volverán!

Nos cuentan que estamos saliendo de la crisis. No conozco ningún españolito que lo sienta en su bolsillo y, sobre todo, ningún joven que pueda ejercer su vocación y la carrera estudiada, con una remuneración justa a su esfuerzo de años.

Algunos, sin duda los menos capaces, bien por falta de posibilidades, preparación o ilusiones, se quedan junto a sus padres, quejándose de sus escasas oportunidades, gastando las exiguas pagas o pensiones de sus progenitores y esperando el maná que ha de venir por promesas sin fundamento de cualquier listo con verborrea deslumbrante o por sus propios sueños de gloria. Como es natural, ni lo primero ni lo segundo darán resultados prácticos y al chico se le pasarán los mejores años, jugando a ser héroe en su inseparable maquinita, emborrachándose hasta machacar el hígado en interminables fiestas, en las que, aparte de beber y descargar testosterona en estúpidas peleas o compartir fluidos con sus "liberadas" compañeras, en idéntica situación, les invadirá el tedio de lo conocido, sencillo y gastado por el uso excesivo, y que no dejará ni un resquicio para ejercer sus conocimientos e ideas, o el impulso impagable de su potente juventud.

Hay otros que, nacidos y criados en Occidente, con todo lo citado anteriormente a su alcance, no se sienten realizados y eligen el camino de la barbarie, teñida de altos ideales, y se van lejos, en un camino sin retorno. ¿A nadie se le ha ocurrido pensar por qué lo hacen? ¿Porque son necios y no saben dónde se meten o simplemente porque necesitan normas, valores, órdenes, objetivos difíciles de alcanzar, que hagan salir de la rutina y la facilidad todo su potencial?

Pero no es de estos jóvenes y de las negativas circunstancias que los rodean de los que merece la pena hablar. Es de esos otros que, con la misma situación y educación, se superan a sí mismos, buscando una salida productiva para ellos y para la sociedad.

En estos días, leía en la prensa la aventura de Jordi Paredes, de 28 años, dirigiendo un equipo de ocho personas en la NASA y trabajando en un proyecto, alrededor del cual se mueven veinticinco millones de euros. Este caso no es único; son muchos más, cientos, miles, los jóvenes que escapan de una sociedad congelada, inútil e inoperante, para buscar nuevas fronteras, donde su mucha preparación y capacidad sean apreciadas y pagadas como se merecen. Y no sólo se nos van ingenieros, físicos, médicos, científicos; también artistas, músicos... Y todos hallan espacio en Ámsterdan, Yale, Frankfurt, Viena, Zurich, etc., etc. Claro, no son hijos de banqueros ni políticos. Estos encuentran siempre su lugar y un medio para hacer dinero.

Contemplamos esta sangría casi con indiferencia. No nos duelen. Creemos que sólo lloran su marcha la madre, la novia o el novio. Pero estamos equivocados. Nos faltan a todos, los necesitamos todos y todos deberíamos echarlos de menos. Con ellos se va lo mejor, el futuro activo y creador, el apoyo y las soluciones para un colectivo envejecido y cansado, las soluciones de un país vencido y desencantado, que ha dejado de proyectar futuros, empecinado en exprimir presentes.

Algunos de los que ya no podemos partir, ni siquiera rebelarnos, os envidiamos y os deseamos lo mejor, aunque hayáis tenido que dejar atrás el recuerdo de vuestros juegos infantiles, de vuestros compañeros y amigos, de vuestros amores y de vuestra tierra. Es posible que esos lugares que os han acogido os den todo aquello por lo que habéis luchado y a lo que tenéis derecho, y aunque no lo merezcamos porque no hayamos sabido o querido valoraros, os pedimos que no reneguéis nunca de vuestras raíces y no olvidéis la luz que visteis por vez primera. Y si alguna vez en vuestras manos hubiera posibilidades, brindadlas sin rencor a los que hoy os ignoran porque, sin duda, vosotros sois mejores.

La ley del más fuerte

No hay duda de que nuestros comportamientos básicos nacen de los instintos, pero también de las impresiones, aprendizajes y emociones de nuestra infancia e, incluso, de las de los familiares que nos precedieron en el tiempo; y me atrevería a decir que no sólo estamos marcados por los genes, también por otros individuos que vivieron en el pasado y dejaron su impronta en la sociedad por una u otra causa. Y ahí está el dominio masculino, grabado a fuego en nuestro inconsciente colectivo, con tal fuerza que los intentos presentes por erradicarlo se quedan en fútil palabrería. No sólo se encuentra en todos los hombres –incluso en aquellos que, a nivel consciente, entienden y pretenden superar sus condicionamientos-, también en las mujeres.

Al parecer fue una jueza la que, una vez imputado un hombre por el asesinato de una niña de cuatro años de edad, lo deja en libertad, con la obligación de personarse en el juzgado periódicamente, hasta que se dio a la fuga. ¿Pero no estaba claro que había quitado la vida a una criatura inocente? ¿Cómo es posible que después de semejante acusación se le permita volver a caminar por los mismos lugares que las gentes de bien? ¿Porque la jueza discurrió que no debería ensañarse con él para no ser acusada de vengadora o simplemente porque su subconsciente le recordó que se estaba enfrentando a un todopoderoso varón?

Siempre, aun a sabiendas de que no es políticamente correcto, he defendido que las libertades alcanzadas por las mujeres actuales no van mucho más allá de poder salir solas. Cuando me enfrento a hechos como este, me empecino aún más en la idea. Recuerdo otro caso reciente en el que otro hombre ha sido acusado de violar a su hija de seis años. Pero lo indignante es que ya en 1994 fue condenado a 24 años por violar en dos ocasiones a una prima de once. ¿Por qué sólo estuvo doce encarcelado? ¿Porque se portó muy bien y el hecho, como dijeron los propios forenses, produjo un "escaso daño psicológico"? Escaso daño psicológico porque la niña quería y confiaba en su primo. ¿Se plantearon estos forenses que esa pequeña, en cuanto aparezca alguien al que quiera y en quien confíe, podría llegar a permitirle todo tipo de vejaciones porque su mente fue programada por el individuo y su entorno para convencerla de que el hecho no tuvo importancia?

Pero además de estos "comprensivos" forenses, también hay una mujer que comprende al fulano; su esposa y madre de la niña de seis años violada. Ella también lo disculpa y asegura en urgencias que la pequeña ha sufrido "un accidente con la bicicleta". ¿Qué le ocurre a esta fémina para que deje de lado su instinto maternal y proteja al macho que le calienta el lecho?

El entorno machista lo domina todo; destila en cada pálpito de la sociedad. Es ese entorno, convertido en ley, el que permitió a la jueza dejar libre a un asesino, o a esa madre obviar el daño que se está ejerciendo sobre esa criatura que debería defender, porque los principios de la sociedad mandan en su subconsciente después de milenios de dominio masculino.

Y no hace falta llegar a casos tan sangrantes como los expuestos. En cada pequeño o gran asunto aparece la larga mano de los varones que, generación tras generación, han impuesto su capricho, apoyados por la fuerza, a una mayoría silenciosa que, sabedora de su inferioridad física, se ha limitado a acatar, o a engañar, para ser.

Leo en una revista femenina una denuncia que viene a confirmar lo dicho. Actrices como Amy Adams o Jennifer Lawrence –esta última ha recaudado en el pasado año mil cuatrocientos millones de dólares con sus trabajos-, a pesar de ser el mayor atractivo de las películas que han rodado, cobraron menos que sus compañeros masculinos. Aquí hablamos, efectivamente, de millones de dólares y parece que no nos afecta demasiado porque casi no podemos contarlos, pero a nivel de calle ocurre lo mismo con los escasos sueldos que todos percibimos. Ellos siempre están mejor remunerados que ellas. Y lo toleramos y seguimos sonriendo y nos matamos a trabajar para demostrar que, aunque no somos hombres, también somos capaces. La sociedad entera se rige por las leyes de la fuerza y la agresividad y nosotras bajamos la cabeza y acatamos. Y algunas, las más sometidas o las más estúpidas, hasta encubren los desmanes del hombrecito más próximo. ¿Por qué? Porque a través de los siglos han marcado el inconsciente colectivo, y la mente racional tiene poco o ningún acceso a ese YO que, al igual que los varones, domina, gobierna y nos convierte en juguetes de impulsos, que no de razonamientos.

Los eternos cavernícolas

El hueco de la falta de amor se rellena con poder, un poder ciego, básico, brutal, que lleva al ser humano a convertirse en bestia.

Parece que en la mente de los hombres no ha transcurrido el tiempo. Se creen aún en posesión de aquella "patria potestad" de los padres romanos. Su autoridad y dominio sobre los hijos eran absolutos, hasta el extremo de decidir, en el momento de su nacimiento, si querían o no conservar su vida. Y podían dudar, si se trataba de varones, porque fueran más o menos fuertes. Cuando no había duda era si se trataba de niñas; con una por familia había bastante y, por no tener, no tenían derecho ni a nombre propio, debían conformarse con el genérico del clan. Los varones tenía más suerte desde el principio; además del apellido familiar contaban con un apelativo personal, que ya les confería una personalidad única y distinta de su tronco consanguíneo y que ya les hacía interiorizar, desde bebés, que podían ser ellos mismos, marcarse metas y, con el tiempo tomar decisiones y convertirse en los pater familias que dirigían los destinos de su casa y de los suyos, tomando a las mujeres como mero objeto de placer o reproducción.

Y ahí parece que nos hemos quedado. La mente masculina, en muchos casos, no ha evolucionado absolutamente nada, mal que nos pese a las mujeres que, sin vociferar feminismos simbólicos, pretendemos ser dueñas de nuestras vidas y destinos. Si alguien tiene duda al respecto o no es capaz de apreciarlo en las féminas de su entorno, puede leer o escuchar las noticias en las que constantemente se nos informa de malos tratos a mujeres –no demasiado penados, a juzgar por las condenas impuestas- y, por si esto fuera poco, sus mentes, desquiciadas por su poder puesto en entredicho, son capaces de maquinar una forma de maltrato que va más allá de insultos, bofetadas, patadas o cuchilladas. Sí, es el castigo perfecto a la insubordinada que se ha permitido decir "¡Basta ya!" y se ha hecho cargo de su vida, dejándolo solo con sus paranoias: dañar a los hijos de ambos. Y esto pueden hacerlo de varias maneras: envenenando la mente de los chicos, que han visto y vivido los maltratos, hasta el punto de que lleguen a dudar de quién es el responsable de la separación, porque sus madres siempre son fulanas, brujas, perversas, o están influenciadas por la arpía de su abuela, o directamente eliminándolos, matándolos fríamente y haciendo desaparecer sus restos diseminándolos por cualquier descampado o en una gran hoguera nocturna, como ofrenda y sacrificio a sus particulares dioses, que orientan y sostienen sus cerebros enfermos.

Pero nuestra sociedad sigue presumiendo de demócrata e igualitaria y hasta algunas mujeres se lo creen. Yo pienso que esa idea depende de la escala en que el dinero las sitúe. Si preguntamos a una madre de familia que trabaja ocho horas por mil euros, y aun por menos, que se cuida de sus hijos y su casa porque a su marido o compañero "eso no se le da nada y prefiero hacerlo yo", que lleva también a sus hijos al médico y al colegio y que si tiene suerte de contar con una madre que la ayude, las dos comparten el peso y empujan el carro de la vida, y si no, ella se multiplica y se divide para estar en todas partes, sonriente si es posible y perfectamente arreglada, si le preguntásemos, digo, sin fuerzas para contestar, nos miraría con pena.

Otras hay, sin duda, que presumen de independientes, bien porque su trabajo esté bien remunerado –casi siempre por debajo del de sus compañeros varones-, o porque el hombre de su vida tenga la capacidad económica suficiente para mantener con holgura sus necesidades e incluso sus caprichos, pueden asegurar que están liberadas, pero yo no lo creo. En el primer caso, su labor será, en muchos casos, poco reconocida y además tendrá que emplear gran parte de su sueldo en pagar para que alguien haga todas las labores antes mencionadas; en el segundo, son absolutamente dependientes del capricho del patriarca que las mantiene.

Ahora, hace nada, en Asturias, dos niñas de siete y nueve años han pagado con su vida la prepotencia y la egolatría de su padre. Nadie puede saber con exactitud las desavenencias que llevan a una pareja a la separación y tampoco vamos a juzgarlas o ni tan siquiera a tratar de entenderlas, pero los hechos están claros. La madre se va, llevándose con gusto la obligación de cuidar a sus hijas; el padre las mata y, sí, en este caso se suicida. Siento no estar afectada por su muerte, lo único que me preocupa, y desearía cambiar, es la secuencia de los hechos y es una sugerencia que me permito hacer a todas aquellas bestias que tengan semejantes planes. Lo ideal habría sido que el hombre, desquiciado, con razón o sin ella, que tampoco me importa demasiado, se hubiera bajado del mundo, creyendo que los fantasmas existen. Podía haber fantaseado antes de la irreversible decisión, que se le permitiría volver luego a por sus hijas, destruyendo así para siempre, como era su deseo, la vida de su mujer y, con ella, el arquetipo de La Madre, que puede ser, dependiendo de los demonios de cada cual, benévola o amenazante, luminosa o sombría, pero siempre poderosa, con la incomprensible fuerza que le confiere la Naturaleza que la sostiene y que ella, en interminable rueda, contribuye a crear.

Pobres niñas inocentes y pobre madre, que debió seguir siendo una esclava, pero que no quiso hacerlo y ha tenido que pagar el más alto precio por su decisión de intentar volver a ser persona.

El descenso a los infiernos

Según la teoría de Jung, cuando en la época de la Ilustración se llegó a la conclusión de que los dioses sólo eran proyecciones del ser humano, se los eliminó de la parte racional, pero no se consiguió borrar su función psicológica, la cual permitía una salida a energías que, al no ser empleadas, se han vuelto contra el propio hombre, que antes las desahogaba en los cultos. Al parecer, pueden concentrarse en el Inconsciente Colectivo, el cual comienza a ejercer un violento y dominante influjo en la conciencia con sus contenidos arcaicos. Jung afirma que esta falta de dioses, o de orientaciones de esa energía psíquica, desembocó en la terrible Revolución Francesa y que, cíclicamente, nos conduce a otras formas de enfrentamientos. Ya hemos pasado la primera y segunda guerras mundiales, por no citar nuestra sangrienta Guerra Civil, y nuestros pasos actuales no están muy apartados de una tercera.

¿Adónde quiero ir a parar? Pues a la situación de nuestra sociedad, donde se exhiben sin pudor los más bajos instintos, en la que parece que todos los desmanes están permitidos y en la cual, la mayoría de los que deberían dar ejemplo, cuando los pillan con las manos pringadas, ni siquiera se ruborizan; es más, protestan airadamente contra una imaginaria conjura, que alguien sin nombre conocido –oposición sin más-, ha urdido contra ellos y sus honradas familias.

Si la teoría de Jung es cierta, y visto el entorno lo parece, el momento actual está absolutamente dominado por los demonios del inconsciente, al que tantos siglos nos ha costado someter con educaciones, costumbres, preceptos y morales, que no eran otra cosa que una defensa frente a esa parte oscura, capaz de cualquier despropósito y que, una vez libre y concentrada, convertida en energía pura, puede orientar a una colectividad hacia su propia aniquilación. Indudablemente, creo entender que esas fuerzas bien encauzadas también serán capaces de levantar a un pueblo y elevar a sus individuos muy por encima del barro del que están hechos. Pero desde luego ahora no es el caso; muy al contrario, estamos descendiendo más y más, no sólo un individuo o tres mil, no, la mayoría; y no es la necesidad o la falta de trabajo, no, es el vicio y la impunidad. Los impuestos de todos no revierten en el bien común, se quedan en viajes de placer, clubes, discotecas y restaurantes exclusivos, o visitas a las listas señoritas de turno.

Recuerdo ahora, allá por los albores de la democracia, cuando la gente, borracha de libertades, aseguraba que la vida privada de un político no tenía importancia a la hora de confiarle los destinos de un país, y una, jovencísima e inexperta, pensaba que tal vez estuviera equivocada en su elemental deducción de que si el fulano era capaz de mentir o engañar a su familia, qué no iba a hacer a un puñado de desconocidos. Llegué a creer que mi juicio podía estar influenciado por la severa educación recibida y, por tanto, viciado por la recién desaparecida dictadura. Pues resulta que no, que nada tenían que ver la naciente democracia ni la acabada dictadura. Los hombres siguen siendo los mismos y cuando se les permite llegar al libertinaje lo hacen, y encima no entienden que se les reproche.

Seguimos descendiendo y ese inconsciente negro que cita Jung creciendo. Ya hasta nos parece normal, para subvencionar nuestras francachelas, robar las flores del recuerdo de nuestros queridos muertos o destapar sus tumbas para hurtar los crucifijos o las manillas de los ataúdes...

Ignoro hasta dónde seremos capaces de llegar sin que esas energías negativas estallen y nos aniquilen a todos, pero no siento ningún remordimiento al desear que, en el caso concreto de los expolios a los difuntos, sean los que sean, el castigo de esas negras energías caiga sobre los culpables hasta hacerlos desaparecer, porque no se merecen pisar la tierra, que su sola sombra mancilla.

Si vis pacem...

Teresa se está recuperando. Estamos todos de enhorabuena -e, ignoro el porqué, tranquilizados-, incluso los que protestaron por el traslado de los dos religiosos contagiados de ébola a nuestro país. Creo que en ningún momento se tendría que haber debatido sobre si era conveniente hacerlo, ya que el Estado debe, o debería, tener la obligación de velar por sus ciudadanos donde quiera que estén; otra cosa es que no lo haga en muchas situaciones que ahora no vienen al caso.

No estaría mal llegar a ser conscientes de que vivimos en un mundo interconectado, no sólo por nuestras brillantes ideas, experimentos y acciones; el Universo, aunque a veces no lo parezca, es un todo en el que cada pequeño o gran ser es un eslabón de una interminable y eterna cadena, que ignoramos si es así, pero desde nuestro concepto temporal nos lo parece.

La central de Fukushima, con su contaminación, de la que se evita hablar, está afectando a los mares y a las especies que los habitan. Cuando en su momento Chernóbil tuvo problemas, su polución se extendió por varios países. Si a un volcán le da la humorada de explotar –cosa que desgraciadamente ha sucedido varias veces en la historia-, cientos o incluso miles de kilómetros pueden verse dañados por sus gases... Y así una lista interminable de sucesos, que no es necesario enumerar pero que se han dado y se seguirán dando. A todos aquellos que pensaban erradicar el ébola evitando el traslado de los dos religiosos, les recuerdo que su idea de poner puertas al campo hace siglos que se ha demostrado ineficaz.

En el caso que nos ocupa, hemos asistido casi indiferentes, desde hace años, al sufrimiento de África, no sólo en el asunto del ébola, también ante los innumerables problemas de guerras, hambrunas y otras enfermedades que azotan al continente. Nos deshacemos de nuestros excedentes de alimentos por no desequilibrar la economía, cuando los niños africanos mueren de inanición por miles. Seguramente la medida tendrá razones de peso que la justifiquen, pero de ninguna manera puede disculparse el abandono de una parte de la humanidad que, queramos o no, es de los nuestros y lo que a ellos suceda tarde o temprano nos llegará. Imaginamos encontrarnos dentro de una burbuja intocable y por eso nos desestabilizamos cuando ocurre un atentado o hay un contagio por un "bichito" que se ha atrevido a cruzar nuestras fronteras virtuales.

En el 2014 ha habido brotes importantes de polio, fiebre amarilla, gripe aviar... y, de nuevo, la tuberculosis. La solución no está en abandonar a los enfermos. La reparación o el intento de arreglo consiste en no permitir que las ganancias desaforadas sean nuestro único objetivo y que científicos y empresas farmacéuticas, apoyadas por unos estados menos avaros, se empleen a fondo en el estudio de las enfermedades que nos azotan, buscando primero el remedio y llevándolo después a los focos donde se esté produciendo y expandiendo el mal, sean los enfermos del color que sean. Además, sería conveniente, e incluso necesario, mostrar a los todopoderosos occidentales, sin aspavientos pero con pragmatismo, el peligro de algunos viajes y, desde luego, las formas de contagio y prevención de enfermedades que nos empeñamos en ignorar. También, y eso debería ser básico y constante, estemos o no en peligro inmediato, dotar y preparar a nuestro sistema sanitario con medios materiales y humanos que pudieran ponerse en marcha sin dilación ante una emergencia. "Si deseas la paz, prepárate para la guerra" es algo pensado y puesto en palabras desde hace siglos. Quizá sería bueno descender algunos peldaños en nuestra arrogancia y ser conscientes de los peligros que nos rodean y que, desde luego, una empecinada ignorancia no va a evitar.

Lo de emparedar a los infectados, condenándolos a morir de inanición ya no está bien visto. Quiero suponer que hemos dejado atrás la Edad Media –excepto en algunos países en los que se piensa conseguir la grandeza pasando por la sangre-. En aquel momento de la Historia poco más podía hacerse para tratar de parar una epidemia, pero ahora que nos creemos civilizados, cultos y hasta humanos, deberíamos actuar con un poco menos de codicia y mezquindad y, por el interés común, que también es el del político de turno, dedicar menos presupuestos a oropeles y relumbrones de unos pocos y muchos más al bienestar y la salud de todos, en los países menos afortunados e incluso en el nuestro, que cada día que pasa va derivando más hacia ellos.

Los niños: un bien necesario

Andamos revolucionados, y con razón, por los "presuntos" pederastas, algunos de los cuales no se avergüenzan ni se asustan de sus crueles tendencias -como es el caso del último encarcelado-, y se permiten desafiar a la sociedad y a los propios reclusos. Es un tema que nos toca fibras muy sensibles, no sólo porque seamos padres o abuelos; ni siquiera eso es necesario. Cualquier bien nacido siente cómo se le revuelven las tripas ante el dolor de un niño.

Mas esa es una de las muchas formas de maltrato y, con ser de las peores, desgraciadamente no es la única. Los abusos padecidos en la infancia se reflejan en la edad adulta. Si alguien fue torturado, va a torturar a otros o a sí mismo, sustituyendo con saña a su torturador.

Podemos castrar metafórica o realmente a un niño al que se le inculcan ideas negativas contra sí mismo o contra los demás; prejuicios, racismos, rigidez y exigencias imposibles de cumplir, o la falta de normas y apoyos que acompañen sus miedos e inseguridades.

Olvidamos a menudo el respeto por sus sentimientos y emociones, como si, al ver que el pequeño parece distraerse enseguida, no los tuviera o apenas le afectaran, cuando es exactamente lo contrario. Podemos abusar cuando lo humillamos o agredimos verbalmente utilizando sarcasmos u odiosas comparaciones. Y todo eso, atendiendo al mismo tiempo sus necesidades básicas de alimentación, abrigo o escolarización, aunque, desgraciadamente, cada vez haya más críos mal nutridos o viviendo muy por debajo del mínimo en higiene y confort. Me parece que a nivel estatal, y en algunos casos familiar, no se da a estos hechos la vital importancia que tienen.

A este respecto, la responsabilidad de los adultos es enorme. Cuando una pareja decide tener un hijo, de algún modo se les debería haber preparado previamente para la ingente tarea que van a echarse encima. Sí. Ya sé que esto podría no sonar políticamente correcto, pero ¿acaso lo es más someter a un ser inocente al sufrimiento que alguien incapaz –por la causa que sea- va a causarle, no sólo a él sino a la sociedad futura? Si falla la educación, el amor de la familia o la dedicación que un niño requiere, las consecuencias pueden ser nefastas. "No hay tiempo". "Tengo trabajo". "Ya llego tarde". Bien, pues pensémoslo antes. Un pequeño ha de tener su ración de atención, de caricias, de educación y, ¿por qué no decirlo?, de dinero, pues sus necesidades no son precisamente baratas, y no estoy pensando en dispendios excesivos e innecesarios con los que a veces tratamos de cubrir el abandono. Y si hay dudas sobre estos costos, preguntemos a los padres al principio del curso escolar. Evidentemente, el Estado debería garantizar que esa falta de medios económicos no fuera obstáculo para tener un hijo, pues lo contrario sería –ya lo está siendo- una injusticia que debería avergonzar a la sociedad entera.

El ser padre o educador es el trabajo más difícil y fatigoso. Desde luego que todos tenemos derecho a ejercer la paternidad, pero sin engañarnos, sin creer que el bebé de la vecina siempre está tan sonriente o dormido como cuando nos lo encontramos en el ascensor. Desde la responsabilidad, debemos saber que un niño no es un juguete, que es un diamante a pulir cada segundo de su vida y de la nuestra. Es una tarea interminable la de aportar todos los medios a nuestro alcance para lograr que ese ser, que depende de nosotros para todo, llegue a desarrollar su personalidad plenamente, sin trabas ni cortapisas, muy al contrario, con todas las facilidades y posibilidades que se nos alcancen para facilitar su desarrollo.

Sin lugar a dudas, se debe perseguir –y creo que con penas mucho más duras- a los pederastas, intentando, si quedara algún dinero para atención social después de cubrir los movimientos y esplendores de la política, rehabilitarlos para continuar con su vida o, si esto fuera imposible, apartarlos de una sociedad debilitada y desprotegida que, por pura necesidad –y en algunos casos por comodidad- no se ocupa de su futuro como debería.

Animales insociables

Un hombre que acababa de salir de la cárcel mató a su suegra e hirió a su novia –todo supuestamente, claro-. A la vista de la historia, repetida hasta la saciedad, surgen preguntas casi retóricas, pues de todos es sabido que nadie va a contestarlas.

¿Qué hace un convicto que no se ha rehabilitado fuera de la cárcel? ¿Por qué ese individuo supone que el resto de los mortales ha de acatar su santa voluntad, bajo pena de muerte si se niegan? ¿Por qué aumentan los casos de la mal llamada violencia de género?

Cuando uno se cansa de esperar respuestas, mira con asombro alrededor. Entonces ve juegos para niños en los que el premio depende de los “enemigos” que mate; programas televisivos donde, sin ninguna piedad, por unos cuartos, se destripa a algunos “famosetes”, con consentimiento o sin él, hasta dejarlos sin dignidad, humillados y llorosos; o por el contrario, a verdaderos sinvergüenzas, colocados en los altares de la fama, simplemente por la publicidad que algunos medios han querido darles, hablando con un deje de admiración sobre su vida, milagros y desmanes. Podemos toparnos, sobre todo si se nos ocurre salir de noche, con grupos de adolescentes –o no tanto-, que insultan, arrinconan o vejan a otros chicos, pero, sobretodo, a las desorientadas compañeras, a las que una sociedad cada día más machista, ha convencido de que deben dejarse utilizar porque de lo contrario no serían enrolladas  ni progres. Incluso en la intimidad familiar, las relaciones entre padres e hijos, una vez anulada la autoridad por desaforados constructores de futuros, han derivado en verdaderos infiernos, donde los jóvenes hacen su santa voluntad.

Hay violencia por todas partes, incluso en los patios de los colegios o en las propias clases, donde se supone que desbordados, desmotivados e infravalorados profesores educan, o intentan educar, para vivir en sociedad con un mínimo de respeto mutuo. Y digo mínimo porque las llamadas “reglas de educación” no solamente están trasnochadas, es que son hasta ofensivas. Recordemos si no a la muchacha que se siente agraviada porque el amiguete de turno le ceda el paso, ya que ella es una feminista de pro y quiere igualdad; un ejemplo tonto, pero que sirve doblemente para el caso. Si no fuera tan triste hasta podría incitar a risa. Esto es lo que la sabiduría popular –ahora tan denostada por redicha- opinaría, con sorna, que son “palos contra la burra de casa”.

Para convivir en sociedad hace falta cultivar la empatía, justo lo contrario de lo que nos empeñamos en hacer ahora. En estos momentos prima el egoísmo, el pasárselo bien sin importar los medios empleados, ya sean materiales o humanos. ¿Cómo alguien va a dejar de hacer su capricho si no es capaz de ponerse en el lugar de aquel a quien ha de machacar para lograrlo? Es imposible que a un maltratador, sea de la calaña que sea, se le pase por la cabeza el sufrimiento de sus víctimas, adultas o criaturas que le miran con aterrada inocencia ultrajada. Quiere algo y va a por ello, amparado en su falta de sentimientos y por una sociedad embrutecida, que vive la satisfacción inmediata como objetivo prioritario.

No educamos para compartir. Recuerdo casos que las generaciones anteriores vivieron, en unos tiempos en que no había “crisis”. No tenían nada, pero no se les ocurría hablar de crisis, pues su pasado, presente y futuro eran un apuro, un riesgo y una ruina total. Estas personas, que apenas tenían para comer, repartían sus escasas pertenencias si llegaba a su puerta un conocido, un viajero, un familiar aún más necesitado... No es que fueran especiales, ni particularmente “beatas” o hermanitas de la caridad, es que habían sido educadas en el respeto por la comunidad, por los sentimientos del sufriente y, aunque en algún momento tuvieran conflictos –que sin duda los habría-, sabían que “¿Quién es tu hermano? El vecino más cercano.” Repito refrán porque alguien, mucho más culto que yo, los vilipendió, lo que me ofendió porque siempre los he respetado, en la seguridad de que son la sabiduría condensada de un pueblo, que sería más inculto, no lo niego, pero que desde luego era mucho menos egoísta, más intuitivo y respetuoso que estas nuevas generaciones, a las que no somos capaces de apartar de la violencia y del desprecio por sus semejantes.

Por supuesto que no todos los jóvenes son iguales, ni en todas las aulas o familias hay violencia, pero esas personas no son protagonistas, no interesan a nadie, hacemos que pasen desapercibidos, serían demasiado ejemplarizantes y eso no vende. Pero, por propia higiene mental, y sobre todo social, no estaría mal que dejáramos de lado ciertos comportamientos y valorásemos más los corrientes, los de los muchos que no se hacen notar y que serían ideales ejemplos a seguir.
“Retro” ¿verdad? Sí. ¿Qué pasa?

El poder de la fe

Cuando saltan noticias como la que nos ocupa estos días, uno nunca deja de sentir asombro, además de preocupación y dolor por los múltiples males que aplastan a la humanidad. Asombro, digo, de que haya gentes de la categoría del padre Miguel Pajares.

Nosotros, los hijos de la Ilustración, los descreídos materialistas, que nos preocupamos principalmente en conseguir un coche más grande o una vivienda más cómoda, aparte del “modelete” de marca renombrada y de lograr una reserva en el restaurante de moda para que nos vean los conocidos –porque amigos tenemos pocos- y piensen que manejamos mucho más dinero del que en realidad poseemos; nosotros, de repente, descubrimos que hay personas cuyo único fin en la vida es darse a los demás. Darse no solamente en trabajo u oración; están dispuestos a entregar su vida por mejorar las de sus semejantes. Miguel Pajares es uno de esos raros especímenes. Como él, unos pocos cientos más y, casualidad –diríamos los modernos descreídos-, la mayoría pertenecen a comunidades religiosas, aunque también hay seglares, como los doctores Abhay y Rani Bang, empeñados en reducir las muertes de bebés en la India. Para ello, han llegado a fundar una aldea, porque no bastan las palabras cuando estos apóstoles de la entrega buscan sacar a las gentes de hábitos o tradiciones dañinas para ellos o sus descendientes. Este poblado, humilde pero con luz eléctrica y saneamientos, en donde los hombres no conviven con los animales y donde todo está escrupulosamente limpio, se ofrece a los ojos de los que lo rodean, en un silencioso ejemplo para conseguir evitar las defunciones por infección.

Sí, hay gentes así en el mundo y deberíamos recordarlo cada vez que criticamos, preferentemente a las iglesias, o concretamente a nuestra Iglesia Católica, que seguramente, como seres humanos que son, habrán cometido y seguirán cometiendo errores, pero que también son capaces de formar héroes, de los que no estamos ni a la altura de sus sandalias. ¿Qué es sino su fe la que mueve su valentía?

Quizá también deberíamos prestar atención a las nuevas teorías del “pensamiento positivo”, que la mayoría denostamos, por ser “cuentos actuales, con la misma base de superstición y manipulación”. Martin Seligman, psicólogo y creador de cursos para niños con problemas psicológicos, opina que se puede aprender a transformar la ansiedad, el abatimiento o el enfado, cambiando nuestros pensamientos, los cuales, a su vez y con un esfuerzo mantenido, serán capaces de modificar nuestros sentimientos.

No se puede pedir a nadie el esfuerzo titánico de estos misioneros, pero a nuestro nivel, en nuestro entorno, con la familia y los amigos, sí que podríamos tratar de mudar pensamientos, y por ende sentimientos. Tal vez así, la vida de nuestros barrios, de nuestras ciudades, de nuestras “avanzadas” naciones occidentales sería más sencilla para todos.

Aquí, de momento, no hay ébola, pero sí que hay necesidades importantes, que no parecen preocupar a nadie. Bueno, a Cáritas y otros pocos más sí.

El centésimo mono

A finales de los años setenta, la década en la que muchos pensaron que era posible cambiar el mundo, Lyall Watson se hizo eco de un curioso experimento realizado por científicos japoneses. Al parecer, a unos macacos que vivían en la isla de Koshima se les habían ofrecido patatas, alimento que no era habitual en su dieta. Los animales las rechazaron, por supuesto, hasta que a una hembra se le ocurrió sumergir el tubérculo en agua, para liberarlo de la tierra que lo envolvía. Una vez limpio, lo probó y, al ver que era comestible, comenzó a dárselo a sus crías, conducta que fue de inmediato imitada por sus congéneres, solo hembras, desde luego; los machos adultos siguieron ingiriendo la comida conocida, despreciando la novedad.

Hasta aquí, podría ser todo normal. Lo verdaderamente curioso, según los científicos que estudiaban el caso, fue que, al poco tiempo, los monos de otros lugares que no habían tenido contacto con los primeros, empezaron a hacer lo mismo: lavar las patatas y comérselas. El estudio pasó a denominarse "La teoría del centésimo mono". Defendía que cuando un comportamiento es adoptado por un determinado número de individuos, pasa a ser norma en la generalidad. Más tarde, en 1985, Elaine Myers publicó un artículo en el que aseguraba que las pruebas presentadas eran insuficientes para probar la hipótesis.

Ni entro ni salgo en el asunto porque "doctores tiene...", pero miro alrededor y pienso que no está tan lejos de la realidad en cuanto a contaminación de contacto. Otra cosa es –como luego veremos- si hay distancia de espacio o tiempo entre los sujetos imitadores.

En nuestro presente, la sociedad se comporta como los monos de las patatas. Si hay corrupción, la hay en todas partes y a todos los niveles; si hay ignorancia, bien porque los planes de estudio sean ineficaces o porque toda la sociedad lo esté propiciando, presumimos de ella, porque resulta muy pedante hablar del último libro leído o de la distancia que se acaba de medir al planeta Abc123. Todos buscamos hacernos perdonar por los incultos y, lo que es peor, por la mayoría desinteresada. Y no digamos los jóvenes; muchos alardean de su número de suspensos, de que pasaron la noche en la cárcel, o en el hospital por un coma etílico. El público en general se extasía ante las vidas alegres o desgraciadas, pero siempre conflictivas, de cuatro espabilados que cuentan sus cuitas, porque "es justo hablarle en necio para darle gusto"

No respetamos siquiera a los jueces, ignoro si porque ellos mismos no son dignos de respeto o porque nosotros estamos dispuestos a saltarnos normas, leyes y valores, en nombre de una libertad que se ha convertido en tedioso, pero a la vez arriesgado, libertinaje. Quizá deberíamos recordar un tiempo, no tan lejano, en que la palabra de un hombre, o mujer, por supuesto –otra idiotez-, era sagrada; cuando un apretón de manos valía más que una firma ante notario. ¿Y las llaves en las puertas? ¿Quién se atrevería hoy a dejar la llave puesta? Por supuesto nadie. Nos blindamos y ni aun así evitamos los robos. Los delincuentes, seguros de la impunidad, emplean su creatividad –digna de mejor causa- en hallar medios para entrar en todas partes y llevarse lo poco o mucho que haya en la vivienda. Y, como los monos, viendo que es fructífero y que no entraña riesgo, se comunican sus logros y la plaga se extiende. ¿Hay crisis? ¿Dónde? ¿Quién lo ha dicho? No importa. A un político, un banquero o un empresario, en cualquier lugar del mundo, se le ocurre la idea: Sería bueno frenar a las clases sociales que se creen con derecho a exigir. Pues creemos la crisis. Y se extiende y se hace mundial y las gentes la integran y la hacen suya –por voluntad o por fuerza- y, efectivamente, todo se frena, y el dinero que hasta ayer circulaba desaparece.

De todas formas, cada uno de estos despropósitos, y muchos más, no es difícil que se expandan; lo que sobran son medios de difusión. Nadie está aislado, porque, aunque no coma, paga su teléfono móvil, que le permite estar conectado con el mundo y en nada lo hará con el universo.

Quizá el experimento con los monos no fuera del todo fiable, pero ¿qué ocurre con la cristalización de algunos productos en laboratorios? Por poner un ejemplo -que según Rupert Sheldrake son varios-, la ampicilina. Primero cristalizaba en forma de monohidrato, es decir, "con una molécula de agua por molécula de ampicilina", y posteriormente lo hizo en forma trihidratada, y a pesar de los esfuerzos de los científicos, no consiguieron que volviera a hacerlo según su antiguo comportamiento, lo que les hizo cambiar la presentación del medicamento, porque los resultados en los pacientes no eran los mismos. Estos problemas de cristalización en los laboratorios se extienden de unos a otros, sin que se conozca hasta el momento por qué medio lo hacen. La explicación de Sheldrake es algo que él llama "resonancia mórfica".

Me limito a constatar los hechos y a llamar la atención sobre ello. Las conductas negativas que nos invaden, y que minimizamos, o incluso nos empeñamos en ignorar, podrían convertirse en irreversibles y todos llegaríamos a ser borrachos, chorizos, ignorantes o cotillas.

La victoria del esquema

Al final te derrotó la envidia, la inquina y la estupidez. Toda la vida luchaste por hacerte un lugar en una sociedad enceguecida por la juventud y la belleza. Tus medios eran ásperos porque, es de suponer, tus experiencias de niña fea lo fueron. Nunca las detallaste, pero tus gestos mostraban la dolorosa rebelión, que quedó marcada a fuego en tu inconsciente, de todos aquellos días en que la mirada y la mente inocente no entendían la conmiseración o incluso el rechazo.

Enseguida comprendiste que solo luchando a brazo partido ibas a conseguir abrirte camino. Tu inteligencia y tenacidad iban apartando los necios obstáculos que un entorno machista, déspota e impositivo colocaba a tu paso. Dejaron de reírse y pasaron a temerte. Seguramente nunca te valoraron como merecías ni te respetaron, porque no eras de trato suave –como parece obligado en una mujer- y, además y sobre todo, no estabas dentro de los cánones rígidos e inamovibles de la enfermiza estética imperante. Nadie se paró, ni por un momento, a comprender tus motivos. Además de la falta de armonía de tu rostro eras demasiado baja, por lo que, sin salidas de tono, con algún que otro grito incluido, no te habrían visto siquiera.

Lo lograste. Conseguiste hacerte oír y encontrar un espacio. Nadie fue capaz de enfrentarse a ti; no porque admitieran o admiraran tus capacidades, porque temían tus explosiones de niña triste, que arrastraba un dolor cotidiano por no medir 1,70, que es lo mínimo que toda mujer que se precie debe alcanzar para que los hombres que la rodean le permitan sobrevivir y, en un derroche de generosidad, hasta darle un puesto de cierta responsabilidad, en el que, sobre todo, por encima de sus capacidades, debe lucir palmito.

El asombro se extendió a tu alrededor. ¿Cómo era posible que una mujer “así” triunfara? Tú seguías marchando a codazos por la vida; pero no se juzgaban ni tu obra ni tus logros, solo tu aspecto y la aspereza de tu trato. Sin desmayo, seguías imponiendo a la pequeña pueblerina que nunca se resignó a su destino. Y, al final, fuiste derrotada por la tontería, disfrazada de tragedia griega. Alguien que, con muchos menos talentos que tú, basándose solo en su asombro de “hija de papá” consentida, que siempre lo tuvo todo y a la que una vez más plantaste cara –ignoro si de forma justa, o no tanto, pero da igual-, no estaba dispuesta a que nadie le negara un capricho, y sabiendo  que no podría derrotarte de frente, lo hizo –presuntamente- por la espalda, al igual que todos los miserables que siempre permanecieron callados ante tus bufidos y ahora, utilizando los corrillos callejeros o la Red –la cual parece haberse convertido en su prolongación y en la que además no es preciso dar la cara- insultan tu cadáver, como es de suponer hicieron a la pequeña que no entraba en los cánones impuestos. Esa es su altura moral; te apuñalan por la espalda o esconden la cara tras las mal llamadas redes sociales y, protegidos por las sombras, hacen pintadas en el lugar de tu muerte.

Nunca hablé contigo y solo te conocía por los comentarios que se hacían de ti, por tanto estas conjeturas son únicamente a título personal. Tampoco te debo ningún favor, al contrario que muchos que ahora callan o te niegan; quizá por eso, con la libertad que me da la relativa independencia de la que algunos disfrutamos, defiendo tu empeño por crecer, a pesar de la carga casi imposible de llevar con la que naciste, y con la que estoy segura te lastraron. Me conduelo también con aquellos que pudieron sufrir tu ira, a veces injusta.

No voy a juzgar tus logros ni tus métodos, y mucho menos tus errores que, como cualquier humano –los que ladran a tu sombra también-, todos cometemos. Solo deseo que en el lugar en que ahora te encuentres midan a las personas, o almas, o espíritus, o lo que sea, por distintos raseros de los que nosotros empleamos, y que allá encuentres, al fin, la paz que aquí no te concediste porque el entorno te la negó, o tú creíste que lo hacía.

El Dia de la Madre

Ayer celebramos el Día de la Madre. Sí, solemos hacerlo y hasta compramos regalitos y comemos juntos las viandas que ella ha preparado para festejarse a sí misma. Eso es lo fácil e incluso lúdico para todos, también para la progenitora, que es feliz con la idea de volver a tener a toda su prole alrededor. Y, con suerte, la reunión hasta puede salir bien y los hermanos, algunos envidiosos o llenos de absurdos rencores, mostrarán alegría, o al menos los buenos modos que se les inculcaron.

Pero también puede celebrarse de muchas otras maneras. Por ejemplo desahuciando a la madre de su casa de toda la vida, dejándola en la calle o en manos de alguien compasivo, que le dé un techo y una escudilla. Seguramente, y eso es lo terrible, estos individuos tendrán todos los documentos que los acredite como dueños de la vivienda, y por supuesto la ley los amparará en sus pretensiones. Pero, ¿y la humanidad? Los que nos llamamos humanos para poner distancia entre nuestra especie “elegida” y los inocentes animales que se limitan a seguir sus instintos; nosotros, los que pensamos con la corteza y no con el cerebro reptiliano; nosotros, los que somos capaces de acometer grandes epopeyas o de sostener con amor infinito a un desvalido bebé; nosotros ¿debemos ampararlos? ¿Podemos seguir saludándolos por la calle o bromeando con ellos ante la copa de la tarde? Quizá sí porque se ha dictado justicia y para eso están los jueces. Lo nuestro no debe ser juzgar y mucho menos condenar, pero tal vez sería conveniente la revisión de algunas leyes, por ejemplo las concernientes a las herencias.

Hubo un tiempo en que los hijos contribuían con su trabajo y esfuerzo al patrimonio familiar, y entonces sí que era justo que no pudieran ser desheredados. Mas ahora no solo no aportan nada al clan desde el punto de vista económico, sino que son motivo de mayores gastos, a los que sus padres deben hacer frente si desean, y estoy segura de que así es, darles la mejor educación que esté a su alcance, y ya no hablo de las necesidades básicas, o de sus “pagas”, que no sé por qué ahora han pasado a denominarse así y no “propinas”, que hace años se regalaban a los jóvenes, para que tomaran un café o fueran al cine, porque para las dos cosas no llegaba.

Desde luego que la ley contempla casos en los que es posible desheredar, pero, ¿se cumplen? El asesino de la catana, por ejemplo, que pasó unas vacaciones de siete años por el asesinato de sus padres y de su hermana, ya está en la calle y con el cuidado de que no tenga la obligación de presentarse en ninguna comisaría o centro, ni siquiera en un puesto de trabajo, porque eso podría “influir negativamente en su situación personal”. Ya. Y si no trabaja ¿de qué vive? ¿De la herencia que por su desmán le dejaron sus padres? Porque esa sí es una causa, recogida por la ley, que impide heredar, además de las de agresión o maltrato probados, algo que está ocurriendo todos los días en esta laxa y permisiva sociedad.

Creo que las personas que forjaron su patrimonio deberían ser las únicas que pudieran disfrutarlo y tomar decisiones sobre él. Así se evitarían los casos en que los hijos, fallecido uno de los progenitores, reclamen su parte, aunque solo sea “la legítima”, obligando al superviviente a darles un dinero que a veces no tiene y a malvender lo poco que les queda.

Se elude, en general, hablar de estos temas porque, además de ser extremadamente dolorosos, pues se dan entre personas que se supone se quieren por encima de todo, no son “políticamente correctos”, como se dice ahora para encubrir la censura de toda la vida. Pero, desgraciadamente, esa es la realidad; afortunadamente no en todos los casos, pero sí en los suficientes para que la ley se ajuste al momento y las circunstancias que ahora vivimos. De esa forma, los ancianos, obligados a subsistir en soledad y de una mísera pensión, tendrían la seguridad de que nadie, por medio de uno u otro subterfugio, podría dejarles en la calle a merced de la caridad –palabra denostada pero eficaz- del hijo cariñoso o del vecino del quinto, al que se le cae el alma viendo a un ser desvalido y aterrado mirando el vacío en derredor.

 

Otra sonrisa perdida

De nuevo estamos de luto. Hace un tiempo comentaba desde esta misma sección la muerte de una niña, sacrificada en aras de una sociedad enferma de libertinaje, molicie y deseos de “disfrutar”. En aquel momento, los responsables directos fueron el maltrato y la droga. Cuando enumeré las causas olvidé una, si no la más importante, tanto o casi tanto como las otras: los intereses políticos. Como rebaños estúpidos seguimos al pastor que se beneficia de la leche, la lana y los corderos. Nosotros, las ovejas, nos limitamos a pastar los hierbajos que nos deja, y aun estamos contentos y le saludamos con balidos esperanzados cuando se nos acerca.

Ahora toca separar y separamos, convencidos de que eso es lo que deseamos y de que es lo más conveniente para que nuestra lana aumente y crezca más lustrosa, y si en esa estúpida pugna pierde la vida una niña inocente, pedimos disculpas y listo. El proceso autonómico –ahora francamente separatismo- debe seguir su curso e impregnar de esa idea a toda la sociedad.

¿Alguien se ha preguntado para qué le pueden servir las disculpas a una madre de regazo vacío? ¿Van, quizá, a devolverle las risas, el lenguaje trabucado, los pasos inseguros, los cálidos abrazos de su pequeña? No. Nada de eso ocurrirá, pero a los que con ella lloramos su dolor nos importa.

Ignoro si hay provincias –creo que sí, pues incluso antes del susodicho proceso ya se las beneficiaba más que al resto para tenerlas contentas- que se hayan visto muy favorecidas por las fronteras que, poco a poco, vamos colocando; desde luego a León, a nuestra tierra, no solo no le han servido para crecer, sino que ha abandonado sus riquezas –ganadería, agricultura, minería...- en provecho de... ¿quién? ¡Bah! Eso no importa. Las nunca suficientemente alabadas autonomías no nos han aportado nada. O bueno, sí; ahora, cada vez que salimos de nuestras fronteras, somos extranjeros.

Hace unos días viajé a Pamplona. Un incidente, que no viene al caso, hizo que perdiera unos medicamentos que no pueden ser adquiridos sin receta. Me acerqué a un centro de salud de la ciudad pamplonica y, para mi ignorante asombro, en sus archivos no aparecía mi ficha médica. “Normal –dijo alguien mucho más enterado que yo, quien, tontamente, creía formar parte de un país y no de un corral de ovejas-. Es que usted pertenece a otra autonomía...” El problema fue resuelto –por cierto, muy eficaz y amablemente- por los médicos y enfermeras del centro, y yo pude hacerme con los medicamentos gracias a esas personas, que no al ente superior, Papá Estado, que me había convertido en extranjera en el que yo creía mi propio país.

Hubo un tiempo en el que los gobernantes decidieron –no sé si por principios o simplemente, como ahora, por sus intereses económicos- recuperar las tierras que unos invasores –supuestos, claro- les habían arrebatado, y se pusieron a ello reconquistando –con perdón- palmo a palmo, el suelo que perteneció a sus antepasados. Y para llevar a cabo su epopeya particular, hicieron que el barro que pisaban se enlodara más y más con la sangre de las ovejas a las que conducían, de grado o por fuerza, en pos de unos ideales que habían conseguido hacerles creer imprescindibles e incluso sublimes. Y quizá lo fueran, como también ahora puede que sean indispensables, o aun convenientes – es difícil para las ovejas ver otra cosa que el escaso pasto que les permite sobrevivir-. Pero aunque lleguen a persuadirnos de que hay razones de peso para seguir con el proceso de desintegración de un país, de lo que estoy segura es de que no podrán convencernos, al menos a algunos, de que una miserable disputa de fronteras, si ese ha sido el motivo de fondo, se haya llevado para siempre la sonrisa inocente de una niña, que miraba a los adultos, a los que creía responsables y sabios, con la entregada confianza del que se sabe débil y dependiente.

El desamparo

Otra vez. Otra vez la barbarie ha ejercido su imperio sobre la debilidad y la inocencia. Una niña de cinco años ha caído bajo los golpes de la droga, el maltrato de género -¿de qué género?-, la cárcel y el abandono.

Este es el resumen de los cinco años de vida de la pequeña, que parece el chivo expiatorio que se ofrece en el altar de los sacrificios a una sociedad desquiciada y sin ningún control, que parece haber tomado las riendas de la existencia de todos. Estamos ya tan acostumbrados a sus desmanes que las noticias de tropelías o excesos apenas nos arrancan un suspiro de cansancio o un leve encogimiento de hombros, que la impotencia ante la situación nos infunde.

Una madre drogadicta, un padre maltratador que acaba en la cárcel –ignoro el motivo, pero eso es irrelevante para el caso- y una madrastra a la que se carga con la pequeña, que nadie quiere y que ella soporta –es un suponer- por ganarse los favores de su compañero que, además de maltratador, por uno de esos inexplicables errores de la Naturaleza, también es padre biológico, que no responsable y mucho menos amoroso. Y en medio de esa trastornada situación, una criatura inocente que, presuntamente –faltaría más-, recibe palizas constantes. Y nadie se ocupa de ella. Las leyes estatales, las múltiples organizaciones sociales, las ONGs, que se supone ayudan y protegen a los necesitados, no se enteran, cuando, al parecer, era un asunto conocido que la pequeña desamparada miraba alrededor con sus límpidos ojos, llenos de asombrada amargura.

Y ahora, cuando su cuerpecito, ya vencido por la vida, se funde con la tierra, y su espíritu, libre al fin, se eleva –esperamos y deseamos- sobre la miseria y el dolor, algunos nos preguntamos, asombrados también, ¿quién debería haber protegido a esa criatura? y ¿quién debe cuidarse de los desvalidos que no saben o no pueden pedir ayuda? ¿Son quizá nuestros dirigentes, empeñados en recortar políticas sociales, los responsables de los agravios, los atropellos o las insensateces de algunos ciudadanos? Tal vez no. Ellos, hemos de reconocerlo, andan ocupadísimos en salvar al país, dicen; o tal vez solo a sí mismos, decimos los que contamos con ansiedad los escasos cuartos para alcanzar el fin de mes o el pago del alquiler o el interminable recibo de la luz. No. Puede que no sean ellos ni ninguna otra organización. Puede que seamos todos nosotros quienes, siguiendo órdenes subliminales, invisibles e inaudibles, cuando no perfectamente claras, estamos dejando de lado principios y obligaciones –sí, eso he dicho; con perdón, por supuesto-. Obligaciones, repito, y normas que nuestros mayores –y no estoy hablando de dirigentes, solo del pueblo llano- aplicaron con la sabiduría de siglos, para permitir que una sociedad evolucione positivamente, dentro de las limitaciones que, a nuestro pesar, controlan a los humanos.

La generación de los 70 creyó que las cosas que no funcionaban en su momento podrían arreglarse con flores y amor, y no andaban muy descaminados. Pero luego, al conjunto le añadieron libertad, y eso también fue bueno; mas enseguida las primeras gotas empezaron a engordar y formaron un mar de libertinaje e inacción que, como siempre, derivó en su opuesto: los activos e inmisericordes ejecutivos. Son ellos los que, una vez tomado el poder, siempre insaciables, se han ido olvidando de las enseñanzas de sus ancestros, a los que en su momento criticaron, para instaurar las leyes del provecho propio, a costa de lo que sea. No hay tiempo para pensar en nada que no sean beneficios contables. Y la sociedad, regida por leyes, la mayoría de las veces injustas, que apenas se han reflexionado porque el tiempo solo se cuenta en dinero, va y viene, empujada por sus instintos, a los que nadie pone freno, o por lo menos orientación, que eso de las normas está muy mal visto. Y mientras las gentes se agreden, o son agredidas del modo que sea, que hay muchas maneras, los padres de la patria –de nuevo con perdón, que ya sé que ahora vamos por los Reinos de Taifas-, nuestros representantes, digo, elegidos en costosos comicios, cuentan billetes, suyos y míos, por cierto, en comidas de trabajo en las que sufren lo suyo, estudiando, no aquello que sería lo conveniente para la mayoría cansada o la minoría golpeada, no, ¡qué va!, para eso no hay tiempo; analizan la forma de eternizarse en el poder, en tanto mastican encantados las exquisitas viandas que usted y yo pagamos.

No podemos olvidar a esa pequeña muerta y seguir, como si nada hubiera ocurrido, con nuestros importantes o anodinos quehaceres. Alguien o todos hemos de ocuparnos del dolor y el abandono, penetrar con preocupación y empatía en la inocente y maltratada mirada de esa pequeña, quien, desde su desvalida inocencia, no comprende qué pecados cometió para merecer la muerte, a golpes de descontrol e injusticia.

El bocadillo mágico

La corrupción, la estafa y el abuso alcanzan ya a lo más sagrado de esta degradada sociedad: los niños.

Con asombro infinito y rabia vengativa leía hace poco que profesionales de la enseñanza en Burgos, Gerona, Toledo, Castellón... y me imagino que en muchos otros lugares que no aparecían reflejados en la noticia, clamaban ante la dolorosa injusticia de contemplar niños revolviendo en las papeleras durante los recreos, con la esperanza de que alguien con poco apetito haya dejado sin terminar su bocadillo, y aquellos otros que llegan a clase con sudores de varios días porque en sus casas no hay agua caliente, o los que no pueden quedarse en el comedor si no consiguen ayuda económica, porque papá y mamá están en paro, o algunos que, además de los carísimos libros y material escolar, deben llevar en sus mochilas un rollo de papel higiénico, o unos que, de repente, han tomado un amor inusual por las aulas porque en ellas aún hay calefacción...

Pero no queda más remedio que seguir recortando. Las ayudas a los comedores escolares han bajado más de un 50%; las becas han adelgazado en ochenta y cuatro millones; las oposiciones para profesores se van frenando... Es lógico. Hay que pagar viajes, coches oficiales, regalos, mariscadas, subvencionar comedores de parlamentos regionales... Diecisiete inoperantes autonomías llenan sus vacíos con hueras palabras o señuelos independentistas... Y mientras, la sociedad del bienestar se está convirtiendo en la miserable y nunca olvidada que luchó por sobrevivir en la posguerra.

Los colectivos más castigados son siempre los más débiles: ancianos, niños, enfermos, mujeres... Estas últimas, por mucha tinta, porcentajes obligatorios y palabrería cargada de florituras y promesas de libertades que haya habido, siguen cobrando menos que sus compañeros varones y llevando a la espalda el peso de los hijos y el hogar, aunque traten de convencernos de lo contrario y a veces logren persuadirnos de lo liberadas que estamos.

La situación se está degradando peligrosamente, hasta el extremo de que hay madres que se inventan “bocadillos mágicos”: dos pedazos de pan sin nada en su interior, para que su pequeño pueda imaginarse el alimento que más le guste o aquel que le llene más la barriga.

Un pueblo puede aguantar mucho, pero no es conveniente que comience a ver a sus hijos pasar hambre y frío. A lo mejor sería aconsejable que los de “a mí me va bien” descendieran unos escalones y, sin necesidad de mezclarse con la plebe, no vaya a ser que los alcance su miseria, escucharan sus quejas, antes de que se conviertan en gritos.

Paralelamente, la solidaridad crece y las gentes ceden algo de lo que les sobra, o de lo que pueden privarse, en favor de los que menos tienen, y hasta hay organizaciones e instituciones que piensan más en paliar la penuria que en poner grifos de oro en sus lavabos. Recuerdo el ejemplo del obispo de León, rechazando una oferta millonaria por el edificio que alberga el hospital de Nuestra Señora de Regla, para que continúe su labor social. Y no solo no ha aceptado la golosa oferta, ha realizado una nueva inversión que ha creado puestos de trabajo en una ciudad en la que ya no quieren vivir ni los inmigrantes porque probablemente esté ya a la altura, si no por debajo, de sus lugares de origen en creación de riqueza y medios de subsistencia.

Seguramente, muchos de los de “a mí me va bien” pensarán que esta pintura de la realidad es tremendista y que las cosas no están tan mal; muy al contrario, estamos mejorando, dirán. ¿Quiénes? Los de la calle no lo notamos+66, como tampoco lo hacen los castigados enfermos crónicos que, además de soportar lo mejor que pueden sus males, ahora tiemblan ante la idea de tener que pagar parte de sus tratamientos con las exiguas pensiones o los miserables sueldos de que “disfrutan”.

Esta es la realidad, o al menos la realidad que vemos la mayoría. Pero “siempre nos quedará París” y tal vez sería conveniente ahondar en el conocimiento de la física cuántica y creernos que lo que suponemos realidad no es más que un constructo de nuestra mente. Y si es así, solo tendríamos que ponerle unas gotas de optimismo y todo cambiaría. Pero si ello nos resultara imposible, al menos no dejemos de lado la esperanza ni la capacidad de perseverar. Que no nos tapen los ojos con juegos soberanistas o brotes verdes, pues solo nuestra tenacidad y claridad de juicio nos permitirán salir del cenagal en el que la ambición de unos pocos nos ha metido.

 

-La caridad bien entendida

Seguramente seremos muchos los que estamos deseando que se cierre el invierno, para que el mal tiempo, ya que no las soluciones urgentes, impidan los suicidios en masa de las gentes que se lanzan al mar buscando una vida mejor.

¿Quién engaña a esas personas con promesas que nadie está en condiciones de cumplir?

Tal vez hubo un tiempo en que realmente los miserables –entre los que debemos incluirnos los españoles- dejaron sus raíces y corrieron tras un sueño. Ansias que vieron colmadas, más o menos, pero en la mayoría de los casos con mayor abundancia que en sus lugares de origen. Mas ahora parece ser que eso se acabó. Ya no existe el Estado de Bienestar en ninguna parte, y mucho menos en las naciones mediterráneas, que a duras penas son capaces de mantener a sus cansados ciudadanos. Y los desesperados siguen llegando, explotados por mafias que se quedan con sus últimos cuartos y que los abandonan enseguida a su suerte, o mejor, a su desgracia.

No hay para todos, nos dicen constantemente aquellos a los que nada les falta. Aquí deberíamos recordar que en el último año la tasa de ricos en España se ha incrementado en un trece por ciento. Y eso es bueno, pero debería ser aplicable a toda la población. No hay para todos y es preciso recortar. ¿Recortar? ¿Es que queda algo de donde recortar? Y si es así, ¿a quién se lo quitaremos? ¿A ese treinta por ciento de niños que viven por debajo del umbral de la pobreza o a esos tres millones de personas que se debaten en la extrema carencia? En fin, a los de siempre, por supuesto, y además, se les pedirá que compartan, y la mayoría nos asombraremos de que aparezcan brotes de racismo. Racismo que en realidad no va dirigido contra los necesitados que nos abordan, ya que todos entendemos y nos dolemos de su miseria. Esa xenofobia que mencionan los biempensantes no es tal; es la desesperación compartida, la seguridad de que el pastel se escurre de entre los dedos de algunos, para llenar los vientres bien alimentados de otros. Pero el sistema es rígido e intocable y escapa al escaso control de la masa, que es dirigida por medios sibilinos o, si es necesario, punitivos, para que se adapte y acepte sin chistar, bajo la amenaza clara o encubierta de perder lo poco que les queda.

Y cuando llegan los de fuera los compadecemos, sufrimos con ellos, pero miramos de reojo el resto de la hogaza y temblamos porque sabemos que no llegará para nuestros hijos. A no ser que la tan manida y socorrida crisis desaparezca de repente. ¿Y cómo ha de ser eso posible?, nos preguntamos con los ojos y los oídos llenos de escasez. Algunos piensan que en cuanto las gordas barrigas hayan conseguido redondearse aún más, bajando los humos a los asalariados, que empezaban a molestar repitiendo a todas horas que tenían derechos, cuando nos callemos y sonriamos servilmente, agradeciendo un mísero sueldo por dieciséis horas de trabajo, haciendo aquello que el patrón necesite, cuándo y cómo lo necesite, la crisis, milagrosamente, acabará. Y tal vez entonces, a alguien se le ocurra que esos desesperados no desean viajar ni perder sus orígenes, para integrarse malamente en nuevas culturas que no entienden, y hasta rechazan de forma visceral. Y tal vez entonces dejen de esquilmar lejanas tierras, explotando a su gentes, y piensen que quizá sea más barato ayudar a esos países a aprovechar sus riquezas en beneficio propio, que mantenerlos en tierras extrañas con una limosna. Porque sólo de eso se trata, de una limosna que no les ayuda a crecer ni a hacerse personas; es tan solo la mala comida y cama de un día, porque, ignoro si por carencia o por mala voluntad, no podemos o no queremos tender la mano, no para darles un pez –parafraseando al sabio-, sino para enseñarles a pescar.

 

-Libertad al dictado

Llevo diciendo desde hace mucho tiempo que la tan encomiada emancipación femenina no es tal. Pocos me dan la razón; incluso las propias mujeres defienden que la vida actual es mucho mejor que la de sus abuelas. Será verdad y cada uno vemos aquello que queremos ver y con eso nos conformamos, pues ya es un hecho científico comprobado que nuestro cerebro busca siempre tranquilizarnos. Indudablemente sería un grave problema que las féminas empezaran pensar, o simplemente a comparar su vida con la de sus antepasadas. Cierto es que hace medio siglo o poco más el matrimonio era de conveniencia en muchos casos y además indisoluble, fuera como fuese la convivencia entre la pareja, en la que, casi en un 99%, la mujer era la víctima. Eso ha cambiado; ahora podemos elegir marido, divorciarnos en el caso, cada vez más frecuente, de que nos salga controlador, machista, vago, mujeriego o excesivamente juerguista, o por lo menos intentarlo, porque si al “machito” de turno no le apetece, pondrá toda clase de trabas e inconvenientes y, en casos extremos, llevará a la práctica aquello de “la maté porque era mía” o, en un ejercicio de sadismo canalla, quitará la vida a sus propios hijos, seguro de conseguir con ese acto la anulación como ser humano de su compañera.

Ahora trabajamos fuera de casa y no dependemos económicamente de los hombres. Eso también está muy bien y nos diferencia, y mucho, de nuestras antepasadas. Ellas, las pobres, cuidaban de su casa y de sus hijos y en las tardes se sentaban con sus vecinas o amigas a coser o tricotar, charlando de sus problemas y sueños. Nosotras no cosemos; nosotras acudimos corriendo a nuestros respectivos trabajos, después de dejar las comidas hechas, las ropas planchadas, la casa más o menos ordenada y los niños en las guarderías o en manos de sufridos abuelos que, con todo su amor, sacrifican sus últimos años en la cría de la segunda camada. Pero tenemos nuestros salarios. Sólo que no son nuestros; son del banco o complementan los escuálidos sueldos del compañero para el mantenimiento del hogar.

Nada tiene que ver la libertad que disfrutamos hoy con la de antaño. En el pasado ninguna mujer podía abandonar su hogar sin permiso y compañía. Ahora sí; ahora podemos salir a cualquier hora y acudir a cualquier sitio solas. Aunque es conveniente evitar ciertos lugares y momentos porque algún mal nacido puede estar al acecho y llevarse nuestras tarjetas de crédito o nuestra dignidad, por el simple hecho de ser más alto y más fuerte que nosotras.

También somos dueñas de nuestra sexualidad. Muy lejos queda aquel mítico cinturón de castidad, si es que existió alguna vez materialmente, aunque sin duda sí que lo hizo ideológicamente. Podemos decir que sí deseamos una relación. Además, solemos hacerlo sabiendo que es lo conveniente porque el negarnos implica ser una antigua, una estrecha y una frígida, y eso no nos gusta a ninguna. Por otra parte, los hombres no pierden el tiempo en galanteos, regalos o atenciones, de modo que o decimos que sí enseguida, cosa que a ninguna nos gusta porque eso no casa en absoluto con nuestra programación genética, o el fulano se larga a buscar otra más moderna, abierta –la palabra no tiene segunda intención- o apasionada. Y la encuentra, vaya que sí. Cualquier jovencita de hoy en día ha comprendido el sistema a la perfección: o están dispuestas al juego masculino o se quedan solas. Y lo han comprendido hasta el extremo de que un bar de Granada ofrece como premio de... no importa qué, a una de sus camareras; probablemente ni a la esposa ni a la hija del dueño, sino a una pobre chica que necesita su sueldo y que además está perfectamente integrada en el tiempo de ¿libertades? femeninas que le ha tocado vivir.

¿Por qué el dueño de ese bar se ha permitido tamaño despropósito? Porque también él conoce la realidad en la que vive. Sabe que en la actualidad no sólo se utiliza y en muchos casos se mancilla impunemente el cuerpo y la dignidad femenina, sabe que se ha conseguido llegar mucho más allá, manipulando y doblegando la mente de las mujeres, hasta el punto de que crean que hacen libremente aquello a lo que están obligadas, bajo pena de ser excluidas o apartadas de la idílica vida que para todas nosotras dibuja la sociedad más hipócrita de la historia.

Indudablemente somos diferentes a nuestras abuelas; ellas, al menos, eran señoras de su casa y su pensamiento volaba realmente libre, soñando libertades.

 

-Las mujeres y los niños primero

No son suficientes las buenas palabras ni los “cursos de adaptación”, ni siquiera la castración química; violadores y pedófilos reinciden y siguen aumentando. Si estamos hablando de enfermos, entonces serían necesarias medidas terapéuticas, pero impartidas con estricto control e incluso severidad porque, aun en el caso de tratarse de desórdenes físicos, esas personas son una amenaza para la sociedad en sus sectores más débiles y sensibles: mujeres y niños.

En estos días recoge la prensa consejos e indicaciones dirigidas a las posibles víctimas de violación para su protección. Eso está bien; debemos dejar de lado la idea trasnochada e ingenua de que “todo el mundo es bueno” y retomar los instintos de huída y defensa que habíamos ido abandonando. Pero ¿qué va a cambiar para los agresores? Dejando de lado una mínima parte de enfermos, el resto son verdaderos depredadores que buscan emociones fuertes, pues nuestra tolerante sociedad ya les ha consentido experimentar, desde antes de echar los dientes, todas las pobres satisfacciones que una vida normal puede ofrecer. La red de pedofilia recientemente descubierta se regodeaba intercambiando experiencias de “gran crudeza y depravación” y proyectaba secuestrar niños para someterlos a todo tipo de torturas y vejaciones, para posteriormente, en algunos casos, matarlos. Y se permiten el lujo de hacerlo público, sin miedo a las consecuencias. ¿Por qué? Porque están seguros de que en ningún caso las penas serán proporcionales a los delitos. Es muy triste llegar a pensar esto, pero ya empieza a hacerlo mucha gente. Y no hablo de venganza, hablo de prevención, de advertencia, de abortar oscuros instintos que la permisividad excesiva fomenta.

En el momento en que escribo esto, desconozco aún la sentencia que va a imponérsele a Bretón, dado el caso de que se le considere culpable. Tampoco me importa; tengo la seguridad de que tamaño mal no puede pagarse nunca. Si él ha sido el responsable de quitar la vida a dos inocentes criaturas, ¿por qué lo ha hecho? ¿Por demostrar a su mujer que “siempre tengo razón”? ¿Por venganza, o simplemente por conocer que es dueño de sus caprichos y que no va a privarse de ellos sabiendo que, aun en el caso de ser descubierto –cosa bastante improbable desde su punto de vista de poderoso machito- el castigo, siempre leve para tamaña falta, no iba a impedirle hacer su voluntad?

Pocas veces estoy de acuerdo con las atolondradas y casi pueriles soluciones propuestas por algunos políticos –sean del color que sean- y en el caso que voy a comentar tampoco, aunque en un primer momento recibí la noticia con esperanza. Está muy bien que se haya elevado la edad de consentimiento en las relaciones sexuales, aunque muchos defiendan que a los trece años se sabe muy bien lo que se está haciendo. Probablemente así sea, pero alrededor de esa decisión hay otros muchos factores que un niño no es capaz de controlar. Está bien, decía, el cambio, pero –ya está el pero- habría sido deseable elevarlo hasta los dieciséis años, edad a la que el horizonte del adolescente se ha ampliado lo suficiente para darse cuenta de que el adulto que lo pretende manejar lo hace para su propio beneficio.

Lo habitual en estas situaciones es que sean hombres los protagonistas de semejantes desmanes, pero, desgraciadamente, no tienen la exclusividad; dentro de este oscuro grupo de seres humanos hay también mujeres, incluso madres, como es el caso, recogido así mismo por la prensa, de una depravada que prostituía a su hija discapacitada, para disfrute de descerebrados, que lograban su placer mancillando la absoluta inocencia que se les brindaba.

La libertad es un derecho inalienable del ser humano, pero debe terminar siempre donde comienza la de otro. Después de algunos años de democracia –al menos en las urnas- debemos plantearnos que sólo las buenas palabras no sirven para frenar o reconducir ciertas conductas. Tal vez deberíamos endurecer las penas o, simplemente, hacerlas cumplir en su totalidad, aliviando así no sólo a los padres que no se atreven a levantar la vista de sus hijos o a las mujeres que no pueden andar solas por la calle, también a nuestras fuerzas del orden, que se afanan en cumplir con su trabajo, deteniendo a indeseables, para verlos a los pocos meses delinquiendo de nuevo.

 

-"Charanga y pandereta"

Sé que no debería escribir esto porque alguien habrá que me tache de resentida, y eso, junto a “facha” y “antipatriota”, es lo peor que te pueden llamar, pero tengo que decirlo porque si no, como dice una buena amiga, me broto.

He leído en prensa que Carmen Bazán, la ínclita madre del por demás culto e im-presionante extorero, o torero, o cantante –no sé muy bien- Jesulín, ha escrito un libro. Y no es que la buena señora no tenga derecho a escribir -¿escribir?- que lo tiene, por supuesto, lo que me asombra es que haya encontrado quién se lo publique, porque ahora, ¿sabe usted?, las editoriales no están en condiciones económicas de publicar nada y “su manuscrito no está dentro de nuestra línea editorial”, dicen, aunque lo que realmente quieren decir es: «No deseamos publicar aquello que no esté respaldado por el escándalo, la popularidad, el amiguismo, o... que la “autora” sea la madre de un torero». Y eso es lo único que les importa, salvo honrosas excepciones, que seguramente se darán. ¿Qué se puede contar en ese libro que no se haya dicho ya mil veces en los programas televisivos que alimentan el espíritu menguado y renqueante de millones de españolitos, a los que, a falta de pan y circo, se les nutre con bimbo y cotilleo?

Bueno, he de reconocer que no es todo comadreo; también invertimos en fútbol que, a falta de apasionarnos por gladiadores, porque eso de la sangre pues... En fin, que pagamos cincuenta y siete millones de euros por un jugador de nombre Neymar, o algo así –los clubes adeudan a Hacienda 752 millones de euros-, y echamos a una científica, Ángels Sierra, eminente investigadora de la lucha contra el cáncer de mama, por ahorrarnos cuarenta mil euros al año. No me negarán que la carambola es brillante. Los necios se olvidan, siguiendo las evoluciones de un balón, de que no tienen qué darles a sus hijos y las mujeres que pasan de treinta años, y que por tanto ya no son tan interesantes, a lo peor se mueren, dejando su puesto de trabajo o su pensión para disfrute de otros. Dicho así, suena fatal, ¿verdad? Y para dulcificarlo ¿cómo lo diría usted?

El método está resultando. Las tasas universitarias cada vez más altas y los múltiples, variados e inoperantes sistemas de enseñanza de los diferentes gobiernos que, después de arrebatar a padres y educadores la autoridad, pretenden ahora multar a los primeros por las borracheras de sus hijos, unido al morbo que se escarba desde los programas televisivos que acompañan nuestras horas vacías, están consiguiendo que se reduzca drásticamente el número de estudiantes, y por tanto de personas capaces de tomar las riendas de su vida, sin dejarlas en manos de políticos que, por no perder sus prebendas, recortan y recortan del conocimiento, la salud, la justicia y, dentro de muy poco, de la tan cacareada esperanza de vida, puesto que si se rebajan las pensiones y los ancianos dejan de poder pagar su pescado, frutas y verduras, y empiezan a comer salchichas y tocino, morirán mucho antes, si nos fiamos de lo que nos habían contado hasta ahora, cuando lo que interesaba era el consumo.

Pero eso sí; seguimos siendo el país más “progre” de la Unión Europea -¿qué digo?, del mundo-. La prueba nos la acaba de dar nuestro querido y nunca suficientemente imitado Obama. Muy listo él, sabedor de que una de nuestras más brillantes virtudes es la tolerancia, nos ha enviado un nuevo embajador, que llega acompañado de su novio. Y no es que me importe en absoluto la vida sexual de nadie, pero ¿por qué no lo mandó por ejemplo a Francia?, por decir un país. Esto, sin duda, será buenísimo para nuestra política exterior: que sepan que somos los más adelantados en... algo. Casi estoy tentada de ponerme en contacto con la antigua esposa de Putin, para que cambie su retiro en un monasterio por un chalet en Marbella. Porque aquí cabemos todos; hasta las pobres y viejas gordas, desplazadas por jovencitas que pueden ser las hijas del macho alfa que no envejece nunca. Pero claro, no. Si lo que ella busca es que la dejen a solas con su desilusión, aquí sería imposible, porque no pararíamos hasta conseguir hacerle perder su dignidad, llorando su abandono en televisión.

Somos acogedores, pobretones e ignorantes, y lo seremos mucho más a poco que se empeñen nuestros políticos y algunos de nuestros prestigiosos editores, por no seguir señalando.

 

-La Epopeya ultrajada

Leyendo a Felipe Fernández-Armesto, historiador y catedrático de la Universidad de Notre Dame en Indiana, compartía su desespero por la vigencia, inexplicable a estas alturas de investigaciones e información, de la estúpida Leyenda Negra, nacida en su momento para servir intereses políticos de naciones envidiosas, decididas a acabar con el Imperio Español empleando todos los medios a su alcance.

Se asombra el profesor Fernández-Armesto de que esa peregrina idea aún sea aceptada no sólo por la masa ignorante de los EE.UU. sino también, y sobre todo, por algunos de los supuestos intelectuales de ese país, que tachan a España de “racista”, “cruel” y “mísera”. Esto último no sé si lo refieren a nuestra catadura moral o a nuestras posibilidades económicas, aunque en ambos casos, dados los múltiples hechos de corrupción actuales y el incontable número de parados, sería muy difícil de rebatir. Pero en cuanto a los otros dos adjetivos, no hay más que echar una rápida ojeada sobre el llamado “país de las oportunidades” y comparar. En las tierras dominadas por España los indígenas se cuentan por millones, a pesar de las devastadoras epidemias de las que fuimos portadores, que no responsables voluntarios. En las otras zonas apenas quedan unos miles de indios, confinados en reservas para evitar en lo posible que se mezclen con los “elegidos” o que lleguen a ocupar altos cargos dentro de la Administración.

Y se repite, no faltaría más, la manida historia de la Inquisición, que al parecer sólo se dio en España; el resto de Europa, que nos sobrepasó con mucho en el número de torturados o ajusticiados, debió de cometer esas atrocidades obligado también por el gobierno español, si es que las cometieron, porque a estas alturas casi han conseguido borrar de sus recuerdos esa página vergonzante, como lo han hecho también con sus revoluciones internas o sus conquistas. Al parecer ninguno ha expoliado o dado muerte a los indígenas a los que han sometido.

No voy a defender desde aquí ningún tipo de conquista, guerra o derramamiento de sangre, pero si debo decir que nuestro descubrimiento de América, a pesar de que ahora se prefiera decir que fueron los vikingos –sanguinarios ellos donde los haya-, se hizo por hombres españoles, esforzados y visionarios, y con los dineros de España. Y que no hay duda de que, como seres humanos que somos, cometeríamos desmanes, errores y abusos, pero ahí están las cartas en las que La Corona equipara a los habitantes del Nuevo Mundo con sus propios súbditos y, por si esto fuera poco y abundando en la refutación de “racista”, tendríamos que tender de nuevo la mirada alrededor y pararnos a escuchar el incontable número de apellidos españoles que portan los nativos hispanoamericanos –que no latinoamericanos, como nos empeñamos en decir, aun cuando nos referimos sólo a los de habla hispana.

Los argumentos en defensa de nuestro descubrimiento servirían para llenar un abultado ensayo, pero no es el caso ni el medio. Me limito a compartir la desesperación del profesor Fernández-Armesto, no sólo porque los americanos nos vean así, sino porque hay una gran mayoría de españoles que, como ovejas bien amaestradas, sigue prestando oídos a tamaño despropósito y se flagela pensando que así está más a la altura de los países modernos y civilizados.

Nuestro pueblo, señores, aunque ahora no lo parezca en absoluto, fue cuna de hombres esforzados y valientes, que hubieron de pagar con sus corazones sangrantes sobre altares de dioses crueles sus sueños de mejorar y de conseguir elevarse por sus propios medios por encima del ambiente y las circunstancias que les tocaron al nacer, y esa epopeya –que ningún otro nombre merece- no es única en nuestra historia. Es vergonzoso que cubramos de insultos a unos antepasados que lucharon por su tierra y sus gentes y que, desde luego, no fueron en absoluto peores que sus contemporáneos de otros países, como se empeñan en hacernos creer desde fuera y, lo que es más triste, desde dentro. Con esa actitud servil, empecinada en ser eco de los que nos denigran, jamás conseguiremos levantarnos y, desde luego, no podremos alcanzar ni siquiera el ruedo de la capa o el tacón de las botas que descubrieron para nosotros y para toda la humanidad un Nuevo Mundo.

 

- Niños agotados y aburridos

Deberes sí o no. Una cuestión que ya viene de largo, con defensores y detractores por igual.

Yo hablo desde mi experiencia de años en la enseñanza, enfrentándome a padres que, por la comodidad de tener a su hijo sentado, valiéndose de la autoridad del profesor, presente en las tareas encomendadas para casa, me pedían deberes. Mis alumnos trabajaban unas seis horas diarias en el aula –estoy hablando del periodo en que impartí clases de primaria- y lo hacíamos con total dedicación, enlazando un trabajo con otro, sin apenas descansos. ¿Es justo –demandaba a aquellos padres y demando hoy al sistema o al responsable que corresponda- cargarles con otras dos o tres horas de tarea complementaria para casa? Siendo la experimentación, la comunicación y el juego lo mejor para el aprendizaje del niño, ¿en qué momento puede hacerlo?

Empiezo –y mis directores de aquella etapa lo saben- por no estar de acuerdo con las clases por las tardes. Creo que una mañana bien aprovechada da tiempo para adquirir unos conocimientos que, en muchos casos, podrían dominarse mejor con la experiencia diaria.

Se hacen estadísticas que comparan países en que se emplean quince minutos en hacer deberes, o incluso nada, con otros como el nuestro, donde parece que todos los conocimientos académicos sean exclusiva obligación de unos padres que, por motivos de trabajo o hartazgo existencial, están ausentes casi siempre, y lo grave es que muestran que no por más deberes hay más información o interés; muy al contrario. En Finlandia el fracaso escolar es del 9,8% y en la “trabajadora” España es del 26,5%. Nuestra escuela, con sus desatinados niveles de exigencia, está llevando a los chicos a un hastiado desencanto ante lo que debería ser el gozo del descubrimiento y la satisfacción de sus curiosidades.

A los progenitores que, empecinados, me exigían deberes para su vástagos, siempre les aconsejé que el tiempo que pudieran dedicarles, lo hicieran mostrándoles el mundo, porque para los niños todo es nuevo: el despuntar o la caída de una hoja, el camino del sol, el canto de las aves, la compra del supermercado, la ayuda que debe prestársele a un anciano o la forma de freír un huevo. Esa es la enseñanza que debe pedírseles a los padres porque para eso todos están preparados. La otra, la académica, es, o debería ser, exclusiva de los profesores y dentro de las aulas.

Por otra parte, nunca he podido entender que los enseñantes hagan dejación de sus obligaciones, ignoro si por comodidad o porque creen realmente que están haciendo un favor a sus alumnos; en ninguno de los dos casos estarían acertados. En el primero, ¿cómo hacen coincidir sus métodos con los que a los padres se les alcance para enseñar a los niños a restar? Y en el segundo, ¿están dispuestos a lidiar con críos empachados, agotados y somnolientos, cuando, sin disponer de tiempo para nada, acudan a sus clases al día siguiente? ¡Ah! Pero la responsabilidad... ¿Qué responsabilidad deberíamos educar, la de los adultos o la de los pequeños? Creo que las dos, pero no olvidemos que los niños imitan nuestros actos, no nuestra palabrería.

Si los contenidos no son los adecuados, cambiémoslos; si las horas lectivas son excesivas, reduzcámoslas; si el alumno aprende mejor experimentando que memorizando, salgamos del aula... Adaptemos, en fin, nuestras programaciones y objetivos al tesoro que nos han puesto en las manos y que debemos moldear con sumo cuidado y cariño. No entendamos esto como nos dé la gana, como, por ejemplo, hacemos en la actualidad, pasando de curso a un niño que, por nuestra culpa o por su escasa capacidad, no ha podido alcanzar el listón propuesto.

Dejemos que cada uno haga su papel lo mejor que pueda o sepa, sin estrés ni angustia, porque todo es mucho más sencillo si se deja fluir, pues ya está pensado. El profesor podrá disfrutar de ayudar a sus alumnos a descubrir y los padres, hartos de trabajos y de prisas, al llegar a casa podrán ser cariñosos, tranquilos y ecuánimes, tal como sus hijos esperan que sean, al hacer desaparecer el punto de fricción y crispación que representan los interminables deberes. Así se potenciará también la igualdad, pues la enseñanza llegará a todos de forma idéntica; no olvidemos que hay padres que por carecer de tiempo, información o posibles para buscar profesor particular, no pueden ayudar.

Empleemos esas horas de libertad sabiamente, en deportes que eviten el sedentarismo de las nuevas “maquinitas”; en adquirir conocimientos musicales que abran o conecten, o lo que sea que haga de positivo la música con los cerebros en formación; en tiempos compartidos, viviendo al unísono las experiencias cotidianas...

   Hace días, la prensa se ocupaba de este asunto, añadiendo estadísticas de los distintos países, que probaban que no por exprimir al máximo a los pequeños los resultados eran mejores, a excepción, decían, de algunos asiáticos, donde, como en muchos de nuestros colegios, después de clases de mañana y tarde, más del 90% de los pequeños acuden a academias para continuar con sus trabajos, liberando así a sus padres, que los recogen a las ocho de la tarde y los acuestan enseguida porque al día siguiente hay que madrugar. Es de esperar que los niños que logren superar tendencias suicidas lleguen a ser adultos muy preparados académicamente pero, sobre todo, individuos sin creatividad ni iniciativa; ciudadanos, en fin, disciplinados y manejables, que, en última instancia, es de lo que se trata.

 

-¡Al fin la igualdad!

Hoy es un día en el que el colectivo femenino ha de emplearse a fondo en lanzar fuegos de artificio. El todopoderoso reino masculino del ejército americano se ha apretado un poquito y ha cedido puestos en primera línea de combate a las mujeres. Y todas nosotras, con bebés colgados del pecho, de las faldas –perdón, de los pantalones- y con la barriga cargada de nuevo, nos hemos lanzado en plancha, formando largas colas para alistarnos y experimentar el último placer, de los muchos que hemos emulado del colectivo masculino: matar con licencia; como el 007, pero a lo bestia.

Creo que éste es, con mucho, el mayor logro conseguido por las féminas en el último siglo. Pasamos de ser las delicadas flores de invernadero del Romanticismo, a ser fuertes, liberadas e independientes. Ahora fumamos, bebemos, salimos de noche sin necesidad de acompañantes, hacemos uso de nuestros cuerpos para beneficio propio –pero sobre todo para el de los machos que lo han propiciado-, trabajamos ocho horas fuera y otras diez en el hogar, nos ocupamos de ancianos, criamos hijos, atendemos a maridos “desbordados” por sus estresantes profesiones y, además, hemos de encontrar tiempo para presentarnos siempre impecables y, si es posible, calzando tacones de vértigo, porque eso es lo que nos aconsejan los dictadores de la moda. Estos vapuleadores de mujeres nos piden incluso que no comamos demasiado –objetivo loable que comparten con los médicos-, y apuntan que, si fuera posible, deberíamos no ingerir prácticamente nada –la clásica manzana sí se permite- por tres razones: primero, por aquello de “lo que te alimenta te puede matar”; segundo, los vestidos que diseñan sientan mucho mejor sobre los huesos que sobre la carne –conseguir que una prenda se ajuste con gracia a unas curvas incontroladas es mucho más difícil-; tercero, eliminando la ingesta de alimentos, la cesta de la compra nos resultará mucho más barata. Y en eso estamos todas, en conseguir lo más posible con el menor aporte de calorías, para encajar en el prototipo que se ha pensado para nosotras.

Lo más misterioso de este asunto es que hayan conseguido hacernos creer que esa es la liberación que buscábamos. No nos importa ganar menos que los varones con igual trabajo. ¡Qué digo igual! Siempre superior porque debemos demostrar constantemente que nuestro jefe no se ha equivocado al contratarnos. Eso sí, sin pasarnos, porque sólo faltaba que intentáramos hacer creer a alguien que valemos mucho más que algunos de nuestros compañeros –no he dicho compañeras- con los que compartimos ocupación. Nunca nos quejamos de que nos carguen con lo que nadie quiere, no vaya a ser que piensen que, por ser mujeres, no estamos preparadas, dispuestas y con el pensamiento libre de nuestras otras obligaciones que, por supuesto, han de estar cubiertas, sin que se altere el funcionamiento de la empresa y ni siquiera los hábitos del compañero -no queda muy claro si es el de trabajo o el de cama. Pero bueno, da igual; para los dos serviría-. Siempre a punto; sin ojeras por la noche que hemos pasado meciendo al bebé y sin quejas por la menguada resistencia propiciada por el exceso de trabajo y la escasez de alimento.

Somos ideales. Y ahora deberemos aprender a destilar testosterona o, en su defecto, a tomar una píldora. Al fin y al cabo ya tomamos otra para comodidad del varón; sólo sería añadir una más y ¡hala! A correr trincheras...

Al fin somos total y absolutamente libres.

 

-La muerte de un padre

Don Antonio ha cruzado El Umbral, y lo ha hecho sostenido no sólo por aquellos que lo amaban y respetaban, también, y sobre todo, por el Poder que siempre lo acompañó a lo largo de su fructífera existencia. La enfermedad, o simplemente el tiempo, lo alcanzaron como a todos los mortales, pero también ellos parecieron hacerlo con un cierto cuidado, procurando que sus padecimientos fueran los menores posibles, dentro de lo inevitable.

Se fue, o mejor, se lo llevaron, sin ruido, con la paz que él siempre supo transmitir a todos aquellos que lo conocimos y, por tanto, lo amamos. Y hasta dejó salir aquel humor socarrón que chispeaba su privilegiada inteligencia. Alguien le aconsejó que descansara, que durmiera, y él, consciente del fin, quitando preocupaciones y dolores, consiguió aún arrancar una sonrisa a los que lo acompañaban, contestando con gracejo: “Pero si no me dejáis”. Se callaron y durmió, sin ruidos, sin aspavientos; dulcemente se apagó su respiración y se dejó llevar por los brazos que lo esperaban con el gozo de la bienvenida.

A partir del jueves día 13 de diciembre, los leoneses tenemos un ángel más que cuidará, como ya lo hizo en vida, de todos nosotros y de su amada basílica de San Isidoro. Y el Panteón de Reyes, donde tantas horas pasó ensimismado en sus reflexiones, estudios y oraciones, contará con un protector más que, junto a “mis infantas”, como él me dijo en una ocasión, refiriéndose por supuesto a las princesas leonesas, velará porque una de nuestras más preciadas joyas se conserve y siga siendo patrimonio de todos los leoneses.

Se nos ha ido el padre acogedor y complaciente, dispuesto, a pesar de sus múltiples ocupaciones, a escuchar, aconsejar y consolar. Yo siempre lo sentí como tal y así lo denominé. Recuerdo que una amiga común, oyéndome hablarle, me dijo que nadie le llamaba “padre”; era simplemente “Don Antonio”. No entré en explicaciones; a veces es difícil expresar un sentimiento o una emoción. Callé, pero seguí dirigiéndome a él con el apelativo que más cerca está del alma de todos nosotros.

Digo que se nos ha ido porque nos será imposible verle de nuevo caminar, parsimonioso, por el edificio al que dio valor y que nos honra como leoneses, pero su espíritu ancho y poderoso quedará para siempre junto a aquello que amó, y para volver a escuchar su voz comprensiva y afectuosa o sentir su envolvente presencia, sólo tendremos que visitar la basílica y elevar nuestras golpeadas almas en una oración.

Descanse en paz, respetado y querido padre, y que su mano protectora siga extendida sobre esta ciudad y sus gentes, en unos momentos de grandes dificultades, necesitadas de verdaderos y desinteresados apoyos, como siempre fue el suyo.

 

-La generación "Servidora de usted"

Hace poco escribía sobre el maltrato a los niños por los caprichos y venganzas particulares de los padres que les tocaron en desgracia, que no en suerte. Otro caso reciente me obliga de nuevo a levantar la voz contra esos individuos -e individuas, no faltaría más-, que al ver que su hijo no es el muñequito manejable y sonriente con el que soñaron, se apresuran a deshacerse de él, convirtiéndolo en piedra arrojadiza, pues ya que es un problema, que les sirva al menos para desfogarse.

Y aquí aparece la figura de los abuelos, tratando de compensar deficiencias: de tiempo, por trabajo; de afecto, por dispersión; incluso con medios económicos, por la desastrosa situación actual o simplemente porque sus hijos, a los que han criado empecinados en evitarles los abusos por ellos sufridos, pensando que el amor, la educación y la sobra de posesiones iban a elevarlos, han decidido no trabajar, viviendo en la comodidad del hogar paterno.

La generación que hoy mantiene el país, y no solamente desde el punto de vista económico, ha sido una de las más machacadas de la historia reciente. Nacieron en una dolorosa posguerra y crecieron entre venganzas, dolores y estrecheces. Todo adulto se consideraba con el derecho de descargar sobre ellos la rabia que los carcomía; unos por considerarse dioses todopoderosos y otros por tener que bajar la cabeza y callar para evitar males mayores.

Esos niños eran mandados, sin ningún tipo de consideración, y en muchos casos sin afecto, por padres estragados y maestros autoritarios, que desconocían o les importaba un bledo eso de los traumas. Cualquier adulto podía afear sus conductas o, si el caso llegaba, “calentarles” los mofletes o las nalgas con unas buenas palmadas o, incluso, con una vara pulida al efecto. Y los pequeños entendieron el “diálogo” –como aseguraba Gila- y se plegaron a lo que se les exigía. Trabajaron o estudiaron –en muchos casos ambas cosas- y, aunque fuera a regañadientes, obedecieron y se convirtieron en una generación visionaria, la cual, cansada de abusos, cantó al amor y a las flores y a lograr un mundo donde los niños no tuvieran que vivir guerras ni traumáticas posguerras. Y sobre todo se empeñaron en conseguir que sus descendientes fueran felices y tuvieran todo aquello que a ellos les faltó. Y lo tuvieron ¡Vaya que sí! Crecieron libres y alegres y... Así quieren seguir: con las espaldas cubiertas, sin trabajos ni ataduras. Y cuando un bebé los molesta y lo arrojan por la ventana, allí debe estar el abuelo, para recoger al niño y evitar que reviente.

Quiero pensar que esta mujer –que no madre, pues esta palabra define un estado distinto-, haya cometido semejante tropelía empujada por una mala salud o un estado de fondo patológico, porque si no cualquiera podría juzgar su acto como el peor crimen que un ser humano puede cometer, y a nadie compete pensar tal desatino, porque sin conocer -y aun conociendo- las interioridades del hecho, el oficio de juez no es deseable y mucho menos conveniente para la calle.

De cualquier forma, la generación del “Servidor de usted” sigue en la brecha, cargando con todo y haciendo frente a todo, sin exigencias ni reconocimientos... Porque sí, porque le enseñaron a obedecer y servir. Y, vistos los resultados, uno se empieza a cuestionar qué metodología es más conveniente -aquélla del absoluto control o ésta del completo descontrol- para una sociedad, que mantienen los cansados abuelos, con una voluntad de hierro y los pocos cuartos que la Administración, después de habérselos cobrado por adelantado durante treinta o cuarenta años de trabajo, les paga graciosa y generosamente. Esperemos que el ciego afán recaudatorio no hunda también este pilar del Estado, porque, en ese caso, el abuelo no estará bajo la ventana para detener la caída de su nieto y todo se vendrá abajo.

 

-El último patrimonio del pueblo

Mucho se ha escrito, no sólo en el momento actual, también a lo largo de los siglos XIX y XX, a favor o en contra de nuestras Juntas Vecinales, pero como leonesa y amante de las tradiciones no puedo evitar poner una piedra más para el mantenimiento de este duro camino, que resiste y se alarga, a pesar de los embates sufridos con el paso del tiempo.

Algunos historiadores datan la creación de los Concejos allá por los siglos en que nuestros reyes ensanchaban fronteras y eran temidos y respetados. Otros opinan que de instituciones visigodas se trata. Personalmente creo –con perdón de todos ellos, sin duda mucho más cualificados- que ya nuestros olvidados astures, herederos de culturas celtas, celebraban este tipo de asambleas, para poner orden en sus hombres y tierras.

Eran de asistencia obligatoria, ya que para opinar, defender o denostar algo, había que hacerlo en público, a cara descubierta y sin rodeos o cotilleos que a nada efectivo conducían. Los cabezas de familia habían de acudir a la llamada de la campana, para refrendar o contestar con su voto las propuestas que gobernaban –y todavía gobiernan- aguas, tierras y los variados recursos que de ellas se deriven, para mejora y aprovechamiento de sus habitantes.

Pero llegó el siglo XIX y con él los liberales que, muy “progres” ellos, vieron unas riquezas de las que desearon apropiarse, partiendo de la base de que los rústicos eran idiotas e incapaces de gestionar su patrimonio. Y no sólo tomaron las tierras y posesiones eclesiásticas, intentaron también hacer lo propio con los montes, manantiales, pastos, aire y luz de las aldeas. Pero se resistieron los paisanos con uñas y dientes y el Estatuto Municipal del 8 de marzo de 1924 acabó por admitir y reforzar el reconocimiento jurídico y la titularidad de las tierras de las Juntas Vecinales.

La institución no sólo es modelo de democracia participativa y de libertad, sino que además es única en Europa y no genera ningún gasto, ya que sus pedáneos y vocales, en un país que vive para mantener a sus políticos, no cobran ni un duro –perdón; ni un euro-. Quizá por eso no han perdido ni un centímetro de su patrimonio territorial, sino que han conseguido incrementarlo, casi siempre a costa de la decadente nobleza, con la que estuvieron enfrentados en todo momento, defendiendo lo suyo.

Y ahora, en un tiempo en que la boca se nos llena de democracia, volvemos a intentar hacer desaparecer los Concejos. Sin duda es un momento idóneo. Los pueblos están habitados por ancianos, la despoblación aumenta por momentos y, sobre todo, hay que llenar las arcas para seguir dilapidando. Pero si las Juntas Vecinales desaparecen y los pocos habitantes que queden se desentienden de montes y manantiales que ya no les pertenecen, ¿quién se encargará de su conservación? ¿Lo hará tal vez un Estado que ya ni siquiera es capaz de proteger debidamente a sus enfermos y ancianos, sectores de la sociedad que mayor apoyo necesitan? Desengañémonos. Nadie lo hará, y el monte bajará a los caminos y los animales salvajes usarán las carreteras y los pocos manantiales de aguas puras de montaña que aún se conservan desaparecerán porque nadie limpiará el hontanar ni el cauce.

Sin duda es el momento de cometer la injusticia, levantando bienes que siempre ha pertenecido al pueblo. Los ancianos, cansados de trabajos y años, no tendrán fuerzas para oponerse. O quizá sí, y volvamos a ver, como indica la documentación de Marrubio del año 56, como unos vecinos, hombres y mujeres, armados con palos, hoces y objetos de labor, obligaron a suspender una repoblación de pinos con la que no estaban de acuerdo, pues les dejaba sin pastos y leña.

El leonés fue siempre un hombre libre, sin señores ni leyes más allá del derecho consuetudinario. Esto no deben olvidarlo algunos políticos, la nueva nobleza, casta de inútiles señoritos, que no ven más allá del beneficio inmediato y no son capaces de imaginar el daño que se seguirá de una ley que traería consigo el abandono definitivo de la tierra, al arrebatarle al pueblo su último patrimonio.

 

-La mirada del Cristo

¡Qué fino y qué “progre” queda eso de “jurar de forma laica” por su “conciencia y honor”, a estas alturas, cuando todos sabemos mucho más de lo que quisiéramos!

Retirar el crucifijo. ¿Por qué? Si a alguien no le importa lo que representa ¿qué valor puede tener su presencia? Aunque claro, si se le deja allí, con el tiempo, como el Cristo de la Vega, puede ser testigo de una palabra incumplida. Es mejor taparle los ojos con un paño o incluso, en un gesto mucho más drástico y efectivo, retirarlo.

Cualquier creencia o no creencia es merecedora de todo respeto, pero lo que es realmente absurdo es un acto vacío de contenido o que si algo expresa es la ignorancia del protagonista. La cultura europea, mal que pese a algunos, es el resultado de la idea cristiana; sin ella Europa no sería, o sería otra cosa. Nadie puede borrar con una absurda escenita dos milenios de historia, para sustituirla... ¿por qué? Eche el arrojado edil su mirada al entorno. ¿Qué tipo de creencia de las que nos rodea prefiere? Ya, ya sé, ninguna, será la respuesta. Otra vez la ignorancia. Quizá no se haya enterado aún de que incluso una parte de nuestro cerebro posee una pequeña parcela dedicada a lo espiritual. Queda por dilucidar si los primeros seres humanos aparecieron sobre la tierra ya con ella o fueron el tiempo y la necesidad los encargados de crearla, pero el hecho es que está ahí, en todos nosotros, incluso en los que, llevados por su deseo de destacar por algo que no sea el hecho de haber perdido una subvención de “cerca de 800.000 euros por mala tramitación”, juegan al despiste.

Seguramente la Iglesia, como institución regida por hombres, que no por ángeles –que ya nos gustaría- habrá cometido errores y los seguirá cometiendo, pero ahí ha estado también para proteger la cultura y cubrir muchas necesidades. Leo en el mismo diario que se hace eco del ampuloso gesto del edil, que Cáritas ha puesto en funcionamiento en Segovia un economato para personas en riesgo de exclusión. Eso por citar sólo un ejemplo actual e inmediato. ¿Qué se está haciendo desde otras instituciones –salvando honrosas excepciones- o partidos para paliar la situación de esas personas?

Tal vez este edil, a partir de ahora, con el Cristo retirado, tome para sí la labor de proteger, alimentar y consolar a los desheredados que, precisamente por gestiones... indebidas, como la suya propia, se encuentran en ese estado.

 

-La luz de San Isidoro

Creo que hoy a nadie se le ocurriría decir que los bancos no son necesarios en una economía de mercado, a no ser que desee retroceder en el tiempo al comercio del trueque. Ya los templarios, después de Roma, lo entendieron muy bien y, para evitar robos en los interminables viajes de la época y para asegurarse de que las cuantiosas donaciones de los devotos llegaran de una a otra encomienda, inventaron los libros de cuentas, los pagarés y las letras de cambio. Tan efectivos y honrados fueron sus métodos, que señores e incluso reyes a ellos confiaban la tenencia y administración de sus bienes, ya que sus intereses eran mucho más bajos que los que exigían los prestamistas judíos. Y sí, los templarios se hicieron inmensamente ricos, no tanto por sus actividades bancarias, que también, como por las donaciones que constantemente recibían con el fin de que pudieran mantener sus milicias guerreras en Tierra Santa. Pero claro, estamos hablando de otros tiempos en que una firma, un sello o la sola palabra eran compromisos sagrados, aunque el dinero les gustara tanto como a nosotros –no hace mucho, en nuestra tierras, los tratos se cerraban con un apretón de manos, sin letra pequeña-. De hecho, a Felipe el Hermoso de Francia lo sedujo de tal manera, que llevó a los templarios a la hoguera para poder rellenar las arcas propias, exhaustas de tanto dispendio.

Ahora no hacemos hogueras, pero dejamos a familias en la calle por una hipoteca impagada. No es algo que quiera entrar a juzgar porque estamos ante las consecuencias de un negocio que no pudo funcionar, pero, inocentemente, me pregunto: ¿Por qué se debe financiar a un banco con dinero público si no ha sabido, no ha podido o no ha querido hacer una buena gestión de sus activos? ¿Para seguir manteniendo, tal vez, los emolumentos astronómicos de sus directivos y consejeros? Y si eso es conveniente por apuntalar la economía, ¿no habría que cubrir también los errores o la mala suerte de una familia que no puede pagar su casa? Y si abandonamos a los ciudadanos a su suerte, con el argumento de que deberían haber estudiado adecuadamente su capacidad de endeudamiento ¿no sería justo hacer lo propio con los banqueros y responsabilizarlos de sus malas gestiones?

Lo que está claro es que se puede hacer mejor, y para muestra, la iluminación de la fachada de San Isidoro.

Resulta que cuando se instaló era necesario gastar 1500 euros cada día que se ofrecía el espectáculo. Ahora se ha conseguido ponerlo en marcha con coste cero. Indudablemente, los anteriores regidores no hicieron bien su trabajo, el cual, entre otras muchas cosas, era velar por el dinero que los leoneses ponían en sus manos y que, mal que les pese a algunos, sí que tiene dueño, puesto que es de todos nosotros.

Y pese a que nuestra obligación es criticar el desinterés o los abusos, hoy toca agradecer a las Concejalías de Medio Ambiente y Patrimonio su acertada gestión. Aunque no han hecho más que cumplir con su obligación, en los tiempos que corren casi resulta chocante. Tampoco debemos olvidar, pues de bien nacidos es, dar las gracias a la empresa y al propio artista, Xavier de Richemond, que con su generosa colaboración nos hace olvidar los desmanes cometidos por sus compatriotas en nuestra querida Basílica. Y por último, y sirviendo también al bien común, están los empleados del Ayuntamiento, quienes, sin ser tontos ni impedidos, habían sido relegados de entrada y hoy son los encargados de poner en marcha el espectáculo.

Es obvio que siempre hay alternativas y la obligación de los administradores es buscarlas, como en este caso. Y si no se hace, lo lógico, -pensamos desde el pueblo sufrido e ignorante- es que se pidan responsabilidades y que no se premie al inútil con sustanciosas jubilaciones y aportaciones multimillonarias para seguir sosteniendo sus desmanes. De lo contrario, tengo pensado pedir la nacionalización de mis deudas, caso de no poder afrontarlas. ¿Usted no?

 

-Otras Lancias

Queremos vivir -no sólo en León, en toda España- del turismo, y por pura desidia u oscuros intereses que es preferible no tocar, nos permitimos el lujo de destruir las ruinas de una ciudad romana –y casi con total seguridad de dos; también Lancia con su carga legendaria de defensa astur- para unir dos barrios, como “la mejor solución de futuro”, dicen. Me sorprende que aún no se haya propuesto la destrucción de nuestra maravillosa y única catedral, que nuestros antepasados construyeron sobre una tierra considerada sagrada desde siempre, puesto que corta el paso hacia la zona de San Pedro y el barrio de El Ejido. Por tanto, y para mayor comodidad de vecinos, arquitectos o ingenieros, lo más conveniente, en vez de buscar vías alternativas –que sí, que ya sé que se han buscado- sería derruir el monumento y construir varios carriles que facilitaran el tráfico, en lugar de obligar a circunvalar la ciudad, buscando entrada o salida a los susodichos enclaves. Sus restos podrían venderse a los americanos para aliviar la crisis o, como alguien propuso en su momento, emplearse en la construcción de hospitales.

Señores, si hemos conseguido ahogar todos los medios de producción o mantenimiento de nuestra castigada provincia y ahora pretendemos agarrarnos, como única tabla de salvación, al turismo, ofrezcamos a nuestros posibles visitantes algo más que el canal romano situado en el parque de El Cid, porque me temo que eso no es lo que esperan cuando ofertamos el circuito por una ciudad que presume –por decir algo- de fundación romana.

Pero en pequeñas, y desde luego insuficientes, excavaciones realizadas en el vicus Ad Legionem ya hemos encontrado media docena de piezas que “se han inventariado y están custodiadas en el Museo de León, con lo que la conservación no resulta ya prioritaria”. Y lo decimos sin rubor, con el desparpajo del político que, por el hecho de serlo, se cree una especie de reencarnación de los denostados caciques, los cuales, mal que nos pese, siguen surgiendo como setas en otoño.

El Delegado Territorial de la Junta en León –sufriendo lo suyo, imagino- declara que él ha hecho lo posible... ¿Para qué? Pregunta uno, confuso hasta la insuficiencia. ¿Para seguir anulando lo que nos queda, tal vez? ¿O es que somos mal pensados y no sabemos interpretar por qué Valladolid no deja de crecer, mientras nosotros nos hundimos cada día un poco más? Y que conste que nada tengo en contra de los vallisoletanos o sus políticos, aparte de una sana envidia. Trabajan por su ciudad y tratan de conseguir para ella lo mejor, haciendo desaparecer incluso posibles competidores. Los nuestros –los políticos digo- andan obsesionados con su salto a Valladolid y no pueden ocuparse de León. Y a los leonesitos de a pie no parece importarnos mucho que nos ninguneen. Hemos olvidado –o puede que nunca lo hayamos conocido- nuestro pasado glorioso, que podría darnos de comer y aportarnos valor para defender lo nuestro. Ignoro si somos conscientes todos o sólo unos pocos de que León se muere y a nadie parece importarle.

Nos echan en cara nuestro número de pensionistas. Pero ¿quién se va a quedar aquí, con los sueldos que cobramos y los brillantes puestos de trabajo que podemos ofrecer? Los jóvenes han de buscarse la vida en lugares con más oportunidades, lo mismo que en su día hicieron esos jubilados, quienes, después de dejar su sudor y sus impuestos en provincias, no sé si más ricas o simplemente más reivindicativas, regresan para morir en la tierra que, a pesar de todo, aman porque saben muy bien que los hombres y no el terruño han sido los responsables de su obligado desarraigo.

León tenía multitud de recursos que poco a poco han ido desapareciendo. Ahora es su patrimonio histórico el que molesta; tapémoslo, por tanto. Se me ocurre que ya puestos a borrarnos del mapa y a restarnos importancia, podríamos, quizá, inventarnos un plan de reordenación del territorio, para reunir las tierras con características similares. ¿Qué mejor que conseguir que nuestra porción de Tierra de Campos se integre en las provincias que son, en sí mismas, Tierra de Campos? ¿Y nuestra montaña y sus riquezas potenciales? Tenemos demasiada. Una buena tajada le vendría bien a Palencia, por ejemplo. Y así. Esto, claro, es una fantasía nacida, como podrían apuntar algunos, de un doloroso resentimiento; una exageración que nunca se va a dar. ¿O sí?

 

-Siempre las dos Españas

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

 

Podríamos tomarnos la libertad de cambiar un par de palabras en los versos de Machado, para aplicarlo al chocante caso que nos ocupa. En vez de “vienes al” pondríamos “partes del”, y entonces reflejaría fielmente el despropósito que algunos medios de comunicación ya han denunciado.

Resulta que don Antonio Mingote se nos ha ido y no creo que, después de tantos años, nadie tenga dudas de que fue un gran dibujante además de un gran crítico de fina ironía, bien pulida por las distintas épocas que le tocó vivir, y que, por mucho que se niegue, siguen siendo censuradoras y punitivas. Alguien, tal vez él mismo –eso no lo sé ni me interesa- lo colocó a un lado de esas “dos Españas” que llora el poeta, por lo que tuvo que llevar, con más o menos pesar, la etiqueta de por vida. Lo que ya resulta oneroso e incluso vejatorio es que primero sus restos mortales y luego su memoria hayan de soportar ese rótulo, convertido para algunos en estigma.

Muchas páginas, tiempo y palabras elogiosas le ha dedicado una de esas Españas –creo, humildemente, que con toda justicia-. La otra, sorda, ciega y parece ser que incapaz de captar su agudeza y arte, atenta sólo al color de su bandera –si es que la tuvo-, apenas lo ha recordado. Y es deplorable que ni siquiera ante la muerte seamos capaces de colocarnos por encima de tintes o ideologías, para valorar al genio que, ya ido, no puede hacernos daño y ni siquiera sombra.

Resulta tremendo cuando extrapolamos este caso particular a pueblos, ciudades, autonomías y, al fin, a España –con perdón-. ¿Será posible que jamás logremos unirnos? Seguimos siendo aquellos rebeldes y sacrificados astures que cuando comprendieron que debían hacer un frente común ante al invasor era ya demasiado tarde.

La unión no implica uniformidad. Las mentes son, o deberían ser, libres para pensar, para sumarse o no a un grupo, para expresarse sin miedo a la etiqueta y al consecuente ostracismo. Los individuos, aquellos que son hombres –o mujeres, no faltaría más- de verdad, ya que las capacidades de elección y decisión deberían diferenciarnos del mundo animal, el cual se mueve exclusivamente por caminos programados, tendrían que estar por encima de banderías, cuando de asuntos claros e importantes se trata, como en el caso de Mingote, ya mencionado, o ante la situación económica presente, la cual parece marchar a pasos agigantados hacia un abismo sólo comparable a cualquiera de las pre o posguerras que este desgraciado planeta ha sufrido y sigue sufriendo, para servir siempre a inconfesables intereses, desconocidos por los que mueren o pasan hambre en esas contiendas.

No hay tiempo para demagogias ni gestos vacíos; el color no importa. Lo realmente urgente y fundamental es dar trabajo a las familias que están en paro, tratar a los enfermos, mantener a nuestros ancianos, que nos han dado todo y que rayan el umbral de la pobreza, ofrecer una enseñanza de calidad que asegure el futuro...

Aunque sólo sea por esta vez, dejemos de lado las “dos Españas” –nuestro mayor mal- y tratemos de hacer un proyecto común que construya y avance.

 

-¿La nada como principio creador?

Hace unos días la prensa se hizo eco de un debate entre el zoólogo ateo Richard Dawkins y el arzobispo de Canterbury, Rowan Willians. El tema era “La naturaleza de los seres humanos y la cuestión última de nuestro origen”.

Sorprende que a estas alturas de la historia perdamos el tiempo en este tipo de enfrentamientos entre creyentes y aquellos que presumen de no serlo. Y digo que es una pérdida de tiempo porque los primeros no pueden –y por otra parte no debería importarles- justificar su fe, que en la mayoría de los casos no necesita de pruebas para cimentarse, a parte del propio convencimiento, y porque los otros, agnósticos o ateos, a pesar de lo que se empeñen en hacer creer, carecen así mismo de argumentos contundentes en los que basar sus teorías, que, hasta el momento, no pueden pasar de ser eso: teorías. Y si no, basta estudiar la respuesta de Dawkins sobre el origen del ADN: “Nadie entiende aún muy bien cómo surgió el ADN”; o su negación del diseño creativo, aduciendo: “Parece que estamos diseñados, pero eso es una ilusión”; u otra vuelta de tuerca con su argumentación sin base: “... es altísimamente improbable que existan fuerzas sobrenaturales”.

Los científicos barajan posibilidades de universos matemáticamente posibles. Apuntan que pueden desdoblarse cada vez que tomamos una decisión y excluimos otra, permitiéndonos vivir simultáneamente vidas diferentes en varios lugares de esos universos paralelos. Otras posibilidades que les muestran sus fórmulas son la existencia sucesiva de universos independientes, dentro del espacio infinito que los contiene, el universo inflacionario o los universos brana, entre otros (La realidad oculta, de Brian Greene). Todas estas teorías y algunas más parecen posibles y los experimentos que se están realizando van encaminados a encontrar partículas que confirmen algunas de ellas, mas sus argumentos se detienen cuando se plantea la gran pregunta del origen primigenio. Entonces surgen respuestas que no hacen sino crear otras cuestiones, como cuando aseguran, sin perder su sonrisa de suficiencia, que “fue una gran concentración de materia en un punto minúsculo”. Ya, pero ¿de dónde procede esa materia? Con muchísimo valor y descaro, algunos se han atrevido a afirmar que “de la nada”. Corríjanme si me equivoco, pero no alcanzo a ver ninguna clase de materia que surja de la nada. ¿Acaso sus investigaciones sobre el desarrollo celular y la creación de vida pueden hacerse sin un material de base, o sea, con nada? Cuando hablan de “espacio infinito” ¿a qué se refieren? ¿Empieza o no empieza en algún punto? ¿Qué lo contiene? ¿Por qué existe? Dawkins, un darwinista convencido, no ha debido de profundizar mucho en las ideas de su maestro. Como aclaración, tomo un párrafo de la Teoría de la Evolución de las Especies: “Que todos los organismos de este mundo han sido producidos con un plan es cierto a juzgar por sus afinidades generales, pero si puede demostrarse que este plan es el mismo que el que se obtendría si los seres orgánicos afines descendieran de un tronco común, resultaría entonces muy improbable que hubieran sido creados mediante actos individuales de la voluntad de un Creador.” (Traducción de Joan Lluis Riera). Darwin no borra al Creador, simplemente lo descarga de trabajo y ciertamente no sería imprescindible que fuera fabricando con sus manos, uno a uno, los seres; simplemente, habría de poner las bases del funcionamiento vital, para que los organismos, cumpliendo las programaciones pensadas, evolucionaran por sí mismos.

Hay demasiadas cuestiones sin respuesta, mal que les pese a algunos prepotentes científicos. Sería conveniente un poco de humildad y, sobre todo, de respeto por las ideas y creencias, ya que aún no tienen fundamentos de peso para rebatirlas ni respuestas a las grandes preguntas que la humanidad lleva formulándose, desde que ha sido capaz de contemplar la inmensa oscuridad que la rodea.

 

-Imitación del avestruz

“España está de nuevo en recesión”, informa el Diario de León del 24 de enero del 2012.

En la presentación de mi novela Espaldas con alas, en la que a través de la figura de San Agustín mostré el momento histórico que le tocó vivir, ya hice hincapié en las sorprendentes similitudes que había encontrado entre las formas de vida del decadente Imperio Romano y nuestro propio tiempo en el “Imperio de Occidente”. Al día siguiente, uno de nuestros veteranos periodistas, que pareció entender el mensaje, publicaba: “Ara Antón leyó textos de San Agustín, denunciando estas situaciones y avisó: Si alguien ve diferencias con los tiempos actuales, que interrumpa y me lo diga”. Por supuesto, nadie lo hizo. Era el 30 de septiembre del 2004.

El 24 de diciembre del 2010, este mismo diario publicó uno de mis artículos, titulado La caverna y el bienestar, en el que decía: “Y así irán recortando pensiones, ayudas, medicamentos a los ancianos...” “Los conectarán con mundos ficticios, que los apartarán de una realidad, que si percibieran claramente los podría horrorizar”.

No es que yo sea una sibila o ni siquiera desee serlo; simplemente, la realidad estaba ante nosotros, pero nos empeñábamos en ignorarla.

Es cierto que la crisis actual se debe a la ingeniería financiera de los mercados, y yo añadiría al desagrado de Estados Unidos ante una Europa fuerte, que pudiera discutir su liderazgo mundial, pero creo que, sobre todo, es debida a nuestro hedonismo. No sólo estamos empeñados en disfrutar –cosa perfectamente legítima, siempre que no olvidemos obligaciones y deberes- sino que hasta el hablar de problemas, enfermedades o inconvenientes está mal visto. Esa filosofía del “tengo derecho a todo” provocó el hundimiento del Imperio Romano. Allí las gentes se olvidaron del trabajo, para vivir del “pan y circo” que el Estado regalaba. Nosotros, y hablo de España y concretamente de León, que es la tierra que más me duele, hemos ido abandonando nuestras riquezas: pan, vino, ganado, minería... e infrautilizando otras, como la energía eléctrica, la explotación racional de nuestros montes... empujados por unos intereses poco claros y unos gobernantes sin ninguna visión de futuro, que basan nuestro sustento en convertir el rico patrimonio histórico –que por otra parte tampoco cuidan- en cebo para atraer turistas. ¿Es que a nadie se le ocurrió pensar que en tiempos de crisis los juguetes se abandonan? ¿Acaso no sabían que es preferible llenar un plato de comida que darse una vuelta por el pasado?

Entonces, cuando todo parecía sonreír, algunos nos preguntábamos quién iba a comprar tantos pisos, de qué comeríamos si se desmantelaba la agricultura y la ganadería, cómo era posible que pusiéramos en manos de culturas hostiles nuestras necesidades energéticas, por qué nadie echaba cuentas cuando los bancos les ofrecían dinero para hipotecas, coches y vacaciones...

Pero los responsables seguían sonriendo, arropados incluso por seudointelectuales, o más bien “clientes”, que así los llamaban en Roma, y nosotros, los de a pie, en la calle, llegábamos a sentirnos mal por no participar en la euforia, pensando si tendrían razón los que nos acusaban de antipatriotas o agoreros.

El cambio del sistema no pide sólo una reforma laboral y económica y de reducción de los organismos duplicados, triplicados o quintuplicados. Es también imprescindible una nueva mentalidad, que nos devuelva a una realidad económica y social que únicamente puede ser como es, nos guste o no. El sistema económico mundial es piramidal y conduce invariablemente a su agotamiento cíclico. Esto lo saben muy bien los economistas cuando hablan últimamente de “Economía sostenible”, que traducido al lenguaje del pueblo quiere decir: “Procuremos que el ciclo dure lo más posible, para llenarnos los bolsillos antes de que reviente”. Y mientras, aumentan los parados, se recorta la sanidad, se congela el sueldo de los funcionarios –la mayoría, los que no son cargos políticos o no han llegado aún, a base de extenuantes oposiciones, a un puesto más alto, gana alrededor de novecientos o mil euros-, como si ellos y no sus ejecutivos fueran los responsables de la situación. Bien. Pues nada. A seguir mirando a Cuenca –que por otra parte lo merece- y a esperar a que regresen los “bárbaros”, a ver si ellos entienden la vida de otra manera y nos hacen cambiar.

 

-Tiempo de cambios

Los científicos andan molestos y, aunque no lo admitan abiertamente, también algo desorientados. Resulta que todos, sin atreverse siquiera a dudar, habían acatado la teoría de que nada podría viajar a mayor velocidad que la luz. Y uno, que es muy poco científico y que se rige preferentemente por la observación, el estudio de la historia y el sentido común, siempre se ha cuestionado cómo podían estar tan seguros, habida cuenta de lo poco que sabemos del universo que nos rodea. Pero lo había dicho Einstein y ante eso... Mas también hubo un tiempo en que los hombres estaban convencidos de que la tierra era plana y hasta hace muy poco se defendía que los neandertales “jamás” se habían cruzado con el homo sapiens; o bueno, sí, una sola vez, porque habían aparecido restos de un bebé con genes de las dos razas o especies o... no sé como denominarlas porque, al no ser científico, uno teme equivocarse constantemente y despertar sus dogmáticas iras.

El inmovilismo es cómodo y, sobre todo, seguro; es lo que el hombre ha buscado desde que apareció sobre el planeta: seguridad y organización del caos, para aferrarse a algo que le permita caminar con un cierto equilibrio por un sendero absolutamente desconocido, del que ignora el principio y el fin. Por eso nos molesta todo lo que signifique cambio. Por eso cerramos durante meses los ojos a la crisis que nos envolvía, afirmando que no estaba y que, además, si alguien hablaba de ella era un elemento subversivo y desestabilizador. Decididamente no nos gustan las modificaciones; ni a los ignorantes que marchamos guiándonos sólo de la intuición ni a los grandes cerebros que cuando se enfrentan a algo que no esperan, deciden que es un error, como están haciendo con el experimento del CERN, en que unos desconsiderados neutrinos se han atrevido a poner en cuestión nada menos que la opinión de Einstein, quien murió sin entenderse con Bohr, puesto que nunca aceptó las “rarezas” de la física cuántica, a las que tildaba de “fantasmales”. Y aunque los experimentos demostraban que era posible que dos partículas se influyeran mutuamente sin ningún tipo de contacto, como el gran genio no admitía que la realidad  dependiera del observador y que nada viajara a mayor velocidad que la luz, en la Interpretación de Copenhague se decidió que se usaran los recientes descubrimientos en lo microscópico, puesto que funcionaban para fines prácticos, y que en lo macroscópico se siguiera utilizando la física convencional, sin hacerse preguntas incómodas. Gracias a esa decisión, hoy podemos disfrutar de avances, como el láser o la resonancia magnética, cuyo funcionamiento se basa en aquellas “rarezas”.

Es probable que estos nuevos descubrimientos, a los que ahora nos resistimos, con el tiempo se demuestren falsos o simplemente se superen, como tantas veces ha ocurrido ya en el discurrir de la historia, de la que tan poco aprendemos y que incluso, para no tener que enfrentarnos a ella, arrinconamos con el resto de las llamadas humanidades porque no nos parecen inmediatamente rentables. Pero, aun así, no vendría mal un poco más de humildad y mucho menos dogmatismo. Es cierto que están apareciendo variables que pueden hacer tambalear no sólo los principios científicos, sino también nuestro sistema de vida. Si esto es así, deberíamos enfrentarnos a esos posibles cambios con la mente abierta, sin falsos optimismos y sin confiar en que las cuestiones o los problemas nos los vayan a resolver otros o simplemente el paso del tiempo. Cuando algo que afecta a una sociedad crece, mengua, se traslada o evoluciona, exige un estudio serio, realizado por verdaderos expertos, que ofrezcan alternativas, las cuales, una vez aceptadas, involucren a todos según sus posibilidades o capacidad. No es tiempo de juegos, de pensamientos positivos a la americana, ni de dogmatismos inmovilistas; es tiempo de actuaciones responsables, de humildad y de grandes hombres y mujeres, que estén dispuestos a admitir, dirigir y gestionar los cambios.

 

-¡Viva María!

No entiendo que el peso de una presentadora de TV sea causa de debate nacional. Hablamos de Estados Unidos, pero estoy segura de que podría ocurrir aquí mismo, influidos como estamos, aunque muchos no quieran admitirlo, por ellos. La cadena de noticias CNN incluye entre sus barbies prefabricadas, incomprensiblemente, a una mujer normal. Con este calificativo designo a una fémina que no pasa hambre como el resto de compañeras –ahora también compañeros- de cualquier cadena y casi de cualquier país, que saben muy bien que, o son delgados o no son.

Por lo visto, María Ramos, nombre de la desobediente hembra, además de hispana -que no latina-, tiene en su haber un brillante curriculum, que a nadie parece interesar ante su exceso de peso. A mayor abundamiento, la susodicha disidente viste ropas de lo más clásicas y lleva un peinado anodino. Y, en el colmo de la independencia y de la personalidad, usa gafas, en vez de hacerse operar, como sería lo deseable. ¿Acaso ignora que está cometiendo una falta imperdonable? Nadie cuya vida se desarrolle cara al público debería mostrar tan antiestético artilugio. Eso lo sabe hasta algún dirigente político que, ya puestos –por aquello de aprovechar la anestesia y los guantes de los cirujanos- podía haberse quitado un pedazo de nariz para añadirlo a la barbilla.

La imagen, a todas luces inapropiada de la presentadora, ha conseguido que se cree un debate en torno a su persona, en el que lo de menos es su brillante curriculum. En un país en que el exceso de peso se ha convertido en un problema sanitario, se han elevado voces que claman para que María desaparezca de la pantalla y se vaya a su casa. Si posible fuera –esto es una deducción de los hechos- debería viajar a su Nicaragua natal porque es una mala imagen para los candorosos y pueriles americanos que, al parecer, no saben lo que les conviene y si ven a alguien con más quilos de los debidos se ponen ciegos de hamburguesas y perritos. Los expertos han debido de llegar a tan profunda conclusión después de sesudos estudios, los cuales han probado, sin ninguna duda, que es la visión de esta mujer la que los empuja a inflarse de grasa y no el precio de los pescados, la carne magra y las frutas y verduras, que están muy por encima de sus posibilidades. Pensándolo bien, puede que esto último haya sido el motivo para poner de moda los esqueletos andantes, a falta de soluciones más imaginativas y poco lesivas para el presupuesto particular de políticos y banqueros.

Que yo sepa, ningún debate efectivo se ha llevado a cabo sobre los amaestrados trabajadores que dan la cara cada día exponiéndose a la opinión pública. Lucen todos sus huesos con el desparpajo y las energías de los muchos cafés ingeridos a lo largo del día, que sustituyen los alimentos que necesitarían para mantenerse en pie y que no quieren –y en muchos casos no pueden, si desean trabajar- ingerir. Y todo eso sin perder la sonrisa y sin quejarse; las lamentaciones no son nada positivas. Todo lo que nos sucede, incluidas desgracias o despóticas obligaciones que nos cree nuestra profesión, debemos enfrentarlo con optimismo y buen talante –no es coña- e incluso aceptarlo como una bendición, puesto que nos obliga a tomarnos la medida, a cambiar, a reinventarnos, a seguir luchando y a ofrecer los mejores resultados para la empresa, que, al fin y al cabo, es de lo que se trata. Domesticados y sonrientes.

Desde luego que un peso excesivo es perjudicial para la salud y algún descerebrado puede decidir imitar determinado modelo, pero ¿y la delgadez extrema? ¿Acaso esa patología no está creando serios problemas sanitarios? Desde luego que sí. Todos hemos conocido casos de personas que han llevado su obsesión por entrar en las castrantes medidas impuestas por la moda hasta una nueva programación cerebral. Esta programación, una vez aceptada e integrada en la mente, es la encargada de conducir al enfermo a la muerte. Y a muy pocos parece importarles. ¿Es que esta imagen huesuda y demacrada no se está llevando por delante vidas? Seguramente también la obesidad lo haga, pero ¡no seamos hipócritas! La polvareda levantada no se debe a un exceso de celo por la salud de los telespectadores, el verdadero problema está en rebelarse contra el sistema, sea por el motivo que sea. Obedientemente debemos aceptar las normas dictadas por una sociedad cegada por el dinero y olvidada de principios morales e incluso de la ética más elemental. No es de recibo que María pretenda tapar sus quilos y sus anodinos modos con un curriculum brillante. Lo que debe hacer es ponerse inmediatamente en manos de un asesor de imagen, que le haga entender, de una vez por todas, cuáles son las normas exigidas por nuestra sociedad para poder integrarse en ella. Si consigue llegar a darse cuenta de los errores cometidos hasta el momento, comprenderá que el pasar hambre o estar obsesionada con el “modelete” a lucir son motivaciones muy positivas para su vida y, desde luego, mucho más importantes que sus estudios o preparación intelectual. En cuanto consiga adaptarse al sistema, eso sí, rindiendo al máximo y, sobre todo, sin perder la sonrisa, verá subir sus enteros, recuperará el amor del público y, lo que es mucho más importante, el de los jefes y mandatarios de su cadena, que valorarán muy positivamente su domesticación.

 

-Un impuesto a los bebés

Uno de los emires de nuestros pequeños, descapitalizados, pero, sobre todo, independientes Reinos –con perdón- de Taifas, promete subir los impuestos a los ricos. No sé yo si eso es justo, ya que muchos de esos “ricos” han conseguido sus dineros con enorme esfuerzo y dedicación, saliendo de la nada o, lo que es lo mismo, de un poblacho que ya empezaba a morirse, empujado por esos mismos dirigentes, que daban subvenciones a cambio de arrancar viñedos o deshacerse de ganado. Alguno de esos “ricos” intuyó el desastre y abandonó sus tierras. Por los caminos encontró otros medios de subsistencia y, sin medir sus horas de trabajo y con mucha creatividad, consiguió su riqueza. Y ahora le suben los impuestos por el bien común y mira con asombro a esos otros “ricos” –a los de verdad, a los de siempre- a los que además de regalarles la vida, les han puesto en las manos la fortuna amasada por sus antepasados desde los tiempos en que los siervos eran la solución. Y se asombra. Se asombra de que ese niño bonito que con ímprobo esfuerzo monta su caballo para exhibirse tenga que pagar lo mismo que él, o puede que menos si la legión de abogados que le respaldan es lo suficientemente eficiente. Pero, dejémoslo así, porque eso de esquilmar a los “ricos”, sean de la clase que sean, nos encanta a los inútiles que no hemos tenido el valor o la suerte de elevarnos sobre nuestras miserias. Alguien tendrá que pagar los gastos suntuarios de los emires, las embajadas en el extranjero de “países” de cinco metros cuadrados, el cuento para ingenuos de la lengua materna y olvidada -no entendida como un rico patrimonio a preservar, sino como un arma política-, el mantenimiento de un Senado que no sirve para nada... Alguien lo tiene que pagar. Y como lo políticamente correcto, por aquel discurso de los “pobres”, “obreros”, “proletarios”, etc. que a estas alturas debería estar superado por logros que habrían conseguido elevar a las clases desfavorecidas a la situación de bienestar a que tienen derecho... Pues eso, que vamos a gravar las grandes fortunas. Pero, mientras nos decidimos o no –porque es de suponer que los poderosos no se van a quedar de brazos cruzados-, vamos a empezar por lo más sencillo, por los más débiles: los enfermos y los ancianos. Ellos ya no tienen fuerzas ni medios para resistir. Se van a dejar esquilmar sin abrir la boca y los emires podrán seguir disfrutando de sus sueldos astronómicos y subvencionando gastos superfluos que dejen turulatos a sus incondicionales, a los que se les caerá la baba ante nacionalismos bananeros, que no es que busquen valorar la cultura, tradiciones, lengua o recursos de una tierra, no; tal como hoy están entendidos aspiran a -y por supuesto logran- hacer medrar a sus dirigentes, quienes, después de encendidos discursos, se vuelven para soltar una risita, viendo las pasiones incontroladas –dignas de mejor causa- que desatan en sus seguidores.

Dicen las malas lenguas que todos esos jefecillos acuden a las clases impartidas por algunos mandatarios de repúblicas bananeras, preferiblemente –por aquello del idioma- latinoamericanas. Que, ya puestos, no sé por qué han dejado de llamarse hispanoamericanas. ¡Ah! ¡Claro! Porque eso sonaría a español y ese concepto trasnochado, y por demás superado, está muy mal visto.

Bien. Pues, a lo que íbamos: que estos jeques de nuevo cuño, después de regresar allende los mares, con las lecciones aprendidas y el magín lleno de ideas brillantes, al ver las arcas vacías deciden llenarlas esquilmando al funcionariado –entre cuyos integrantes, les aseguro aunque la mayoría no se lo crea, hay sueldos de 900 euros-, a la Sanidad -porque los enfermos, además de no rendir, gastan-, y ahora, en el colmo de la creatividad, deciden recortar ayudas a los ancianos. De momento –probablemente hasta que se acostumbren o, aburridos, decidan morirse- durante un par de meses, dicen, para que no suene tan bárbaro e inhumano.

Yo, aunque no he tenido la suerte de recibir lecciones bananeras, quiero poner mi granito de arena –uno también tiene sus momentos brillantes- y se me ha ocurrido un nuevo impuesto que podría ayudar a seguir manteniendo nuestros Reinos de Taifas y a sus califas. ¿Qué tal si gravamos a los bebés? Sólo hay que hacer números y veremos enseguida lo caro que resulta al Estado, o a los Estados –creo que así es más exacto y más aceptado- el mantenimiento de todas las madres, que luego alimentan a esos gorditos glotones irresponsables, a los que no preocupa en absoluto lo que se ha tenido que invertir en la leche que tragan a grandes buches, mamando golosos e insaciables. Pongámosles un impuesto. No hay razón para que no les hagamos pagar lo que consumen, tal como todo hijo de vecino debe hacer.

Ahí queda otra imaginativa solución, que puede añadirse a la lista de las pensadas por nuestros brillantes dirigentes.

 

-El Nazareno de la túnica morada

Quiero imaginar que en nuestra bellísima talla pensaba Gabriel y Galán cuando escribía sus versos, y aunque sé que no fue así, no me importa demasiado porque lo realmente trascendente es la belleza y la emoción que produce.

Nuestro Nazareno tuvo el honor de formar parte del Vía Crucis en el que, junto a otras trece cofradías, se exhibieron los pasos más importantes de España, no sólo ante más de un millón de peregrinos venidos de todo el mundo, sino ante las cámaras que transmitían el acto de oración con las imágenes por el planeta.

La Cofradía del Dulce Nombre ha tenido que sufragar de sus propios fondos y con la aportación de sus cofrades, además del “apoyo simbólico” de León Gótico y de la Clínica San Francisco, los 20.000 Euros necesarios para el traslado y regreso de la talla más emblemática, y probablemente valiosa, de nuestras hermosísimas procesiones de Semana Santa. Las instituciones y nuestros “visionarios” políticos no han intervenido para nada en el evento, el cual podría haber contribuido a dar a conocer nuestra ciudad a nivel mundial. Y ¿eso por qué? Será quizá que León no necesita turismo, ya que le sobran recursos y medios de vida. A poco que uno mire alrededor, puede ver enormes complejos industriales o incluso producciones ingentes del sector primario, que nos dejan tal cantidad de excedentes y riqueza que no sabemos en que emplear. Podemos, por tanto, permitirnos despreciar cualquier tipo de publicidad de nuestras tierras. Eso podría atraer a demasiados visitantes, que alterarían nuestras relajadas existencias.

Y ahora en serio. Lo de relajadas, como se puede comprender fácilmente, se refiere exclusivamente a algunos; precisamente a los que pudieron aprovechar el evento y no lo hicieron. Ellos ni se aburren sin tener nada que hacer ni buscan trabajo ni hacen cuentas imposibles para que el pan alcance hasta final de mes.

Probablemente fue el hartazgo y la pereza de la panza bien llena lo que frenó una posible actuación que favoreciera, fomentara o simplemente ayudara a que el nombre de León se conociera más allá de nuestras abandonadas tierras.

Aunque también pudo haber otro motivo más sibilino y cutre: No apoyar un acto religioso, por no ofender a todos esos que defienden una sociedad laica y que, con razones o sin ellas, tratan de imponer a todo bicho viviente, olvidándose de que el pensamiento y las ideas de cada cual son el último reducto de libertad que resta en nosotros y que nos convierte en seres humanos.

¿Dónde quedó la tolerancia del energúmeno que grita desaforado a una joven, que se tapa los oídos y besa el Crucifijo sin molestarse en responder a las “libertades” que el animal trata de imponerle? Ante mí tengo la foto de la Agencia Reuters, que pienso guardar para enseñar a mis hijos y a mis nietos lo que jamás se debe hacer. Esa es la forma de actuación de un extremista, sea religioso, político o vendedor de ateísmos, que tanto da.

No es mi intención juzgar a unos u otros porque estoy convencida de que ateos o amantes del laicismo habrá que serán personas honestas, responsables y tolerantes, pero si hubiera de elegir entre uno de los dos personajes de esa foto –que ha alcanzado, desgraciadamente para esas personas que acabo de citar, carácter de símbolo- preferiría, sin duda, a la muchacha que reza, la cual, serena dentro del círculo de paz que le proporciona su fe, no intenta convencer a nadie de nada.

 

-Lo han dicho en el extranjero

Lo han dicho en el extranjero y eso, para los acomplejados españolitos, ya es un grado para medir la importancia o veracidad de un aserto. Y, además, son palabras de un Jefe de Estado; un jefe arrogante y orgulloso de su cargo y de su país, que ha realizado conquistas y sometimientos, de los que no se avergüenza ni pide disculpas. No como nosotros, que, para hacernos perdonar los siglos de grandeza, logrados por hombres y mujeres protagonistas de verdaderas epopeyas, nos flagelamos en público, fomentando la famosa Leyenda Negra, inventada por rencorosos que buscaban nuestro descrédito y que, gracias a nuestra entregada colaboración, lo han conseguido.

Bien. Pues eso, que lo han dicho en el extranjero; en la Gran Bretaña, nada menos. Los disturbios organizados en sus ciudades en los días pasados son, en palabras de su Primer Ministro, el resultado de una educación laxa –yo diría inexistente- y de una falta absoluta de principios, de los que el conspicuo gobernante ha acusado a la familia.

La familia es –o al menos lo fue- la principal responsable de la adaptación del individuo al medio en el que ha nacido y en el que, presumiblemente, va a desarrollar su vida. No obstante, creo que el susodicho mandatario se ha olvidado de que también la sociedad es responsable de la educación; concretamente sus dirigentes, quienes son los encargados de elaborar y hacer cumplir las leyes, para que la convivencia no derive en una relación salvaje, que convierta las ciudades en selvas. Como buen político, en su perenne deseo de culpar al otro, ha cargado contra el más débil: la denostada y casi desaparecida familia.

Llevamos décadas socavando su autoridad desde los propios poderes. Hoy, cualquier mocoso sabe muy bien, porque se lo hemos repetido hasta la saciedad, que si papá le levanta la voz puede crearle un trauma y que, con un poco de suerte y una denuncia previa, llegaría a convertirse en delito. Y tampoco serían responsables los jueces; ellos se limitan a aplicar las leyes que los políticos han pensado, promulgado e impuesto.

Y resulta que ahora son las familias, y los educadores en general, los culpables, cuando han sido desautorizados y puestos en cuestión muchas veces. Es probable que algunos, o incluso muchos, nos hayamos equivocado, pero sospecho que habría otras formas de corregirlo, si el objetivo no fuera conseguir un individuo desorientado y sin asideros, al que manipular ofreciéndole falsas libertades a cambio de un voto.

 

-Otras formas de censura

¿Por qué la Secretaria de Igualdad critica a un periódico por publicar fotos que a los personajes que las provocan no les ha importado en absoluto protagonizar?

Para que una mujer o un varón sean respetados han de comenzar por respetarse a sí mismos. La carta de la Secretaria nos hace pensar en una censura y un paternalismo de los que llevamos décadas huyendo. Pienso que los esfuerzos de la, sin duda bien intencionada, defensora deberían orientarse, más que a los gestos a los hechos.

Tal vez, sus múltiples ocupaciones no le hayan dejado tiempo para reflexionar sobre el tipo de sociedad que estamos propiciando. Una sociedad que después de conocer de sobra las presuntas inclinaciones depredadoras del señor Strauss-Kahn, aún se cuestionaba si presentarlo como candidato a la presidencia francesa. Una sociedad que alecciona a las jóvenes para que no defrauden a sus parejas con un “no” absolutamente anacrónico y que, además, para no molestar demasiado al machito de turno, deben aprender a controlar por sí solas su fecundidad. De no comportarse como se espera de ellas son tachadas de “estrechas” o “frígidas”, los mayores insultos que nuestra sociedad machista se ha inventado para someter definitivamente a las mujeres a sus caprichosas pulsiones. El “no” es una palabra que ha de ser desechada del vocabulario femenino, si no quieren que se las condene al ostracismo o que, yendo más allá, las maten.

Quizá sería conveniente que nuestra flamante Secretaria de Igualdad se ocupara de la educación de nuestros jóvenes, quienes, ya desde la escuela, ven a sus compañeras como inferiores, cuando no como simples objetos de uso.

A lo peor, ahora, para frenar una absurda borrachera de libertinajes, protegidos y orientados desde los poderes, lo único que se nos ocurra sea pedir a los medios de comunicación que lo silencien, al igual que hacemos con la prostitución. Negamos su existencia, cerrando los ojos a los arcenes de las carreteras o a muchas de las calles de nuestras ciudades. No regulamos el vejatorio comercio porque no estamos dispuestos a admitir que existe. Por tanto, con la buena voluntad de los medios, que eviten hacer fotos de muchachas semidesnudas ofreciendo sus servicios, y nuestro mirar hacia otro lado si pasamos junto a ellas, el problema desaparecerá. Esa es la nueva filosofía del optimismo idiota que, como ya dije en otra ocasión, nos apresuramos a copiar del modelo americano.

 

-Optimismo para idiotas

El optimismo está de moda y, como todas las filosofías, religiones o simplemente ideas que algún “iluminado” ha tenido a lo largo de la historia conocida de la humanidad, se quiere imponer a todos. Cierto es que ahora al que se declara deprimido, enfermo, o simplemente triste, no se le echa a los leones ni se le confina en una mazmorra llena de ratas e insectos, pero se le castiga con la frasecita: “¡Qué negativo eres!” o esa otra de “¡Hay que ser positivo!”. Algunos de los muchos que están viviendo en estos momentos una experiencia traumática la reciben como un rodillazo en los testículos, ellos, o un puñetazo en el estómago, ellas. Hago esta aclaración por aquello del “todos y todas”.

¿Cómo se puede pedir a un responsable o “responsabla” familiar que se ha quedado sin trabajo que sea optimista? Lo ideal, según los seguidores de estas nuevas doctrinas que, ¡cómo no! nos llegan de EE.UU, sería que considerara su situación como “una oportunidad” para emprender ese negocio que nunca se atrevió a poner en marcha, para escribir el libro que tiene en la cabeza desde hace décadas, o para cambiar su ocupación por otra más gratificante o rentable.

Pero ¡vamos a ver! ¿Es que pensamos que la gente es idiota? Cuando un parado se deprime es porque ha comprobado que sus posibilidades de volver al mundo laboral, bien por su edad o capacidades o por la gestión desastrosa de los responsables económicos y políticos que han conducido a su país al umbral de la pobreza, son prácticamente nulas. Yo, personalmente, le aconsejo que lo de escribir un libro, si no es periodista de éxito, amante de algún famosillo o, simplemente, hijo o hija de papá o mamá, no pierda el tiempo en ello porque no va a encontrar editorial que se lo publique, aunque fuera más profundo, divertido y simbólico que El Quijote.

Otro problema, por desgracia muy común, y que los pesimistas no saben tratar en absoluto, son las enfermedades en las que no sólo está en juego su vida sino que han de soportar sufrimientos sin cuento. Según estos apóstoles de la hipocresía y la mentira hasta con uno mismo, el dolor es una experiencia que hace crecer, disfrutar más de la vida y de las gentes que amamos y hasta puede llegar a ofrecernos la posibilidad de ser mejores.

¿Crecer? ¿Disfrutar? ¿Ser mejores? ¿Cuándo? Quizá mientras se soportan horas de agresivo tratamiento, inmóvil en un sillón. Puede que en el mismo momento en que el sádico galeno, obedeciendo también a las nuevas tendencias, con absoluta frialdad e indiferencia, anuncia que la enfermedad es gravísima y que van a tratarla porque deben hacerlo, no porque esperen resultados brillantes. Es posible que haya un resquicio de disfrute cuando toda la familia esté al corriente y, resignados, ellos y ellas acudan a dar fugaces besitos o palmaditas en los hombros huesudos y quebradizos. Sí. En ese momento uno puede pensar que importa a alguien, si no tiene buen oído y los oye comentar en el pasillo aquello de “para estar así, es preferible que muera”. Se apoyan estos compasivos familiares, sin duda, en la autorizada, y por demás idiota, opinión de Carl Sagan, quien, padeciendo la temida enfermedad terminal, aseguró: “Estar casi a punto de morir es una experiencia tan positiva y fortalecedora del carácter que yo la recomendaría”. Ignoro a quién se refería. Puede que a los ya enfermos, a los sanos o, incluso, a los propios muertos. Desde luego, no dejó lugar a dudas; estaba muy bien amaestrado, era americano.

Por supuesto, lo ideal sería no dejarse derrotar, ni siquiera en casos extremos, y estoy segura de que la mayoría lo hace, o lo hacemos –yo, desde luego, sigo escribiendo-. Pero lo de cantar marchas militares y caminar hacia el cadalso con indiferencia espartana me parece un despropósito, además de una total falta de empatía con la desgracia y el sufrimiento ajenos. Quizás ahí esté el meollo de todo este absurdo montaje del optimismo. Nuestra sociedad muelle y hedonista no está dispuesta a sufrir. Por eso exige al desgraciado que sonría y al terminal que, mientras aún pueda pensar, elija la cremación, para que ni siquiera debamos acudir, una vez al año, con un puñado de flores, al cementerio.

 

-Pretty women... incomprensible

Es absolutamente incomprensible, ¿o no? Se supone que vivimos un momento en el que las mujeres son tan independientes que, para parecerlo, emulan a los hombres en sus comportamientos, lo cual no es más que otra forma de machismo, que lo único que consigue es facilitar los impulsos y deseos masculinos. Pero de eso no parece darse cuenta nadie y las féminas comparten su dinero, su tiempo y sus gustos –o eso quieren hacer creer a sus “chicos”- donde y como quieren los hombres; léase: partidos de fútbol, concentraciones de moteros, botellones... y, sobre todo, camas. Camas a todas horas, en todo momento, sin seleccionar ni elegir. Típico comportamiento varonil. Y aseguran, además, que están encantadas porque eso es libertad y realización.

Y entonces se emite por 15ª vez en televisión Pretty Woman. La historia más machista e insultante para la dignidad femenina que se ha inventado después de Cenicienta –claro que, en este último caso hablamos de épocas “atrasadas, incultas y anticuadas” en que la mujer era adoctrinada para besar la mano que le daba de comer-. Pero ¿qué ocurre ahora para que 3,5 millones de espectadores –en 1994 la vieron 9.223.000 personas- vuelvan a extasiarse ante la manoseada historia del omnipotente hombre que, magnánimo, tiende la mano a la descarriada o inculta o hambrienta fémina, para elevarla casi a su altura, salvándola del cieno o del error –estúpida o débil ella- en que se mueve? Y claro, a la desorientada chica no se le ocurre decir que no necesita limosnas porque tiene dos manos, dos piernas y una cabeza pensante con las que defenderse y trazarse una vida. No. Deshaciéndose en lágrimas de agradecimiento, con la cabeza baja y los hombros hundidos, aceptará la mano tendida y subirá un par de escalones, siempre uno al menos por debajo de su salvador, y desde allí lo seguirá como un perro fiel a los susodichos partidos de fútbol, “moteradas” o botellones que el desee acudir, le reirá las gracietas y asegurará estar encantada con la posibilidad vital que se le ha presentado. Este argumento, con más o menos florituras, es el que nos cuenta la película y todos y todas babeamos ante la original trama.

Se entiende muy bien que a los hombres les guste la figura del macho alfa que desciende a salvar, pero ¿qué ocurre para que a las mujeres les agrade hasta el punto de ver la película una y otra vez? ¿Deberíamos quizá plantearnos que estamos programadas para servir, o la filosofía machista, a fuerza de repetir sus premisas, ha conseguido implantarse ya en el inconsciente de las féminas, hasta el punto de evitar que piensen por sí mismas?

Desde luego, algo muy serio está pasando para que estas supuestas feministas modernas se extasíen, como lo hicieron sus bisabuelas, ante un edulcorado refrito de Cenicienta. 

 

-¿A quién beneficia la anorexia?

En noviembre pasado moría Isabelle Caro, la modelo que se prestó a la campaña de Toscani contra la anorexia. A todos se nos había encogido el corazón viendo su cuerpo, consumido por la enfermedad, y sus grandes ojos, espantados ya por el dolor y las cercanas pisadas de la muerte. Pero su intención de alertar a los que todavía estaban a tiempo pasó sin que nadie moviera un dedo por impedir la estéril sangría a la que se está sometiendo a la juventud, aunque ya hay datos de mujeres de más de sesenta años con la misma obsesión consumiendo sus existencias.

Vivimos en un mundo sin fronteras. Esto, que podría ser algo positivo, puede llegar a convertirse en un monstruo que devora las mentes débiles, que se acercan a estos medios para que las adoctrinen sobre cómo deben actuar o en qué tienen que creer, según las tendencias del momento, dictadas casi siempre por intereses económicos u objetivos inconfesables que satisfacen a unos pocos.

¿Qué está sucediendo para que toda una sociedad –universal en este caso- se pliegue a la moda de los esqueletos andantes? ¿Dónde están las asociaciones feministas, o los verdes o los azules o los negros, que no levantan su voz para impedir que las mujeres –y también algunos hombres- se maten literalmente de hambre? ¿Quién es el beneficiario en este criminal asunto? Porque es difícil creerse que sea simplemente una tendencia nacida de la nada, sin un fin provechoso para alguien. En una conversación que en su momento me pareció una patosa broma, me sugirieron que había nacido por comodidad de los modistos. Siempre es más sencillo vestir a un palo con una tela y dos tirantes, que conseguir favorecer a una silueta femenina normal, en la que, como todos sabemos, priman las curvas. ¿Comodidad o deseo de crear una imagen andrógina que no se distancie demasiado de la suya propia?

Hace tiempo hubo un débil intento –o al menos eso se contó al público- de controlar el peso en las pasarelas y todos respiramos tranquilos. Si la imagen ideal que se ofrecía a los adolescentes era normal, ellos dejarían de lado sus obsesiones de hambruna, que acaban conduciéndolos al desequilibrio psicológico y luego a la muerte. Pero resulta que, de cara a la nueva temporada televisiva –que no ya siquiera de pasarela- hemos podido observar a todas las presentadoras con algunos –no muchos, porque eso sería imposible- kilos de menos. Y nadie dice nada. Nadie protesta. A nadie importa que, según las estadísticas, entre un 15 y un 20% de las niñas –ahora también los chicos- en edad escolar, generalmente a partir de los doce años, pero algunos desde los seis, presenten desórdenes alimenticios; sobre todo las chicas, sometidas a la presión de su entorno, que les impone un ideal de belleza tipo Angelina Jolie o Victoria Beckham, y que han de conseguir al precio que sea, para ser aceptadas dentro de su ambiente, algo prioritario en esas edades.

Y no sólo las famosas, las presentadoras o las modelos son paradigma, a la vez que víctimas, de esta moda asesina. Por todos los medios se nos indica la conveniencia de no aumentar de peso, hacer ejercicio y comer sano. ¡Qué buenas premisas! Pero ¿cuánto es un peso excesivo? ¿Podemos todos ponernos a hacer ejercicio sin más? ¿Cómo se puede comer sano sin tener que negarse absolutamente al placer de la comida? Porque verduras o pescados cocidos serán muy sanos –cosa que dudo a la vista de sus niveles de contaminación-, pero mantenerse dentro de esta dieta toda una vida haría saltar a cualquiera los circuitos neuronales, a no ser que se busque satisfacción, ya que no en la alimentación, que al parecer es malísima, en prácticas que tranquilicen nuestros instintos y querencias y que, probablemente, serían más perniciosas para la salud.

Creo que, a estas alturas, y precisamente por esa desmesurada información al alcance –en teoría- de cualquiera, casi todos sabemos que los excesos no son buenos. No podemos pasarnos la vida sentados o comer hasta reventar. Pero, una vez concedido el beneficio del sentido común a la mayoría de la gente –a la que consideramos muy sabia a la hora de votar- no estaría de más que dejáramos de culpabilizarnos por disfrutar un día de una inocente tortilla de patatas o de un plato de cocido. Deberíamos ver a esas pobres mujeres, débiles y hambrientas -por otra parte tan ricas y bien vestidas- como víctimas y no como modelos de vida.
Alguien, tal vez desde el Ministerio de Sanidad, debería tomarse en serio este problema, que se lleva por delante la vida de hasta el 20% de los enfermos a los que no hemos sabido o querido enseñar y que no han comprendido o no han podido darse cuenta de que sus vidas y su papel en ellas es algo más valioso e importante que poder embutir sus cuerpos en una talla 36.

 

-La caverna y el bienestar

Y hubo una era de bienestar en que nadie, o sólo unos pocos, pasaba hambre, y se podía comprar –y pagar- un refugio para vivir, y los ancianos y enfermos tenían –o casi- cubiertas sus necesidades, y hasta los hijos de los pobres podían estudiar...

Pero los gobernantes vieron que los vasallos, como siempre había ocurrido, no sólo pedían, sino que en muchos casos exigían más y más concesiones, llegando al extremo de creerse con derechos. Las prestaciones sociales generaban gastos ingentes de dinero, que ellos deseaban invertir en otras empresas, algunas inconfesables. Y comenzaron a discurrir que sería necesario hacerles comprender que era imprescindible renunciar, en aras del bien común, a algunas de las ventajas y comodidades de las que disfrutaban. Pero nadie era capaz de encontrar una justificación plausible a esos recortes. Y entonces, uno de aquellos gobernantes, una mujer concretamente, pues la degeneración había llegado al extremo de contar con hembras entre las clases dirigentes, aportó una idea que, aun con las debidas reservas viniendo de quien venía, fue aceptada y puesta en práctica inmediatamente. La inteligente fémina –pues, aunque costara aceptarlo, también había algunas- propuso que, a falta de una guerra que los involucrara a todos y que sería de mal gusto, podían inventarse una crisis.

-¿Y para qué servirá eso? –preguntaron sesudos varones y otras damas de los más respetados y respetadas y antiguos y antiguas. Bueno... esto último sólo ellos, porque ellas se habían hecho unos “arreglitos” y parecían las hijas de sus nietas.

-Pues para que el pueblo, una vez concienciado del problema, esté dispuesto a ceder sus viejos derechos. Porque hay que trabajar más y ganar menos. Empecemos por pasarles las facturas, que ahora no pagan, de las enfermedades que les tratamos; otra cosa es curarlas, pues ya sabéis que nos interesan los enfermos crónicos. Al principio lo haremos como jugando; después, en cuanto se acostumbren a verlas, empezaremos a cobrarlas. Comenzaremos por un 20%, después un 30, tal vez un 50, y cuando lleguemos al 80, si lo sabemos hacer, nos agradecerán poder ahorrarse un 20% del total.

Y así irían recortando pensiones, ayudas, medicamentos a los ancianos, bajarían aún más la exigencia en los colegios e incrementarían hasta un 300% las tasas universitarias. De ninguna manera podían seguir dejando el conocimiento al alcance de cualquiera. Los estudios y los títulos hacían que las gentes se creyesen mucho más de lo que eran y esto los volvía ingobernables.

Desde luego, sería necesario mantener unos mínimos de supervivencia. El pueblo, por miedo a la temible crisis, lo aceptaría y, poco a poco, se iría adaptando a su nueva vida. Entonces, los gobernantes podrían hacer su santa voluntad, porque sólo unos pocos, a los que ya se encargarían de mantener contentos y callados, estarían capacitados para protestar. Pero como eran muy humanos y no podían olvidar que la plebe tiene su corazoncito, los conectarían. Los conectarían con mundos ficticios que los apartaran de una realidad que, si percibieran claramente, los podría horrorizar. Televisión que fomentara sus más bajos instintos y pulsiones; drogas y botellones que les dieran sensación de libertad; juegos en 3D que les hicieran vivir mundos imaginarios, etc. Habría opciones diferentes para públicos diferentes, pero siempre cuidando de que la información que recibieran no enseñara, de que se mantuvieran en la ignorancia y, sobre todo, de que no pensaran. Los conectarían por hilos invisibles: mando a distancia, wifi, bluetooth, ruters inalámbricos. Y, desde luego, los alimentarían, cada vez peor, pero no dejarían de hacerlo. Crearían marcas blancas, de las cuales nadie sabría su procedencia ni componentes, pero a un precio que les permitiera sobrevivir. No sería necesario meterlos en tanques de líquido, pero ya los tendrían conectados e intubados; sin pensar y produciendo. Mátrix. Y el sistema estaría tan bien diseñado que si soltaran los cables y los tubos, se encontrarían solos y sin posibilidad de supervivencia.

Y hoy todos contemplan, hechizados, los movimientos de la sombra de “La nueva Princesa del Pueblo”, tan vacía como la primera, pero con mucha menos clase.

 

-Los padres y el deber de educar

Entre las 200 universidades mejores del mundo no hay ninguna española. El 30% de nuestros alumnos deja la escuela antes de los dieciséis años; sólo el 6% de cada diez acaban la etapa media. Estos son algunos de los preocupantes datos del Informe Pisa.

¿Qué ocurre con nuestros sistemas de enseñanza? Desde luego no podemos achacar su fracaso a nuestros eficientes políticos, ya que en los últimos treinta años han cambiando, según las ideas y los fines del partido en el poder, los planes de enseñanza hasta un total de nueve veces, más la modificación de uno de ellos, o sea, para entendernos y redondear, diez alteraciones –una cada tres años aproximadamente- de objetivos, métodos, textos y exigencias a profesorado y alumnado, que puede haber comenzado sus estudios con un plan y acabarlo con otro diferente.

Pero nuestros esforzados próceres no sólo no han conseguido elevar el nivel de enseñanza, sino que sus ingentes esfuerzos se han perdido en la abulia, la indisciplina, la irresponsabilidad y el abuso que nuestros niños y jóvenes hacen de su tiempo de aprendizaje. Es más, se atreven a presumir de sus desmanes, en los que la mayoría de las veces el principal ingrediente es la violencia, en vídeos que cuelgan en Internet; porque, eso sí, a ninguno le falta un ordenador para difundirlo, ni un móvil para grabarlo.

Los padres hacen una media de 10.000 denuncias al año por el maltrato recibido de sus hijos. Los profesores emplean el 40% de su horario lectivo en tratar de imponer disciplina, por lo que 13 de cada 100 reciben agresiones psicológicas e incluso físicas, que les llevan a pedir ayuda al Defensor de Profesor; unas 4000 llamadas en el último año.

Además, estos “angelitos”, a los que hemos criado entre algodones, sin la mínima exigencia, han decidido acabar consigo mismos a golpe de borrachera, ya que no son capaces de encarar las responsabilidades de su futuro, porque nadie se ha atrevido a decirles que la vida es algo más que libertinaje y juerga constantes. Porque, claro, lo que no podemos hacer es crearles traumas, pues la realización de un esfuerzo, del tipo que sea, puede ser tremendamente traumático. De modo que, como no llegan a los objetivos mínimos, los pasamos de curso y bajamos la exigencia. ¿Que la Lengua y las Matemáticas se les atraviesan? No hay problema; las sustituimos por otro tipo de enseñanzas más acordes con los intereses de los críos. Pero ¿y si no los tienen? ¿Y si chocan con los de la sociedad? ¿Y si resulta que para sobrevivir tienen que saber hablar, escribir y sumar?

Los padres, desbordados por el empeño de sobrevivir, y otros empeños de los que mejor no hablamos, se desentienden de la educación, que dejan en mano de los profesores, quienes, además de transmitir conocimientos, han de sustituir a la familia, casi siempre ausente. Y pobres de ellos si alzan la voz, que no ya la mano –se quedarían sin ella- a uno de nuestros delicados pequeños. Allá va la sañuda mamá, o el imponente papá, a justificar a su retoño, que desde luego en ningún caso es culpable, ya que todos sus males vienen del inepto profesor, que encima le reprende. Se desprestigia sin ningún recato al maestro, quitándole la poca autoridad que le ha dejado el sistema.

Quizá deberíamos entonar un mea culpa y concluir que no son responsables ni los contenidos, ni los sufridos profesores, ni siquiera el caos que crean los cambios en los sucesivos planes de enseñanza; somos todos y cada uno de los adultos, que por comodidad, debilidad o reacciones a épocas pasadas, hemos ido haciendo dejación de nuestra obligación para con nuestros hijos. No es necesario el autoritarismo para mantener la autoridad, ni escatimar para evitar el derroche, ni ejercer la violencia para marcar el espacio de cada uno. Nuestra obligación como padres, maestros o dirigentes es educar a los niños, prepararlos lo mejor posible para que, cuando llegue su momento, construyan el futuro. Y toda la sociedad depende de eso. Nosotros, que ahora nos creemos controladores del tiempo, también llegaremos a depender de ellos y entonces vamos a sentir en nuestras propias carnes esa educación que ahora estamos descuidando, y este proceder blandengue e indeciso de hoy será el descontrol y la inseguridad de mañana. Un mañana que ya empieza a vislumbrarse.

 

-El dolor de la mina

El dolor de la mina en la calle. El mismo dolor de cada amanecer cuando, dejando el sol y la vida a la espalda, el minero, apretando silencio entre los dientes, baja al abismo a arrancar su negro salario. El mismo dolor de la callada queja de la esposa, madre, hermana, hija, novia o compañera, que lo ven partir y que no pueden detenerlo, porque hay que llenar el puchero. Pero ese dolor no trasciende, no se escucha, no se aprecia, no se comparte en la calle. Sólo cuando el pan de sus hijos está en juego el minero se expresa. Y ahora lo hace. Lo hace con la incertidumbre de un futuro que, en poder de políticos ineptos, ecologistas de oficina y empresarios aprovechados, se tambalea.

Es probable que esas gentes que parecen tener en sus manos –y que de hecho lo tienen- el porvenir de los que sólo cuentan con su trabajo y sus fuerzas para sobrevivir, tengan razón, y el carbón, que tantas bocas ha llenado en nuestra tierra, de repente, se haya vuelto tremendamente contaminante. Es verdad. Pero ¿qué vamos a hacer? ¿Qué van a hacer los mineros, si no les ofrecemos alternativas? ¿Con qué van a llenar el estómago de sus hijos? Con el turismo, contestan satisfechos de su capacidad creativa los responsables de la muerte de la provincia. ¿Qué turismo? ¿El que vamos a enterrar en Lancia, tal vez?

Ya hemos conseguido, a base de cargarlos de impuestos y exigencias, y hasta con alguna subvención a los más remisos, acabar con nuestra agricultura y ganadería. Ahora vamos a por los mineros y a este respecto confieso que no puedo ser en absoluto objetiva. Mi padre entró a los doce años en una mina de Sabero, hasta que la vergonzosa guerra civil que padecimos lo empujó con dieciséis a las montañas para salvar la vida. Y, por si esto fuera poco, mis abuelos y bisabuelos fueron mineros. No puedo ser objetiva. Sólo siento vuestro dolor muy dentro, allá en las tripas heredadas de mis antepasados. No sé qué podría deciros, carezco de soluciones, sólo puedo ofreceros mi total apoyo y comprensión.

 

-Salvar Lancia

Hace unos días, leía con una cierta tristeza que la plataforma para la defensa de las amenazadas ruinas de nuestra olvidada ciudad de Lancia había conseguido “más de cinco mil firmas”. ¿Cuántas más? ¿Quince? ¿Cien?
Parafraseando al poeta: Aquellos fieros astures ¿qué se hicieron? Es imposible que su sangre valiente, decidida, comprometida con lo suyo, ansiosa de libertades, corra por nuestras venas.

“...los cántabros y los astures, dos pueblos muy poderosos de Hispania...” (Orosio).

“...corre a la muerte voluntaria por temor a la esclavitud......se mataron casi todos por el fuego, la espada o el veneno...” (Orosio).

“Lancia, ciudad muy fuerte, acogió al dispersado ejército..... Carisio consiguió que se la perdonase para que, siguiendo en pie, fuese monumento de la victoria romana...” (Floro).

Los leoneses (astures), que resistieron con ferocidad a Roma, haciendo que el propio Octavio Augusto hubiera de desplazarse hasta nuestras tierras para coordinar la conquista, parecieron renacer en los Picos de Europa, unidos a los asturianos –pueblos hermanos desde siempre- para empujar hasta el estrecho al nuevo invasor –omito su nombre por no ser políticamente correcto-. Poco a poco, con tesón, decididos a recuperar lo suyo, fueron tomando las tierras que les habían arrebatado. ¡Ya! ¡Ya lo sé! De la Reconquista no debe hablarse, como tampoco de la gesta del descubrimiento de América, porque ningún conquistador a lo largo de la historia causó bajas en las batallas. Sólo España y los españoles fuimos “malos” y como estamos tan arrepentidos de nuestros hechos –que en lo único que se diferencian de los de los demás países es en que, además de conquistar, nos mezclamos con ellos- los disfrazamos y pedimos perdón, cosa que no estaría mal si todos los invasores o descubridores o conquistadores que en el mundo han sido lo hicieran. Probablemente, si nos hubiéramos mantenido lejanos e inalcanzables –ingleses, franceses...- seríamos más respetados o, tal vez, nos respetaríamos más a nosotros mismos y dejaríamos de bajar la cabeza y esconder nuestras virtudes, que, aun cargados de defectos como todo ser humano, tuvimos y deseo creer que aún tenemos.

Los feroces astures, los valientes y tenaces reyes cristianos, los intrépidos y sufridos conquistadores ¿qué se hicieron?

Ahora sólo nos piden una firma ¿Tanto nos arriesgaríamos si tomásemos el bolígrafo? Es lo nuestro lo que está en juego. Es el legado de nuestros antepasados y, quizás, el futuro de nuestros hijos. Salvemos Lancia, a pesar de la opinión ¿incomprensible? de los regidores de su entorno.

 

-Los fósiles leoneses

¿Pero qué nos pasa a los leoneses? Resulta que ahora –es un decir- acabamos de descubrir, gracias a un paleontólogo aficionado, que nuestra hermosa, rica y abandonada provincia, además, es “una mina de fósiles, algunos de hace 520 millones de años. Muchos de ellos únicos”.

José Vicente Casado sueña con exponer sus miles de fósiles en un museo especializado. ¿En León, tal vez? No pierdas el tiempo chico. Continúa ofreciendo tus tesoros a “Alemania, Austria, Japón, Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia”, ellos sabrán apreciarlos y ponerlos en valor. Aquí, en nuestra inculta y adocenada tierra, lo más que puedes conseguir es que “la Universidad de León y Ayuntamientos como los de Pola de Gordón y los Barrios de Luna...” intenten “frenar el expolio”, porque al parecer hay gentes que sí aprecian y valoran nuestras postergadas y desatendidas riquezas y, al igual que tú, recogen de la tierra generosa  lo que nadie quiere. Por si no se les hubiera ocurrido a nuestras insignes autoridades -guardianas, que no aptas para desarrollar el territorio a ellas encomendado- les sugiero cercar los montes, laderas y valles de la provincia  para evitar los ladrones; siempre les resultará más barato y, sobre todo, menos cansado, que ponerse a buscar y construir un espacio para museo, contratar personal, hacer trabajo de campo y, total ¿para qué?, porque, retomando la gloriosa frase, que no puedo evitar que me produzca ardor de estómago y por eso necesito vomitarla a menudo, ¿a quién pueden interesar los Reyes Leoneses?

 

-Sin pasado no hay futuro

Nos van a hacer un spa y un hotel de 40 habitaciones en nuestra olvidada montaña y protestamos por una demolición de nada. Lo importante son los quince puestos de trabajo y, sobre todo, los 230.000 euros de subvención. ¿A quién le puede interesar un edificio blasonado del siglo XVIII? Desde luego al alcalde de Puebla de Lillo no, porque ni siquiera se enteró de que la casona estaba siendo desmontada; tampoco sabe dónde están sus bellas piedras, aunque ahora, después de ser advertido por la Junta, ha encargado a sus técnicos un informe y se propone “reponer la legalidad”. Por su parte, el propietario, después de justificar sus actos por el mal tiempo y el terreno –que había cimentado el edificio durante siglos y que, ladino él, no estaba dispuesto a soportar la edificación ni un segundo más-, promete su exacta reconstrucción.

Con estos datos, los amantes de la historia y la conservación del escaso patrimonio de nuestros maltratados pueblos nos empeñamos en quejarnos, en hacer una tragedia de una nimiedad, en lugar de estar agradecidos al eficiente alcalde, que ya ha puesto a trabajar a un “comité de sabios”, y al activo empresario que parece comprometerse a reconstruir la mansión y que, además, está dispuesto a dar una limosna al pueblo en forma de quince salarios.

¿Qué ocurre en este país que todo el mundo puede hacer lo que le da la gana, sin importar el desmán cometido? ¿Por qué ni siquiera nos sentimos obligados a dar explicaciones previas o a solicitar permisos? Tal vez no sean necesarios, porque con una palmadita en la espalda al amiguete de turno sea más que suficiente. Y a la mayoría, a las gentes que ven esquilmar sus pueblos no parece importarles, porque lo deseable es lo nuevo y lo que parece productivo de forma inmediata, porque, filósofos ellos, creen estar seguros de que ni el pasado ni el futuro existen.

 

-Sama-Velilla: La venta de una tierra

El presidente de la comunidad asturiana se va a reunir con el de Castilla y León para hablar de ¿cooperación? Todos nos tememos que el tema principal de dicha reunión sea encontrar el modo de poner en manos de los alcaldes de los pueblos afectados por la línea una limosna con la que justificar el acatamiento a las directrices de los dos principales partidos del país. El Sr. Álvarez Areces ha dejado claro su respeto por nuestras tierras y gentes, asegurando que se nos deben dar compensaciones que acallen las tímidas protestas de los afectados. Y seguramente tendrá razón, y los alcaldes, ahogados por la falta de población que sostenga sus pueblos, nos venderán y emplearán esos pocos cuartos en obras que se llenarán de maleza, porque nadie habrá para utilizarlas: parques infantiles, polideportivos, paseos junto al río…

¿Tan difícil es comprender que, como los pantanos, esas agresiones ambientales hipotecan para siempre la tierra y nuestra capacidad de recuperación? Hablamos de las nuevas tecnologías como alternativa de modelo productivo, pero a muchas de nuestras poblaciones rurales no llega aún la TDT, y el ADSL es lento y más caro que en las ciudades. Vivir en nuestros pueblos es casi imposible, por su carencia de infraestructuras, pero en los tiempos de crisis, ellos son el reducto que permite comenzar de nuevo; siempre lo han sido y deberíamos aprender de la historia. Por eso no podemos hipotecar nuestras tierras, y sería bueno que todos los leoneses lo asumiéramos; no sólo los que viven en la montaña, en la que hay una mayoría de ancianos, cansados ya de gritarle al viento. También nuestros intelectuales y políticos, tan informados y capaces ellos, cuyo silencio apenas se entiende, si no es desde la connivencia o el desinterés.

No es hora de silencios. La historia se decide en momentos que suelen pasar desapercibidos, pero que se comprenden muy bien retrospectivamente. Éste es uno de ellos. Todos nos consideran un león herido de muerte, al que echar de vez en cuando carroña que otros han despreciado, pero si ese León, apoyándose en su historia, sin miedos ni desprecios de ignorantes prepotentes, comprendiera lo que fue y lo que podría llegar a ser, volvería a respetarse a sí mismo, que es el primer paso para conseguir ser respetado.

 

-Anestesiados

Hemos visto estos días como la clase política catalana cerraba filas, quejándose de que a unos presuntos ladrones, integrantes de su poderosa casta, se les esposara como a vulgares delincuentes comunes. Tienen razón, ellos presuntamente han robado millones y eso es otra cosa. ¡Dónde va a parar! Su prepotencia sería digna de un profundo estudio psiquiátrico, así como la pasividad con la que el sufrido y domesticado ciudadano acepta y calla.

Algunos bancos han subido las comisiones hasta un 300 % en algunos casos, pero no pagan los intereses que no lleguen a un euro, es decir, al interés actual, el de todas las cuentas corrientes que no superen los 20.000 Euros. Una sustancial tajada, si pudiéramos sumar el importe de todos esos intereses. Otros, satisfechos y orgullosos de su gestión, declaran beneficios millonarios, pero suspenden el pago de fondos y la CNMV lo acepta sin rechistar. El Gobierno no interviene. ¿Dejadez o conocimiento de la situación real de las entidades bancarias?

Y ahora, en el colmo de nuestra callada y sufridora aceptación, comprendemos a los futbolistas que amenazan con ir a la huelga si se les obliga a pagar impuestos como al resto de infelices que dependen de una controlable nómina. Y ahí están de nuevo los políticos advirtiéndonos de una posible fuga de cerebros. ¿Con este sustantivo se refieren a los futbolistas o a los científicos a los que se les ha recortado el presupuesto sin ninguna contemplación?

Bien, pues a pesar de todo esto, aquí no rechista -“gute” en leonés- nadie. Parecemos el pueblo de la Bella Durmiente. ¿Dónde están los “intelectuales” en nómina que firman manifiestos? ¡Calla! Ahora que caigo, dentro de su papel progresista y liberador, estarán pensando cómo decirle a Castro que los homosexuales no son un peligro potencial para la revolución cubana.